Estas últimas elecciones me han recordado mucho a aquellas primeras: por las elecciones en sí y por la presencia de mis padres (ahora ausencia), más añorados que nunca los veintes de noviembre. Así que copio aquí, con la bendición del antólogo, Gsús Bonilla, mi relato para la antología Al otro lado del espejo, publicada en Ediciones Escalera.
QUINCE DE JUNIO DE 1.977
Era un día de estreno, aunque bajo nuestros pies no se extendiera una alfombra roja. Lo que pisábamos de camino al colegio electoral era la tierra de las calles de Aluche, todavía sin cubrir por el asfalto.
Mis padres me habían explicado cómo funcionaba todo el proceso –los partidos, los candidatos, el día de la votación, el parlamento- y yo había visto, atenta pero sin sacar nada claro de ninguno, a los políticos tiesos como marionetas soltar sus parrafadas en la televisión. A pesar de lo mucho que me irritaba que interrumpieran mis programas favoritos, había llegado a comprender la importancia de todo aquello, e incluso me sentía expectante. Lo que no comprendía era la contención que demostraban mis padres, que no es que estuvieran tristes, pero tampoco parecían contentos. Incluso el día de las elecciones en casa reinaba una especie de solemnidad distante: como si fuéramos a asistir a la boda de un familiar al que no se aprecia mucho, o al entierro de un muerto que no duele demasiado. Yo no sabía entonces que la alegría llega a tiempo, o no llega nunca.
Así que voy feliz, con el vestido beige de calle que llevé en mi primera comunión, caminando entre mis endomingados padres. Papá vestía un traje gris con corbata negra y mamá llevaba un traje de chaqueta y una blusa, se había peinado con rulos, y recordaba a la muchacha de su foto de bodas, aunque ella se había casado de negro. En aquel momento no caí en que aquel traje de novia de hacía cuarenta años y la corbata de mi padre estaban teñidos de luto, y que todo aquello tenía que ver con muertos más de lo que yo podía imaginar. Pero es que con todo lo que yo no entendía, con todo lo que no se había dicho en aquella casa, podrían haberse llenado todos los espacios electorales del mundo.
- ¿Y esto es un colegio electoral?
Era decepcionante. Ante nosotros se alzaba un edificio gris y rectangular, rodeado por una superficie de cemento. En la fachada decía “Centro de Formación Profesional”. Pensé, sencillamente, que mis padres, novatos en tareas democráticas, se habían equivocado. Por lo triste y feo, bien hubiera podido ser la cárcel de Carabanchel, cercana a nuestra casa.
- ¿Seguro que esto no es la cárcel?
- No, hija, no, esto no es la cárcel. La cárcel es más grande y hay más gente. Anda, vamos dentro.
Dentro no era mucho mejor. Nada más entrar lo que se descubría era un caos de pupitres arrinconados y puestos unos encima de otros. Las ventanas estaban enrejadas y en las paredes no había cartulinas de colores ni pósters ni mapas. Era como si estuviéramos en una prisión de la que acabaran de fugarse los presos. Y lo cierto es que la gente con la que nos encontramos parecía tan desubicada como presos borrachos de libertad.
Mis padres se detuvieron delante de unas hojas que estaban colgadas en la pared; ya me habían contado antes que allí era donde uno se buscaba para saber en qué mesa le tocaba votar. Les llevó largo rato encontrar sus nombres, y pensé que quizá con los nervios habían olvidado sus apellidos. Cuando por fin se localizaron en la lista, echaron a andar pasillo adelante. Yo no podía creerme su despiste.
- Oye, ¿y yo qué? ¿Yo dónde voto?
Los dos se volvieron a la vez, con la misma cara de incredulidad. ¿Era posible que yo…? Pues sí, yo estaba totalmente convencida de que el futuro de España también era cuestión mía.
- Pero, hija…
No me gustaba la sonrisa con la que mi madre vino hacia mí. Con todas las veces que hubiera dado lo que fuera por verla sonreír, aquella sonrisa no me hizo ninguna gracia.
-…pero si tú no eres mayor de edad…
- ¿Mayor de qué edad?
Después de haberme explicado todo, se les había olvidado aquel pequeño detalle. Amenacé con un berrinche, pero mamá, por muy enternecida que se sintiera, no iba a permitir por primera vez y menos en aquel momento una demostración de sentimientos en público. Así que agarró mi mano y tiró de mí a través del pasillo. Vi pasar a toda velocidad y entre incipientes lágrimas las papeletas alineadas sobre grandes mesas, y al verlas así, letras negras sobre fondo blanco, las letras formando rayas, se me vinieron a la mente los trajes de los presos. No podía imaginar cómo mis padres, que siempre estaban al corriente de todas las posibles decepciones por adelantado, abortando cualquier conato de ilusión, me habían dejado llegar hasta allí sin ponerme delante la dura realidad de que España no contaba con los ciudadanos de nueve años para dar su gran paso.
Y de repente siento a papá que viene por detrás, me coge del brazo y me suelta de mamá. Coge una de las papeletas y agachándose me la muestra, mientras reclama silencio con un dedo en los labios. Como si estuviera mala del estómago y me diera un caramelo estando prohibidos. Yo leo un nombre que me resulta familiar, pero estoy todavía demasiado ofuscada para ver con claridad.
Miro a papá y me encojo levemente de hombros.
- ¡Coño! –dice mi padre sofocando un grito, ya casi escandalizado por mi estupidez- ¿Quién va a ser? ¿Quién se llama así? ¡Tu hermano!
