El blog de Ana Pérez Cañamares - poeta

martes, noviembre 25, 2014

Reseña de Economía de guerra en el blog La tormenta en un vaso, por Miguel Baquero

Economía de guerra, Ana Pérez Cañamares

Lupercalia, Alicante, 2014. 136 pp. 13,95 €


Miguel Baquero

Tras ganar el premio Blas de Otero con su anterior poemario, Las sumas y los restos, una mirada emocionada sobre el interior de las personas y las presencias, pero sobre todo las ausencias, que lo componen —en la autora como en quien lee: se trata de una poesía que busca esa voz común a todos; no en vano hay un verso que parece haber adoptado A. P. C. como lema y es «escribo sobre mí / porque yo / soy cualquiera»—; tras este magnífico ejercicio de poesía íntima y desgarrada, Ana Pérez Cañamares vuelve a las librerías con Economía de guerra, un libro de tono, en apariencia, muy distinto al anterior.
En todo caso, los libros de Ana Pérez Cañamares son verdaderos acontecimientos. Una oportunidad de encontrarse con la poesía de hoy, viva, latente —ya lo creo, y con unas pulsaciones aceleradas—, poesía inserta en el mundo que nos rodea y afectada por los problemas que nos incumben. Poesía que está siendo. Y que en el caso de este nuevo libro de A. P. C. alza la voz, a veces en grito, para denunciar la injusticia y a indignidad a que nos hemos visto reducidos. O arrastrados, si se prefiere, sin oponer la resistencia debida. Ya los primeros versos, o antes incluso: las primeras palabras de esta Economía de Guerra claman contra la nueva religión del beneficio económico sobre todas las cosas, en que nos han hundido… o nos hemos hundido por nuestra pasividad. En varias ocasiones la autora se pregunta cuánto de culpa ha habido en nosotros, aunque solo haya sido por ser tan ingenuos. «Yo no habitaba ya esta comunidad de hombres como arquitecto…»
Pregunta que al fin sólo queda esbozada, porque lo que al cabo importa es que hay gente —los destinatarios de esta colección de poemas— rebelada contra este estado de cosas que parece haber sustituido a la verdadera vida, apartada para que no estorbe al crecimiento económico: «Llega la vida y se planta ante vuestra verja. / Es una mendiga que acepta toda limosna. / Pero vuestro perros la ladran / vuestros guardias no la dejan pasar».
En Economía de guerra, la autora plantea el mundo seccionado tajantemente en dos, quienes lo dominan y quienes resisten en nombre de la vida —entendida «vida» como la naturalidad, la espontaneidad, la alegría—. Un mundo al borde de la batalla que cada día se va planteando de manera sorda: no es normal esta resignación y desesperanza con que la mayoría sobrevivimos, esta derrota cotidiana, o quizá fuera mejor decir —y no es broma— semanal: «Si el sábado fue territorio/ liberado, el domingo es / arrabal de la ciudad sitiada, [víspera] del que entra al matadero.»
Este nuevo libro de poemas de Ana Pérez Cañamares quiere ser un canto contagioso a la resistencia, a recuperar la verdad de cada uno y la poesía apartada por tantos intereses. Pero al tiempo que la autora llama a la confrontación, se advierte al fondo —y esto es lo que, en opinión de quien reseña, hace a este poemario más humano, luego más poético— la presencia de una duda. Es cierta la perversidad del orden establecido, palpable la manera en que nos engaña y domina, inmoral como nos utiliza para luego dejarnos indefensos… pero quizás —siento al ir pasando las páginas de este poemario— se trate solo del tiro de gracia. El sistema, sí, nos da la más escandalosa y brutal patada en los genitales, pero quizás antes la simple existencia, según marchábamos hacia delante, nos ha ido desgastando con innumerables collejas. Creo advertir al fondo de estos versos de A. P. G. su lamento por lo que —sistema o no mediante— se va perdiendo irremisiblemente. Me estremece, hasta casi de verdad doler, un poema como: «Que hago si se me muere la curiosidad […], qué hago si se me muere en plena niñez». Me conmueve su resistencia interior a conservar la poesía, aunque alrededor todo tenga visos de derrumbarse: «Yo no entiendo cómo el cielo / abandonado por las nubes / puede aguantar su tensión azul»… y justo en la página siguiente, en prosa, esta otra joya de observación sensible: «He visto cómo dejaba caer el agua la fuente de un pueblo deshabitado. El agua pura, que tantos cuidados había costado a los hombres…»
No la declaración de guerra, con ser hermosa, ni los preparativos de la batalla, con sacudir nuestro interior, sino esta emoción lenta al fondo del poemario, que parece cumplirse en este verso infinito: «si hay salvación, estará en la ternura», es lo que hace de este nuevo libro de Ana Pérez Cañamares otra ocasión de entrar en, y conmocionarse con, y hacerse adepto a su poesía y a la de otros nuevos autores que ahora mismo en este lugar están creando obras de futuro.