Todavía sigo sin comprenderlo del todo. ¿Por qué mi hermano aparece con el número 1 al lado de su nombre y debajo de unas siglas que no puedo descifrar? Le arranco a mi padre la papeleta de las manos y corro hacia mi madre, a sabiendas de que, de toda la familia, es la persona menos capacitada para mentir. Se la pongo delante de los ojos y veo en ellos una mezcla de sentimientos que los cruzan a ráfagas: algo de orgullo disuelto en una gelatina de miedo.
Sólo es necesario que mueva ligeramente la cabeza y mire hacia mi padre con reproche para que yo entienda que es verdad: mi hermano se está presentando a las primeras elecciones de la democracia.
- Pero ¿por qué no me habíais dicho nada? ¿Y cuál es su partido? ¿Ha salido en la tele?
Y mamá decide que aquello ha ido ya demasiado lejos, así que corta mi perorata llevándome a trompicones hasta una sala; en ella, sentados tras unos pupitres, hay unos hombres –casi todos con mostacho, unos con traje, otros en mangas de camisa- que parecen preparados para juzgarnos. Callo y atiendo al ritual, medio escondida tras mi madre. Ella saca del bolso su carnet de identidad, pronuncia tímida su nombre, extiende un sobre al hombre que está sentado en el centro –yo me preguntó cuándo ha cogido ese sobre, y si dentro estará la papeleta con el nombre de mi hermano-, y creo ver que su mano tiembla ligeramente mientras introduce el sobre en una urna de cristal. Casi nos sobresaltamos cuando el hombre dice en voz alta: “Amparo Cañamares García vota”.
De camino a casa, vamos los tres en silencio. Ya se me ha olvidado que las niñas de nueve años no tienen potestad para elegir en qué clase de lugar quieren vivir. Lo que ha pasado es mucho más emocionante que meter un sobre en una urna. Voy haciendo elucubraciones, del pasado al futuro, encajando piezas. Por eso, por que mi hermano se dedica a la política, pasa largas temporadas fuera de casa; por eso parece alguien con mucho en qué pensar; por eso, acarrea carpetas y papeles que mis padres esconden –posibles secretos de estado; por eso, sus llamadas son recibidas con un respingo, porque seguro que siempre tiene algo interesante que contar; por eso, llama gente extraña preguntando por él y mi madre no suele decirle a nadie su paradero para que no le molesten.
Tenía la impresión de que mis padres no querían hablar de ello, para no variar, pero yo me las bastaba y sobraba para hacer conjeturas. Sólo a la hora de comer, no pude más y pregunté:
- Le habréis votado a él, ¿no?
Papá no levantó la vista del plato, mientras mamá afirmaba muy seria:
- El voto es secreto.
Decidí que aquello era un sí. Sabía que mi madre era una persona que odiaba los líos, pero, ¿cómo iba a ser capaz de cometer la traición de no votar a su propio hijo?
Fue por la noche, viendo un western en el que por supuesto ganaban los buenos, cuando de sopetón vi la luz: “!Va a ganar! ¡Mi hermano va a ganar!”. Era obvio, tenía que se obvio para todos. No sabía lo que había contado mi hermano en su espacio electoral, pero al verle todos tenían que haberse dado cuenta del gran tipo que era mi hermano. Todos tenían que saber que era la primera persona que me había llevado al cine, la primera que cuando cayó una nevada, convenció a mi madre para que yo me saltara el colegio, me calzó mi gorro de lana y mis botas de agua y me había llevado a conocer la nieve –y no me culpó ni yo le culpé de la pulmonía que cogí después; que siempre me traía algo a la vuelta de sus viajes, ya fuera un sacapuntas o un cinexin; que era la persona que más hacía reír a mamá, y eso era hacernos reír a todos; que era capaz de pelear con alguien que estuviera pegando a su perro; que contestaba a todo lo que yo le preguntaba, aunque le llevara un rato encontrar la respuesta adecuada; que me ponía música aunque fueran canciones siempre tristes, porque hablaban de gente que había muerto por querer cambiar el mundo; que era alto, y guapo, aunque llevara aquella barba que picaba tanto cuanto te abrazaba.
No podía haber candidato mejor. No podía haber un gobernante mejor. En este país no habría colegio cuando nevara; todos los niños tendrían juguetes y hasta en los telediarios harían bromas; nadie trataría mal a los animales, las cárceles se vaciarían y los centros de formación profesional se llenarían de cartulinas y mapas y pósters de colores; las cosas se hablarían cara a cara a la hora de la comida, ya fueran asuntos de muertos o de vivos; y después de hablar de todo y de escuchar una vez más las canciones tristes, todo se olvidaría, se dejaría atrás todo aquello que había hecho de mis padres unas personas preocupadas y pesimistas.
Por la mañana, al despertar, me quedé un rato más en la cama saboreando el futuro que nos esperaba. Luego me levanté y fui a la cocina, donde estaba sentada mi madre, separando las lentejas buenas de las malas. Me senté junto a ella sin decirle una palabra. Pobrecita, a ella que no le gustaban nada los problemas, y ahora tendríamos que mudarnos y vivir una nueva vida y ver nuestras fotos en los periódicos. Aunque todo fuera para bien, sabía que iba a costarle acostumbrarse. Decidí dejarla tranquila un ratito más hasta que hubiéramos acabado con las lentejas, y luego ya le pregunté, tan segura de la respuesta que sólo me parecía un trámite, si ya habían anunciado en la radio que mi hermano había ganado las primeras elecciones de la democracia.