miércoles, mayo 21, 2014

Presentación de Las sumas y los restos por M. Cinta Montagut



EL COMPROMISO INALIENABLE CON LA POESIA Y CON LA VIDA

            Ana Pérez  Cañamares es ante todo una voz comprometida con la palabra, con su tiempo y con la vida,en poco tiempo se ha convertido en una voz imprescindible en el panorama poético español. Su primera entrega poética  data de 2007,La alambrada de mi boca , al que sigue en 2010 Alfabeto de cicatrices en la que nos habla de un mundo cotidiano, roto, fragmentario y duro en el que se desarrolla nuestra vida cotidiana.
            Con Las sumas y los restos obtuvo, por unanimidad, en su quinta edición el Premio de Poesía Blas de Otero 2012. En su acta el jurado señala que “se trata de un poemario sobre las tormentas y naufragios diarios escrito con un tono realista y crítico”, yo añadiría que se trata de un poemario que en cada una de sus sílabas rezuma la autenticidad de la vida con sus fracasos y sus esperanzas. Es un libro en el que nada sobra, cada poema va a la raiz más profunda de las cosas, de los sentimientos y de las verdades que cada día van configurando la vida muchas veces a pesar de nosotros mismos.
En este libro tenemos una voz de mujer, que se sabe mujer y solidaria con otras mujeres que no tienen una voz con la que dejar constancia de su verdad o de su existencia.
            El libro se abre con una cita de Adrienne Rich y con un poema,  que es una declaración de principios, en el que se nos dice Antes de salir al mundo, levanta/ un memorial a los ahogados./ Sus cuerpos son los escalones/ que te llevan hasta la calle”. hay que salir a la calle para saber quién somos.
Se estructura el poemario en dos grandes apartados y un epílogo. El primer apartado titulado “Los mapas” está a su vez dividido en cuatro partes que corresponden a los cuatro puntos cardinales. Se trata de una especie de bitácora en la que la poeta es una voz comprometida con su tiempo y también la voz de los que no la tienen o no la pueden ejercer.
La vida cotidiana con sus restricciones, el trabajo como algo imperioso que roba el tiempo sagrado de la vida y de la escritura,”Y son las tardes lo que me queda/después de vender la mañana/ y que me la compren barato”.
En algunos momentos este libro recuerda el Poeta en Nueva York de Lorca sobre todo en los poemas en los que la cotidianidad contrasta con la naturaleza, con la primavera que está más allá de la ventana de la oficina o con la mariposa en el vagóndel metro  de la que nadie parece darse cuenta.
La vida familiar, la hija que llega a casa y tiene que hacer los deberes, los gestos repetidos que nunca son banales como decir “te quiero” y esperar la réplica que cada día es la misma. Los gatos que viven en la casa y nos traen un poco de esencia natural indestructible. Gatos que  como ella yo también estimo como algo imprescindible.
Aparece de refilón la guerra como una secuela de la que no nos podemos librar , de la que no nos queremos librar porque en el fondo somos la memoria de los que fueron engullidos por ella.
El segundo apartado “Los tesoros” contiene la memoria personal de la poeta, el recuerdo de los padres y la nostalgia que ello trae consigo y que se muestra en pequeños detalles como los platos regalados por la madre y que ya están deslucidos y pasados de moda. Y la infancia, ese territorio en el que nos formamos y que , de un modo u otro, siempre tenemos presente.
Ana Pérez Cañamares cree en las palabras  y con ellas nos hace pensar y emocionarnos además de darnos un testimonio único de su tiempo y de las personas que caminan, que caminamos, con ella.
Poesía auténtica en la que lo sublime y lo insignificante adquieren una misma presencia y nos llevan atados a sus palabras.