ANA PÉREZ CAÑAMARES
miércoles, noviembre 30, 2011
martes, noviembre 29, 2011
Tenía 20 años, me miraba el ombligo y escribía un poema, sin pensar que podía haber alguien al otro lado (LIX)
59.
Y dibujar
sin olvidar cierto punto discordante
(yo no soy quien para volver la espalda a quien me alimenta
yo no soy quien para comenzar a vivir.)
Dibujar
límites puros y afilados como confines de un mundo.
Parar para tocarme
para no olvidar nunca los trazos exactos
las murallas para sentir tu hueco o tu presión amarilla.
Dibujar
porque nunca dibujé
(sería yo sin exigencias
sola para siempre.)
Dibujar para tragarte como papel áspero
donde uno ha olvidado demsiado
porque tú no eres tú
y yo soy yo
y los dos seríamos dos manchas
(de ti sale una gota roja
y ahora yo soy una recién nacida.)
Dibujar porque las líneas responden a algún plan milenario
dibujar los reversos
la risa ajena
las voces vespertinas
el silencio de la loza en los cajones
los reflejos
necesitados de otros términos para su definición.
Después sacar los lienzos a los pasillos
abrazar las paredes desnudas con ansia de espacios en blanco.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
Y dibujar
sin olvidar cierto punto discordante
(yo no soy quien para volver la espalda a quien me alimenta
yo no soy quien para comenzar a vivir.)
Dibujar
límites puros y afilados como confines de un mundo.
Parar para tocarme
para no olvidar nunca los trazos exactos
las murallas para sentir tu hueco o tu presión amarilla.
Dibujar
porque nunca dibujé
(sería yo sin exigencias
sola para siempre.)
Dibujar para tragarte como papel áspero
donde uno ha olvidado demsiado
porque tú no eres tú
y yo soy yo
y los dos seríamos dos manchas
(de ti sale una gota roja
y ahora yo soy una recién nacida.)
Dibujar porque las líneas responden a algún plan milenario
dibujar los reversos
la risa ajena
las voces vespertinas
el silencio de la loza en los cajones
los reflejos
necesitados de otros términos para su definición.
Después sacar los lienzos a los pasillos
abrazar las paredes desnudas con ansia de espacios en blanco.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
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poemas que escribí con veinte años
lunes, noviembre 28, 2011
Mis zapatos, un poema de charles Simic
Mis zapatos
Zapatos, rostro secreto de mi vida interior,
dos desdentadas bocas abiertas,
dos pieles de animal medio podridas
que huelen a nido de ratón.
Mi hermano y mi hermana, que murieron al nacer,
siguen existiendo en vosotros,
guiando mi vida
hacia su incomprensible inocencia.
¿Para qué quiero los libros
cuando en vosotros es posible leer
el Evangelio de mi vida en la tierra
y más allá, de las cosas que están por venir?
Quiero proclamar la religión
que he inventado para vuestra perfecta humildad,
y la extraña iglesia que estoy construyendo
de la que sois el altar.
Ascéticos y maternales, duráis:
parientes de los bueyes, de los santos, de los hombres condenados,
con vuestra muda paciencia dais forma
a la única verdad parecida a mí mismo.
Charles Simic (Belgrado, 1938, radicado en los Estados Unidos), The Vintage Book of Contemporary American Poetry, J. D. McClatchy (comp.), Knopf, Nueva York, 1990
Versión de Jonio González
(Tomado del blog Otra iglesia es imposible. Gracias.)
Zapatos, rostro secreto de mi vida interior,
dos desdentadas bocas abiertas,
dos pieles de animal medio podridas
que huelen a nido de ratón.
Mi hermano y mi hermana, que murieron al nacer,
siguen existiendo en vosotros,
guiando mi vida
hacia su incomprensible inocencia.
¿Para qué quiero los libros
cuando en vosotros es posible leer
el Evangelio de mi vida en la tierra
y más allá, de las cosas que están por venir?
Quiero proclamar la religión
que he inventado para vuestra perfecta humildad,
y la extraña iglesia que estoy construyendo
de la que sois el altar.
Ascéticos y maternales, duráis:
parientes de los bueyes, de los santos, de los hombres condenados,
con vuestra muda paciencia dais forma
a la única verdad parecida a mí mismo.
Charles Simic (Belgrado, 1938, radicado en los Estados Unidos), The Vintage Book of Contemporary American Poetry, J. D. McClatchy (comp.), Knopf, Nueva York, 1990
Versión de Jonio González
(Tomado del blog Otra iglesia es imposible. Gracias.)
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viernes, noviembre 25, 2011
Tenía 20 años, me miraba el ombligo y escribía un poema, sin pensar que podía haber alguien al otro lado (LVIII)
58.
Y de cada punto
parten cien mil líneas
todas las posibles
hasta llegan a ser la densa noche.
De cada punto
otro cuerpo
otro ser desprendido
que quizá me sobrevuele
y me recuerde con lástima
o me ataque
hasta necesitarme.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
Y de cada punto
parten cien mil líneas
todas las posibles
hasta llegan a ser la densa noche.
De cada punto
otro cuerpo
otro ser desprendido
que quizá me sobrevuele
y me recuerde con lástima
o me ataque
hasta necesitarme.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
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jueves, noviembre 24, 2011
Tenía 20 años, me miraba el ombligo y escribía un poema, sin pensar que podía haber alguien al otro lado (LVII)
57.