M. CINTA MONTAGUT

martes, mayo 20, 2014

Reseña de Las sumas y los restos por Luis Vea

Uno de los rasgos que se perciben en la escritura de Ana Pérez Cañamares (1968) en su poemario Las sumas y los restos es la humanidad. Cualquiera puede llegar a entender el poemario si posee esa cualidad. Sin embargo no es un rasgo neutro. Ana Pérez Cañamares practica una humanidad militante, una humanidad combatiente. Es por esta razón por la que algunos de sus versos, tras una faz de dulzura, dejan un mensaje profundo, corrosivo, de los que se recuerdan.

Las sumas y los restos es un poemario que ganó el Premio de Poesía Blas de Otero en la convocatoria de 2012. Está dividido en seis partes. Cuatro vienen conformadas por los puntos cardinales. Dos más se unen para encontrar Los tesoros y un Epílogo.

Recuerdo haber tenido la ocasión de leer un libro en el que aparecían algunos poemas suyos,  23 Pandoras, editado por Baile del Sol. Aquel era un poemario en el que alzaban la voz un conjunto de mujeres. De alguna forma también era un libro militante. Han pasado más de cuatro años desde aquello. Probablemente podríamos decir que la autora y su poesía han crecido.

Pérez Cañamares parece plantearnos una brújula vital. Una brújula con la que cada uno de nosotros podemos sentirnos cercanos porque aquello de lo que habla es parte también de nuestras vidas: habla de pequeñas grandes cosas de lo cotidiano. Y ella misma, quizá como un propósito, lo viene a señalar desde un principio (p.18):

“Si aprendiera a cuidar lo pequeño
lo grande permanecería a salvo”

Toda una declaración de intenciones que se va desgranando a lo largo del libro. Sin embargo en lo pequeño también hay luchas y reivindicaciones y derechos que proteger y vidas que proteger y eso también está en su poesía, por eso alza la voz (p.47) y dice:

“A la revolución por el hartazgo”

Y a veces para llegar a conclusiones nos obliga a hacer un inventario de nuestras propias miserias, de los cuerpos dejados en las cunetas, de las vidas desperdiciadas en aras de ideales que sólo han favorecido a unos pocos. De la bota que pisó y sigue pisando y para ello hace falta no olvidar y dejarlo por escrito, aunque se repita, precisamente para que no se repita (p. 32):

“Dicen que a los supervivientes de los campos
les dolía la primavera. Cómo podían los árboles
retoñar sobre las fosas comunes”

Versos de una humanidad crítica que no se limitan a señalar, a recordar, tienen propósito de continuar hasta nuestros días, por eso añade en el mismo poema:

“En el infierno la primavera era una ofensa.
Aquí es una burla: mostramos por una ventana
un paraíso prometido que siempre cae en lunes”

Y por si hay duda de que de aquellos polvos vienen estos lodos, o dicho de otra forma como los hechos se suceden unos a otros hasta llegar a la actualidad, demostrando que toda historia es cíclica porque la estupidez humana también lo es, añade (p.30):

“Sé que es la hora del telediario
porque me siento carroña”

Es una voz cercana la que nos va llevando de un tema a otro, de un hecho a otro, no hay artificios, las palabras son simples, los finales de los versos son claros, meridianos, contundentes. Tras la suavidad de la voz, la palabra deviene grito y conclusión. Y la conclusión no nos deja descanso (p.23):

“ahora soy por fin una niña que balbucea
fascinada por la belleza
                              de su fracaso”  

Y, en realidad, su fracaso es el nuestro, porque lo que dice podría decirlo cualquiera de nosotros, porque sus palabras sienten a ras de piel y a ras de tierra. Palabras que son contornos que nos envuelven (p.36):

“Nos miran sin entender para qué o quién vestimos
por qué nos acicalamos para ir al matadero”

No hay remedio posible. Así lo señala. No queda más que vivir aunque vivir no sea un remedio (p.42):

“Pero el remedio es imposible:
a la vida –siempre distinta-
el miedoso la llama amenaza”

A veces la mirada de la autora muestra una desgarradora sensatez (p. 44) y da la impresión de que en cualquier momento pueda tirar la toalla (p. 51):

“solo si la palabra humanidad
es sólo una palabra de cuatro sílabas”

Pero no hay tregua que pactar, no hay espacio para sentirse vencido, hay que levantarse y buscar nuestro lugar. En el de la autora los animales tienen su hueco. Se percibe su ternura, su amor y su defensa (p.59):

“Al final un arañazo para dejar bien claro
que la ternura no es una mercancía”

Hablaba de una humanidad militante, cuando me refería a la poesía de Ana Pérez Cañamares. Hay veces en las que me siento particularmente inclinado a acercarla a la de Antonio Orihuela. Probablemente encuentro puentes entre ambos. Por el mismo camino entiendo cuando los demás nos señalan, lo entiende la autora, cuando negamos las tergiversaciones y no nos sentimos culpables más que para ironizar (p.57):

“Los errores no están tanto en mi vida (…)
El error está en cómo interpreto todo:
la mala traductora que soy”

Y pasadas las heridas, llegan también los recuerdos, las partes de nosotros que dejamos atrás, que también tienen cabida en Las sumas y los restos (p.101):

“Nosotros no teníamos pueblo.
O mejor dicho: habíamos tenido
y nos lo habían quitado”

Los recuerdos también traen dolor (p.85):

“En este mundo la muerte no es definitiva.
Sólo la crueldad extiende su imperio.
Y así llevamos cuarenta años, como aquél”

Alusiones a las guerras, a la dictadura. También recuerdos de las pérdidas cercanas (p. 113):

“Desde que murió,
mi madre me está leyendo.
Ya no soy su hija.
No soy una preocupación”

Es inevitable extraer conclusiones, como hace la autora (p.109):

“La cadena más pesada caería
si mirara al pasado como
a un hijo recién nacido, o
como a un padre recién muerto”

Que las conclusiones nos sirvan para vivir (p. 96):

“Hubo un tiempo en que la vida
y el mundo eran pareja.
Ahora se están divorciando”.

El libro termina en Los tesoros, que contiene algunos de los pasajes más tiernos recordando a los padres que fallecieron. Y extrae su propio epílogo.

Las sumas y los restos de Ana Pérez Cañamares, humanidad combativa, lecciones de vida hechas poesía. Porque poesía y vida son lo mismo.
 
LUIS VEA
Extraído del blog Reseñados

lunes, marzo 17, 2014

Reseña de Ismael Cabezas en Universo La Maga

Si nos quedaba alguna duda de la grandeza de la palabra poética de Ana Pérez Cañamares, Las sumas y los restos, las disipan absolutamente, un enorme libro donde alcanza sólo lo que la gran poesía es capaz de conseguir, que nos sintamos partícipes del poema, que éste sea un lugar de encuentro, donde la palabra de la poeta, es también la nuestra.

Para leer la reseña completa, pincha aquí.

martes, marzo 04, 2014

Reseña de Francisco Javier Irazoki, en El Cultural

Ana Pérez Cañamares es autora de cuentos. También figura en varias antologías de poetas inconformistas, con notable presencia de jóvenes partidarios de expresar sin adornos sus vivencias. Nació en Santa Cruz de Tenerife, en 1968; reside en Madrid. Con Las sumas y los restos obtuvo el Premio Blas de Otero Villa de Bilbao.