Cada abrazo es una epopeya
descreída.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
Cada abrazo es una epopeya
descreída.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
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miércoles, noviembre 23, 2011
Un poema de Víktor Gómez
me oculto en la rutina sonrío reparto tarjetas
hablo con corrección invento
el maniquí
para un traje oscuro y elegante sólo yo oigo
en la rotura separarse el hueso
Víktor Gómez, INCOMPLETO, Planeta Candestino 84 Ediciones del 4 de agosto, 2010
hablo con corrección invento
el maniquí
para un traje oscuro y elegante sólo yo oigo
en la rotura separarse el hueso
Víktor Gómez, INCOMPLETO, Planeta Candestino 84 Ediciones del 4 de agosto, 2010
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martes, noviembre 22, 2011
Tenía 20 años, me miraba el ombligo y escribía un poema, sin pensar que podía haber alguien al otro lado (LVI)
56.
Hay un anhelo de fábrica y sirena
en esta inmensa llaga verdecida.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
Hay un anhelo de fábrica y sirena
en esta inmensa llaga verdecida.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
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lunes, noviembre 21, 2011
Un poema de Eugenio Montale
No nos pidas la palabra que escrute íntegramente
nuestro ánimo informe, y con letras de fuego
lo revele y esplenda como flor de azafrán
perdida en medio de un campo polvoriento.
!Ah, el hombre que se marcha seguro
de los demás y de sí mismo amigo,
y no cuide su sombra que el ardiente calor
graba sobre un descarado muro!
No nos pidas la fórmula que pueda abrirte mundos;
sí alguna contrahecha sílaba, seca como una rama.
Esto solo podemos decirte:
lo que no somos, lo que no queremos.
EUGENIO MONTALE
(tomado del álbum de poemas de José Buhardilla en Facebook. Gracias.)
nuestro ánimo informe, y con letras de fuego
lo revele y esplenda como flor de azafrán
perdida en medio de un campo polvoriento.
!Ah, el hombre que se marcha seguro
de los demás y de sí mismo amigo,
y no cuide su sombra que el ardiente calor
graba sobre un descarado muro!
No nos pidas la fórmula que pueda abrirte mundos;
sí alguna contrahecha sílaba, seca como una rama.
Esto solo podemos decirte:
lo que no somos, lo que no queremos.
EUGENIO MONTALE
(tomado del álbum de poemas de José Buhardilla en Facebook. Gracias.)
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viernes, noviembre 18, 2011
Texto de la presentación de Menú del día... a día, de Gsús Bonilla
Tras la lectura del anterior libro de Gsús, dije que Ovejas esquiladas que temblaban de frío es a la poesía lo que la memoria histórica es a la justicia: la voluntad expresa de que el pasado y los recuerdos permanezcan vivos, para que podamos seguir avanzando por el camino de la dignidad sin dejar a nadie atrás.
Menú del día a día no deja de lado los lastres y los tesoros que suponen la historia, la familia, el pasado; sin embargo, yo diría que es un libro escrito en presente. Son poemas del deambular cotidiano y diario por la vida. Pero que no se entienda cotidiano como frívolo, minúsculo o perteneciente al ámbito privado. De hecho, entre los dos poemarios hay una continuidad en los temas y sobre todo en la forma de mirar. Si en el pasado Gsús veía el hambre, aquí lo que ve es aquello que comemos sin ganas, sin posibilidad de elección, sin tiempo para el paladeo o para la sobremesa. Comida para sobrevivir, víveres que nos mantienen en la carrera.
Como en Ovejas esquiladas, el sentimiento predominante sigue siendo el de la compasión, también de sí mismo, pero en cuanto humano, sin regodeo egoico, sin justificaciones morales, sin autocomplacencia. En cada poema no deja de recordarnos que el poeta es uno más entre los mortales.
Gsús se las apaña para hablar de él y a la vez para contar la historia de cada pequeño o gran agravio que todos sufrimos. Conecta con la profunda humanidad que le late dentro. Traza un camino, o más bien, algo más humilde, una senda para la dignidad, que no puede ser idealizada, sino que tiene que tener también grandes dosis de autocrítica, de sinceridad y desnudez.
Gsús se coloca tan en el centro de la vida, tan en la carne viva de sus poemas, que hablándonos de él nos habla además de un panorama de desolación general, de hambre espiritual.
Sus ideas y reflexiones no son frías, intelectualizadas, sino que van siempre unidas a la emoción. Yo lo leo como leería una suerte de periódico de la conciencia. Lo que podría verse a través de cada titular, si el titular nos permitiera ver la sangre, el sudor, la tristeza que cada noticia lleva dentro. Los nombres que laten detrás de cada número. En su periódico, Gsús escribe las cartas al director, las noticias, las necrológicas, los reportajes, a través de sus reacciones emocionales y físicas al verdadero periódico, el real, el existente, que nos mancha de tinta las manos. Un periódico en el que la fotografía de portada sería esa imagen en negativo del cielo nocturno atravesado por estrellas: el alma humana, toda luz, pero cuajada de pozos negros, que le dan relieve y profundidad. Todo existe de la mano de su contrario. La sencillez es de todo menos simple. En cada persona hay un cielo, y un pozo, y petróleo. Y el petróleo enriquece pero mancha.