El libro empieza con unos versos de la feminista norteamericana Adrienne Rich, y en ellos sobresale el pensamiento que sirve de guía a la poeta española: “Las palabras son mapas”. Y, como introducción a los seis apartados de la obra, Pérez Cañamares nos dice con qué materia va a unir estos mapas: “Antes de salir al mundo, levanta / un memorial a los ahogados”. En las secciones siguientes -cuyos títulos son los nombres de los puntos cardinales y “Los tesoros”-, así como en el epílogo, confirma su impulso rebelde. Nunca con sensiblería, propaganda o fáciles consignas. Tampoco a la manera de nuestros escritores sociales de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Con una base autobiográfica, en las páginas de Las sumas y los restos aparecen denuncias más extensas. Al tiempo que evoca la niñez, vivida en un ambiente económico modesto, la autora se analiza críticamente. Reconoce la humildad frente a un árbol; alude a un dardo que la limita; recuerda su juventud dispuesta a bailar con el caos. Se detallan las soledades del hombre moderno en sus islas repletas de artilugios para la comunicación. “Es el gueto que levantamos / dentro de nosotros”, nos advierte. Ella ha sentido la escritura como barandilla desde donde observa el mundo sin caerse.

“Fuerza” es el vocablo que con exactitud define la literatura de Ana Pérez Cañamares. Una energía llegada de las pequeñas verdades personales. Resulta especialmente vibrante el poema donde describe a una hermana nacida en otra familia, marcada por la miseria ajena, en un país remoto. Asimismo destaca un excelente texto dedicado a la intensidad. En las horas de sumisión vigila la conciencia y ve “cómo se llena de verdín / y se hace resbaladiza”.

Un mérito adicional. Leemos a una escritora culta. Después de citar a la mencionada Rich, transmite los versos de cinco poetas extranjeros del siglo XX: el estadounidense O'Hara, el polaco Zagajewski, el sueco Martinson, la inglesa Levertov, el israelí Amijai. Sus palabras pertinentes consolidan las de una obra, Las sumas y los restos, que prueba la madurez poética de Ana Pérez Cañamares.


 http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34226/Las_sumas_y_los_restos

jueves, febrero 06, 2014

Reseña de Las sumas y los restos por Joan Pinardell



Importa lo pequeño? Lo frágil?
Le damos el suficiente valor a aquellas cosas, en apariencia insignificantes, basándonos en su aparente simplicidad?...

Son las palabras, mapas o itinerarios, planos de tesoros o senderos a ninguna parte que hemos que aprender y desaprender para amar y desamarnos, y volver a habitarlas una vez ya reveladas aún con mayor rubor y generosidad?

Para Ana la poesía es la tabla de salvación para afrontar el naufragio diario que significa vivirnos.

Los ahogados, otros como nosotros, nos preceden o nos acompañan, y sin saberlo cargamos con sus alegrías, con sus penas, con sus cadenas o con sus sueños, (pasado y futuro) aunque miremos desde el presente viven en nosotros y caminan hacia un mundo idealizado: nuestras almas son pequeñas islas de un estuario que reconocemos como grupo, como familia, como clase, como especie siempre humana, siempre incompleta y con la obligación de completarse, o de intentarlo al menos.

Ante la aparente inutilidad de las preguntas sin respuesta, "Las sumas y los restos" nos propone la belleza de lo simple, de lo natural. Lo que articula la mirada del poemario en mi opinión, es una esperanza de salvarse, a través de la evocación y del asombro, sin dar prioridad a lo que suma, sin obsesionarse con lo que resta o lo que nos queda: los versos pasan desde el presente, miran hacia atrás y hacia adelante, sin aspavientos, sin dramas, como brisa moviendo cortinas, acompañando la soledad de nuestro desasosiego, conviviendo con la levedad indiscreta de una pequeña mariposa que se posa ante nuestras narices para incitarnos a la mesura de lo qué somos, a la pregunta de quién vive en nosotros.