A lo largo del libro nos recuerda sobre todo que nuestro día a día es un pacto, un continuo malabarismo entre contrarios, un compromiso entre lo que queremos, lo que podemos, y lo que nos dejan. Por eso, diría yo, es un libro que refleja sobre todo la contradicción a la que nos vemos empujados, y que de alguna manera está en nuestra esencia. En él aprendemos que la verdadera fortaleza es el atrevimiento de mostrarse vulnerable. La valentía, hablar del cobarde que nos mantiene vivos y a salvo. Aprendemos que si somos justos, y sacamos a pasear a la víctima que llevamos dentro, habremos de enseñar también al cómplice y al verdugo que nos habitan. Y estos diálogos imposibles que somos también se muestran en el tono, que va con naturalidad de la ironía a la emoción, y de la humildad al orgullo.
Siendo Gsús un hombre bueno, huye conscientemente del buenrrollismo, esa coartada superficial que nos permite no meternos a saco en nuestra condición de humanos, en nuestros dolores y debilidades, en la cruz de cada cara.
Hay un texto de Jorge Riechmann, de su libro Poesía practicable, que resume muy bien la disyuntiva que somos y que sólo puede resolverse en suma : “¿La destrucción o el amor? ¿La desesperación o el juego? Destrucción y amor; desesperación y juego. Nos reconocemos en la dignidad de la cópula “y”, que separa con piedad los labios de nuestra herida.”
La metáfora alrededor de la cual gira todo el libro, la del menú cotidiano, la de aquello que nos sirven queramos o no, fuera siempre de nuestro alcance la carta en la que podríamos elegir el plato, me parece especialmente acertada. Porque leer este libro es asistir al proceso de una digestión. Por Gsús pasa el mundo. Vemos cuánto tardan en digerirse algunas cosas; cómo otras se le quedan atravesadas en la garganta y otras no tiene más remedio que vomitarlas.
La gran última contradicción que se comprende en estos poemas llega casi al final de la lectura: cuando nos negamos a que las palabras nos sirvan de escondite, cuando nos resistimos a que la belleza sea un fin a cualquier precio... entonces las palabras nos premian con su luz y su consuelo.
La palabra hambre puede alimentar.
ANA PÉREZ CAÑAMARES
Menú del día a día no deja de lado los lastres y los tesoros que suponen la historia, la familia, el pasado; sin embargo, yo diría que es un libro escrito en presente. Son poemas del deambular cotidiano y diario por la vida. Pero que no se entienda cotidiano como frívolo, minúsculo o perteneciente al ámbito privado. De hecho, entre los dos poemarios hay una continuidad en los temas y sobre todo en la forma de mirar. Si en el pasado Gsús veía el hambre, aquí lo que ve es aquello que comemos sin ganas, sin posibilidad de elección, sin tiempo para el paladeo o para la sobremesa. Comida para sobrevivir, víveres que nos mantienen en la carrera.
Como en Ovejas esquiladas, el sentimiento predominante sigue siendo el de la compasión, también de sí mismo, pero en cuanto humano, sin regodeo egoico, sin justificaciones morales, sin autocomplacencia. En cada poema no deja de recordarnos que el poeta es uno más entre los mortales.
Gsús se las apaña para hablar de él y a la vez para contar la historia de cada pequeño o gran agravio que todos sufrimos. Conecta con la profunda humanidad que le late dentro. Traza un camino, o más bien, algo más humilde, una senda para la dignidad, que no puede ser idealizada, sino que tiene que tener también grandes dosis de autocrítica, de sinceridad y desnudez.
Gsús se coloca tan en el centro de la vida, tan en la carne viva de sus poemas, que hablándonos de él nos habla además de un panorama de desolación general, de hambre espiritual.
Sus ideas y reflexiones no son frías, intelectualizadas, sino que van siempre unidas a la emoción. Yo lo leo como leería una suerte de periódico de la conciencia. Lo que podría verse a través de cada titular, si el titular nos permitiera ver la sangre, el sudor, la tristeza que cada noticia lleva dentro. Los nombres que laten detrás de cada número. En su periódico, Gsús escribe las cartas al director, las noticias, las necrológicas, los reportajes, a través de sus reacciones emocionales y físicas al verdadero periódico, el real, el existente, que nos mancha de tinta las manos. Un periódico en el que la fotografía de portada sería esa imagen en negativo del cielo nocturno atravesado por estrellas: el alma humana, toda luz, pero cuajada de pozos negros, que le dan relieve y profundidad. Todo existe de la mano de su contrario. La sencillez es de todo menos simple. En cada persona hay un cielo, y un pozo, y petróleo. Y el petróleo enriquece pero mancha.
A lo largo del libro nos recuerda sobre todo que nuestro día a día es un pacto, un continuo malabarismo entre contrarios, un compromiso entre lo que queremos, lo que podemos, y lo que nos dejan. Por eso, diría yo, es un libro que refleja sobre todo la contradicción a la que nos vemos empujados, y que de alguna manera está en nuestra esencia. En él aprendemos que la verdadera fortaleza es el atrevimiento de mostrarse vulnerable. La valentía, hablar del cobarde que nos mantiene vivos y a salvo. Aprendemos que si somos justos, y sacamos a pasear a la víctima que llevamos dentro, habremos de enseñar también al cómplice y al verdugo que nos habitan. Y estos diálogos imposibles que somos también se muestran en el tono, que va con naturalidad de la ironía a la emoción, y de la humildad al orgullo.
Siendo Gsús un hombre bueno, huye conscientemente del buenrrollismo, esa coartada superficial que nos permite no meternos a saco en nuestra condición de humanos, en nuestros dolores y debilidades, en la cruz de cada cara.
Hay un texto de Jorge Riechmann, de su libro Poesía practicable, que resume muy bien la disyuntiva que somos y que sólo puede resolverse en suma : “¿La destrucción o el amor? ¿La desesperación o el juego? Destrucción y amor; desesperación y juego. Nos reconocemos en la dignidad de la cópula “y”, que separa con piedad los labios de nuestra herida.”
La metáfora alrededor de la cual gira todo el libro, la del menú cotidiano, la de aquello que nos sirven queramos o no, fuera siempre de nuestro alcance la carta en la que podríamos elegir el plato, me parece especialmente acertada. Porque leer este libro es asistir al proceso de una digestión. Por Gsús pasa el mundo. Vemos cuánto tardan en digerirse algunas cosas; cómo otras se le quedan atravesadas en la garganta y otras no tiene más remedio que vomitarlas.
La gran última contradicción que se comprende en estos poemas llega casi al final de la lectura: cuando nos negamos a que las palabras nos sirvan de escondite, cuando nos resistimos a que la belleza sea un fin a cualquier precio... entonces las palabras nos premian con su luz y su consuelo.
La palabra hambre puede alimentar.
ANA PÉREZ CAÑAMARES
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presentaciones
Tenía 20 años, me miraba el ombligo y escribía un poema, sin pensar qué podía haber alguien al otro lado (LV)
55.
Entendería que mataras a las palomas.
O que besaras, fundiendo humedades,
con loca pasión de insecto herido
el sexo plano del barro.
Entendería que un día, sin darte cuenta,
empezaras por tragarme un pie
y acabaras por la raíz del cuello
(los ojos no: seguirían mirándote por dentro.)
Entendería que rompieras todos los espejos.
Todos deben de recordarte a mí.
Pero antes hay algo que quiero preguntarte:
¿crees que debajo de tanta benevolencia
hay algo diabólico, que acabará por matarnos?
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
Entendería que mataras a las palomas.
O que besaras, fundiendo humedades,
con loca pasión de insecto herido
el sexo plano del barro.
Entendería que un día, sin darte cuenta,
empezaras por tragarme un pie
y acabaras por la raíz del cuello
(los ojos no: seguirían mirándote por dentro.)
Entendería que rompieras todos los espejos.
Todos deben de recordarte a mí.
Pero antes hay algo que quiero preguntarte:
¿crees que debajo de tanta benevolencia
hay algo diabólico, que acabará por matarnos?
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
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jueves, noviembre 17, 2011
Esta tarde, presentación de Menú del día... a día, de Gsús Bonilla
Gsús lo cuenta en su blog. El honor es mío. Allí nos vemos.
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recitales
Un poema de Las sumas y los restos
Pocos saben que tengo otra hermana.
El azar nos separó al nacer.
Yo mamaba la leche de mi madre
mientras ella se secaba al sol.
Cuando perforaron mis orejas
ella sufrió la ablación del clítoris.
Follé con hombres y sufrí por todos;
a manos de uno solo se quebró ella.
Me separé, lloré, abandoné mis sueños.
Ella murió unas cuantas veces
bajo piedras, ácido, sida y malaria.
Su cuerpo se deshizo y se recompuso.
En una o dos ocasiones fue feliz de morir.
Mi hija creció; mi hermana murió en el parto.
Años después parió una niña y se la quitaron.
Yo veo mi cuerpo envejecer; ella no tiene espejo.
Me pongo cremas antiarrugas
pero toda ella es un surco.
Yo hago listas de lo que le duele:
pero ella es la que administra su dolor.
ANA PÉREZ CAÑAMARES. Las sumas y los restos. Poemario inédito.
El azar nos separó al nacer.
Yo mamaba la leche de mi madre
mientras ella se secaba al sol.
Cuando perforaron mis orejas
ella sufrió la ablación del clítoris.
Follé con hombres y sufrí por todos;
a manos de uno solo se quebró ella.
Me separé, lloré, abandoné mis sueños.
Ella murió unas cuantas veces
bajo piedras, ácido, sida y malaria.
Su cuerpo se deshizo y se recompuso.
En una o dos ocasiones fue feliz de morir.
Mi hija creció; mi hermana murió en el parto.
Años después parió una niña y se la quitaron.
Yo veo mi cuerpo envejecer; ella no tiene espejo.
Me pongo cremas antiarrugas
pero toda ella es un surco.
Yo hago listas de lo que le duele:
pero ella es la que administra su dolor.
ANA PÉREZ CAÑAMARES. Las sumas y los restos. Poemario inédito.
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poemas míos
miércoles, noviembre 16, 2011
Tenía 20 años, me miraba el ombligo y escribía un poema, sin saber que podía haber alguien al otro lado (LIX)
54.