Ante la distorsión de la rutina, de lo repetitivo, Ana busca la evocación poética como una salida. Cada ser humano, cada ser vivo, vive su particular gólgota o campo de exterminio, al tiempo que, unas veces por sustituciones y otras por una lucha esperanzadora, cada ser viviente busca su tabla, su camino feliz, los restos de lo que un día fue su infancia (esa barca sin capitán y sin bandera). Lo que queda de su alma que aún será capaz de expandir y de multiplicar. Lo que le proyecte hacia la vida y le haga soportable su propio futuro.

Nos salvamos por los demás y salvamos a quienes nos acompañan. Ese pudiera ser el gran sentido de lo poético. La isla de la fortuna o la tabla de salvación que viene con su equilibrio y estabilidad a liberarnos del infierno, del abismo o de la hecatombe.

Ana en este libro hace de la humanidad su hermana, su madre, su casa común, su guerra vencible, y sus versos son un ansia de cicatrizar, de curar, de cerrar cuentas con el dolor, con lo que nos inquieta, con lo que nos cuesta la tarea cotidiana del vivir. Tantas y tantas cosas que nunca llegaremos a cambiar pero que nos acompañarán para siempre. Cosas que merecen, como nuestras inquietudes y recuerdos, una generosa y digna salida. Una nueva mirada piadosa y reconciliadora en su sentido más humano.

Así en los versos de "Las sumas y los restos" se vislumbra una necesidad de reafirmarse por el perdón antes que por la condena. Por el amor antes que por el dolor innecesario. Por la luz antes que por la oscuridad velada. Son poemas por y desde la claridad. Y siento en estos versos una necesidad de aceptar la vida con paciente resignación, sin dolerse ni herirse en balde. Hay en la parte final del poemario una necesidad de abrazar al adversario que es uno mismo y que llega candente con lo bello y desgarrador, potente y frío, desde el pasado.

Para tal viaje la poeta ni quiere ni necesita intermediarios ni traductores. Decidida desde el primer verso hasta el último, rechaza lo añadido, lo postizo, busca lo que le viene ya dado y lo que ha hecho de si misma, porque Ana quiere mirarse, sentirse en propia carne y no a través de otros filtros, huye de falsos abalorios y de dilemas altisonantes. Se compromete con la vida sin atizar fuegos fatuos ni levantar estridentes banderas.

Sus tesoros, oh gloriosa poesía, son su hija, sus padres, su infancia, sus recuerdos, sus esperanzas, las palabras...

"Si aprendiera a cuidar lo pequeño
lo grande permanecería a salvo".

Bellos versos de "Las sumas y los restos" que en si mismos son una maravillosa declaración de principios.

Ana Pérez Cañamares (Santa Cruz de Tenerife, 1968) vive en Madrid. Alguno de sus cuentos han aparecido en antologías como Por favor sea breve (Madrid, 2001), Mujeres cuentistas (Madrid, 2009), Beatitud. Visiones de la Beat Generation (Madrid, 2011) o Al otro lado del espejo. Narrando contracorriente (Madrid, 2011), y otras. También ha colaborado con algunos de sus poemas en Resaca/Hank Over. Un homenaje a Charles Bukowski (Barcelona, 2008), 23 Pandoras. Poesía alternativa española (Madrid, 2009), La manera de recogerse el pelo. Generación Bloguer (Madrid, 2010), Por donde pasa la poesía (Madrid, 2011), y Mujeres en su tinta. Poetas españolas en el siglo XXI (Bilbao, 2012), entre otras, así como colaboraciones en distintas revistas en papel y publicaciones digitales.

La alambrada de mi boca (Madrid, 2007) fue su primer libro de poemas cuya segunda edición se realizó en2009 y al que le siguieron Alfabeto de cicatrices (Madrid, 2010), Entre paréntesis (Palma de Mallorca, 2012) y su libro de relatos En días idénticos a nubes (Madrid, 2009).