Doy fe
de las vidas que acaban en las antesalas blancas
-recién descubierto el reflejo atronador de los ángulos perfectos-
o aquellas que mueren sesgadas por el filo de los números
de cierto teléfono, o de la imprecisa talla de una falda,
por un sinfín de lenguas que aclaman perdidas glorias
y lamen un sudor que quizás cien años antes fue suyo,
al son de la imposibilidad que se deja domar.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
Doy fe
de las vidas que acaban en las antesalas blancas
-recién descubierto el reflejo atronador de los ángulos perfectos-
o aquellas que mueren sesgadas por el filo de los números
de cierto teléfono, o de la imprecisa talla de una falda,
por un sinfín de lenguas que aclaman perdidas glorias
y lamen un sudor que quizás cien años antes fue suyo,
al son de la imposibilidad que se deja domar.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
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poemas míos,
poemas que escribí con veinte años
martes, noviembre 15, 2011
Julio Castro sobre mí en laRepúblicaCultural
Mientras Alfonso López la presenta al inicio del evento poético ella se entretiene con una miniatura de criatura que anda jugando muy tranquila por allí, entre la gente, y llamando la atención de todo el mundo (la hija de la bailarina Lucía Marote), y Ana que prometía estar nerviosísima esta noche, realmente en ese momento se encuentra en otro mundo, el de esta niña, que seguramente es más cercano a su creación poética que el del resto de asistentes.
Cuando terminan de presentarla y se sienta a leer ante un barril de cerveza, donde ha posado sus montañas de libros de diversos autores y autoras, con señales entre las páginas, tarda un rato en descubrir que no cabe en ese hueco, en este lugar lóbrego en el que nos reunimos: “con permiso, me voy a espatarrar, porque no entro bien aquí”, dice, pero cuando le hacen hueco para que se acomode, aclara “gracias, (pero en realidad estaba más cómoda de la otra manera)”. Es parte de su continuo humor en el que mezcla los modos con las palabras, igual que hace en sus textos.
Si a Ana Pérez Cañamares le quitamos el dulce gesto de la cara, o la expresión de niña traviesa, nos queda un personaje auténtico, de esos que siempre he pensado que están al otro lado de los libros que me gustan, de la literatura o de la narrativa que tiene un interés. Cuando la leo en sus blog y demás, me parece una mujer que, con su tremenda inocencia en el modo de exponer las cosas, está más cercana al análisis profundo de la realidad que la mayoría.
(sigue aquí...)
Cuando terminan de presentarla y se sienta a leer ante un barril de cerveza, donde ha posado sus montañas de libros de diversos autores y autoras, con señales entre las páginas, tarda un rato en descubrir que no cabe en ese hueco, en este lugar lóbrego en el que nos reunimos: “con permiso, me voy a espatarrar, porque no entro bien aquí”, dice, pero cuando le hacen hueco para que se acomode, aclara “gracias, (pero en realidad estaba más cómoda de la otra manera)”. Es parte de su continuo humor en el que mezcla los modos con las palabras, igual que hace en sus textos.
Si a Ana Pérez Cañamares le quitamos el dulce gesto de la cara, o la expresión de niña traviesa, nos queda un personaje auténtico, de esos que siempre he pensado que están al otro lado de los libros que me gustan, de la literatura o de la narrativa que tiene un interés. Cuando la leo en sus blog y demás, me parece una mujer que, con su tremenda inocencia en el modo de exponer las cosas, está más cercana al análisis profundo de la realidad que la mayoría.
(sigue aquí...)
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lunes, noviembre 14, 2011
Tenía 20 años, me miraba el ombligo y escribía un poema, sin pensar que podía haber alguien al otro lado (LIII)
53.
He arrojado mi cuerpo a los pájaros
y ellos lo han picoteado como si fuera un puñado de semillas.
¿Por qué han sabido ellos ver vivo
lo que yo siempre vi como una ruina,
un débil proyecto en el mejor de los casos?
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
He arrojado mi cuerpo a los pájaros
y ellos lo han picoteado como si fuera un puñado de semillas.
¿Por qué han sabido ellos ver vivo
lo que yo siempre vi como una ruina,
un débil proyecto en el mejor de los casos?
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
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viernes, noviembre 11, 2011
Un poema de Víktor Gómez
me aburren las camisas de fuerza los semáforos en
verde los domingos también los estiércoles en la
acera vengo buscando vendas para los
ascensores que sangran cuando llueven tijeras en las
noches del sfumatto aparto grupos de gramática
los tiro bajo el piano de mamá reabren las fuentes
su caudalosa borrachera en el bochorno de las
viudas sin techo con vinagre te limpiabas el pelo
en la bañera del 79 traen con pinzas el silencio
aún reconocerías las amplias solapas del torturador
VÍKTOR GÓMEZ, Incompleto. Planeta Clandestino 84, Ediciones del 4 de agosto, 2010.
verde los domingos también los estiércoles en la
acera vengo buscando vendas para los
ascensores que sangran cuando llueven tijeras en las
noches del sfumatto aparto grupos de gramática
los tiro bajo el piano de mamá reabren las fuentes
su caudalosa borrachera en el bochorno de las
viudas sin techo con vinagre te limpiabas el pelo
en la bañera del 79 traen con pinzas el silencio
aún reconocerías las amplias solapas del torturador
VÍKTOR GÓMEZ, Incompleto. Planeta Clandestino 84, Ediciones del 4 de agosto, 2010.
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jueves, noviembre 10, 2011
Tenía 20 años, me miraba el ombligo y escribía un poema, sin pensar que podía haber alguien al otro lado (LII)
52.
En el perfil azul de los tejados
están dibujadas por los pies de los insectos
las arrugas que recogerás maduras
y olvidarás en tus bolsillos
mientras los gusanos las comen con descarnados besos.
Ya no veo desde aquí la procesión, un momento después.
Ya no llora nadie. Mil hombres se arrastran solos sobre sus huesos amarillos.