Las sumas y los restos, es su última entrega y ha sido galardonado con el “V Premio de Poesía Blas de Otero-Villa de Bilbao 2012.

miércoles, febrero 05, 2014

Reseña de Las sumas y los restos en Ediciones Paralelo.

Las sumas y los restos, 2013, propone un libro a dos voces y en dos actos: yo y el otro, el Otro -más apropiado-. Como lo llamaba Pepe Ramos, en lo que se declaró como la primera presentación no oficial de la obra de la poeta afincada en Madrid, se trata de una poesía social íntima, y no le faltaba razón. Los buenos poemas que contiene Las sumas…, que, siendo fieles a la verdad, son los más, hablan de un yo frente a otro yo que puede ser el padre o lo que haya más allá de las cálidas fronteras. No existe el poeta ensimismado pues, tras cada espejo, tras cada recuerdo o cada nostalgia aparece el germen aún en crecimiento de lo que fuimos y lo que estamos siendo. Detrás Varsovia, una concertina, detrás de una ablación, calefacción central.

Son conocidos desde hace unos sesenta años los peligros de la poesía social, poesía que tiende hacia el panfleto, hacia las siglas -qué es CEOE-, hacia Mariano Rajoy o Largo Caballero -los nombres-, hacia una clase-molde-clase, -quizá ya inexistente- o hacia la Historia -con mayúsculas- de la vuelta del Redentor al mundo de los vivos. Las sumas…, quizá haya sido capaz, y por ello le mando toda mi admiración a la autora, de combinar la poesía con el neguijón que, en efecto, forma parte de las enfermedades que felizmente nos corroen como civilización.

Diría ya han pasado, hablando de la poesía de Ana Pérez Cañamares como el verso carente de lastre, el buen verso, que no es sino una de las muchas formas de tender al vacío como caería una supuesta pluma cayendo mecida hacia la tierra, con el fin de deshacerse a uno mismo, tal vez. No existe la dicotomía fascista entre malos y buenos, pero existe la rabia de los desarmados dispuestos ha arrancarnos y a vestir nuestros conopeos tantos siglos usurpados.

Los pasillos. Son estos, hasta donde yo leo, lugares de tránsito, como aeropuertos o estaciones de tren -si nos ponemos más románticos-. Son la línea recta que se traza en Las sumas… entre la muerte del padre, yo, la vida de la hija, siempre con una letra sincera y pausada que no duda en mirarle a los ojos a los viejos de caras arrugadas, que somos y por ello nos espantan.

Desde esta plataforma les convido a leer a la autora, pues no es fácil en los tiempos que corren de sobre explotación del término poesía encontrar a alguien con un proyecto férreo y consistente. Una voz muy propia, muy con mayúsculas, que se expande a través de los espacios donde su poesía es leída, y lo que sin duda supone un mérito amplio, Las sumas y…, pasada la resaca de su puesta en público, permanece en la memoria y en el papel sin que como la mayoría de obras que se publican en estos nuestros ámbitos actualmente, pierda la coherencia por la que el texto mismo se singulariza ni se desmorone como la mayoría de las cosas ¿de la vida?

Me quedo con un verso de Ana Perez Cañamares que me estremece y termino:
«las cosas, hija, solo son cosas»