A un lado los perros se aparean y alejan a la muerte,
profundamente avergonzada.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
En el perfil azul de los tejados
están dibujadas por los pies de los insectos
las arrugas que recogerás maduras
y olvidarás en tus bolsillos
mientras los gusanos las comen con descarnados besos.
Ya no veo desde aquí la procesión, un momento después.
Ya no llora nadie. Mil hombres se arrastran solos sobre sus huesos amarillos.
A un lado los perros se aparean y alejan a la muerte,
profundamente avergonzada.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
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miércoles, noviembre 09, 2011
Un poema de Yannis Ritsos
Quien tropieza
en el vacío
quien se agrieta
y dice: yo
echa hojas
florece.
Así luchamos.
YANNIS RITSOS
De la web http://www.amediavoz.com/
Gracias.
en el vacío
quien se agrieta
y dice: yo
echa hojas
florece.
Así luchamos.
YANNIS RITSOS
De la web http://www.amediavoz.com/
Gracias.
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martes, noviembre 08, 2011
Un poema de Yannis Ritsos
A mí -dice- me coges.
A mí me encierras
me metas
¿Puedes coger aquel pájaro?
¿Puedes matar
el aire que escondo
entre mis uñas?
YANNIS RITSOS
De la web http://www.amediavoz.com/
Gracias.
A mí me encierras
me metas
¿Puedes coger aquel pájaro?
¿Puedes matar
el aire que escondo
entre mis uñas?
YANNIS RITSOS
De la web http://www.amediavoz.com/
Gracias.
lunes, noviembre 07, 2011
´Tenía 20 años, me miraba el ombligo y escribía un poema, sin pensar que podía haber alguien al otro lado (LI)
51.
Nubes. Al borde la tarde.
El camino ha roto aguas.
El cielo me dice que no todo está inventado.
Que aún podría... pero no.
Saberlo es presentir el hueco
que vas dejando a tu espalda.
Saberlo todo es no saber nada,
pero no con los ojos vueltos al sueño y los balbuceos,
sino rebosantes de paciente e ignorante arrobo,
asomados a los secos abismos de tus ojos,
fieras cristalizadas al frío de su aliento.
Pero ahora quiero ignorarlo todo de estas nubes
que no son -¿o sí?- obra y carne tuya.
Quiero estar al margen. Nada es asunto mío.
Mis pechos -los quiero tu horizonte-
han olvidado todo desde su mirada fija
y la fe recta que asusta ventas y recodos.
Si tengo que morir al borde de esta tarde,
para renacer, y no ser yo, y no recordar nada,
no me faltará valor para arrojarme
a tu filo cierto de animal acorazado.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
Nubes. Al borde la tarde.
El camino ha roto aguas.
El cielo me dice que no todo está inventado.
Que aún podría... pero no.
Saberlo es presentir el hueco
que vas dejando a tu espalda.
Saberlo todo es no saber nada,
pero no con los ojos vueltos al sueño y los balbuceos,
sino rebosantes de paciente e ignorante arrobo,
asomados a los secos abismos de tus ojos,
fieras cristalizadas al frío de su aliento.
Pero ahora quiero ignorarlo todo de estas nubes
que no son -¿o sí?- obra y carne tuya.
Quiero estar al margen. Nada es asunto mío.
Mis pechos -los quiero tu horizonte-
han olvidado todo desde su mirada fija
y la fe recta que asusta ventas y recodos.
Si tengo que morir al borde de esta tarde,
para renacer, y no ser yo, y no recordar nada,
no me faltará valor para arrojarme
a tu filo cierto de animal acorazado.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
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viernes, noviembre 04, 2011
Tenía 20 años, me miraba el ombligo y escribía un poema, sin pensar que podía haber alguien a otro lado (L)
50.
A besos (y a mordiscos)
te iré quitando las capas de tu piel, una a una,
hasta descubrirte virgen y blanco,
solo y puro en la oscuridad primera.
Serás un proyecto enternecedor.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
A besos (y a mordiscos)
te iré quitando las capas de tu piel, una a una,
hasta descubrirte virgen y blanco,
solo y puro en la oscuridad primera.
Serás un proyecto enternecedor.
ANA PÉREZ CAÑAMARES - A LOS 20 AÑOS
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miércoles, noviembre 02, 2011
Un poema de Eduardo Dalter
Dejá que entre la luz,
dejala que entre,
que se acomode,
que abra su valija;
no vayas a echarla;
dale de comer;
dejá que ande por la casa.
EDUARDO DALTER
De: Voces al viento.77 poemas. Dalter, Revagliatti, Tallarico
www.calameo.com/accounts/648068
http://www.issuu.com/recitador
dejala que entre,
que se acomode,
que abra su valija;
no vayas a echarla;
dale de comer;
dejá que ande por la casa.
EDUARDO DALTER
De: Voces al viento.77 poemas. Dalter, Revagliatti, Tallarico
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martes, noviembre 01, 2011
Siga la flecha, un poema de Rolando Revagliatti
SIGA LA FLECHA
Aquí donde he llegado
no sé qué es
Sé que
sin saber a dónde
he llegado
he sabido
dirigirme.
ROLANDO REVAGLIATTI.
De: Voces al viento.77 poemas. Dalter, Revagliatti, Tallarico
www.calameo.com/accounts/648068
http://www.issuu.com/recitador
Aquí donde he llegado
no sé qué es
Sé que
sin saber a dónde
he llegado
he sabido
dirigirme.
ROLANDO REVAGLIATTI.
De: Voces al viento.77 poemas. Dalter, Revagliatti, Tallarico
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