 http://edicionesparalelo.com/ana-perez-canamares-las-sumas-y-los-restos/

martes, febrero 04, 2014

Reseña de Las sumas y los restos en La tormenta en un vaso

Miguel Baquero


Muchas veces pienso que, igual que si arrimamos las narices a —es un ejemplo— el monasterio de El Escorial sólo vemos un bloque de granito, o si nos acercamos demasiado a un cuadro pongamos de Dalí no apreciamos sino manchurrones de pintura, así la excesiva cercanía temporal con las cosas (las personas, los libros) de los que somos contemporáneos nos engaña respecto a su apreciación. Es muy difícil apreciar un cuadro o captar la verdadera grandeza de un edificio si no retrocedes varios pasos y lo contemplas desde una cierta distancia. Olvidémonos aquí de las alharacas publicitarias, esos espejos deformantes que por norma engordan o estiran o incluso cimbrean los objetos que se le ponen por delante; en general, resulta «extraño», suena «raro» concluir que un libro que acaba de salir y tú acabas de leer, escrito por alguien de tu edad y donde, para colmo, se nombran aspectos de tu vida cotidiana, pueda ser una obra importante y duradera. Nos falta la perspectiva del tiempo, que todo lo va recolocando en su sitio.
Pues bien, pese a todo ello yo opino que Las sumas y los restos, el último poemario de Ana Pérez Cañamares (y que por unanimidad, según reza en el «Acta del jurado» con que se abre la obra, ganó el último premio Blas de Otero), es un libro llamado a permanecer (a poco que la respeten los caníbales de la distribución). Estoy convencido de que en un futuro se seguirá leyendo y que ha ingresado en el exiguo censo de las obras que pueden perdurar. Así lo creo, sinceramente, porque creo que abunda en méritos, en logros; porque creo que es una obra básica, en el sentido de que toca elementos fundamentales, trasciende la anécdota, alcanza la raíz. En el sentido de que nada hay de superfluo, todos los versos tienen, página tras página, una razón para estar ahí.
Y no hablo sólo de razones estéticas —aunque también, y por supuesto: el objetivo al fin y al cabo es, partiendo de la emoción, llegar a la obra de arte—. A este respecto, Ana Pérez Cañamares cuida de la estética de sus versos no mediante metáforas deslumbrantes y que, al fin, no dejarían de tener, como es lo común, un cierto toque efectista. Antes bien, a menudo se sirve de imágenes cotidianas, insulsas en principio, imágenes, por qué no decirlo así, «barriobajeras», como una tormenta en medio de un partido de fútbol, un perro ladrando en un balcón, una lavadora que suena una mañana soleada… destellos en medio de la grisura de la vida corriente, manifiesto continuo de que la poesía no crece exclusivamente en ciertos terrenos ajardinados sino entre las junturas de los edificios y quizás antes que en ningún sitio en los descampados de las afueras de la ciudad. Y junto con esta recolección calma —no agotadora, no fatigosa para el lector— de imágenes sencillas pero significativas, está la musicalidad que la autora ha sabido imprimir a los versos. Las sumas y los restos va «sonando» según avanza, con una música poética que al final, cuando uno cierra el libro, descubre que ha estado ahí prácticamente todo el tiempo, que se ha instalado no sabe en qué parte, ha estado vibrando al fondo, ayudando a que avanzaran los poemas, y ahora la echa de menos. Porque la poesía es emoción, por supuesto, originalidad, sinceridad, desgarro a veces, pero sobre todo es música, y quizás en saber extraer esa música distinta e indefinible está el factor diferencial.
Junto con esta refinada estética, Las sumas y los restos es un libro sobresaliente por la verdad y la humanidad sobre la que está construido. Es un libro verdadero porque, poema tras poema, se va advirtiendo —y hacia el final resulta evidente— que la autora se está desmenuzando ante los lectores, mostrándoles su interior, pero sin ese —de nuevo aquí la contención y la mesura de una poeta en su madurez creativa— exhibicionismo que tantos buenos poemarios ha malogrado. De hecho, el libro al cabo se nos descubre como un trayecto que no solo se anuncia con la progresión de los sucesivos capítulos —que concluyen con «Los tesoros»— sino que ya el mismo título nos pone sobre la pista. El poemario parte de la insulsa realidad, donde todo se suma mecánicamente, y va depurándose palabra a palabra hasta llegar a ese «Los tesoros», a ese «Los restos» que constituye el recuerdo de los seres que un día quisimos, aunque también odiamos, o mejor, despreciamos, porque no se trata de edulcorar nuestros sentimientos, sino de hallar esa autenticidad que pese a todos los golpes del tedio late en el fondo de cada uno, eso que somos nosotros mismos y que quienes nos precedieron nos han ayudado, seguro que inconscientemente, pero movidos de una incomprensible humanidad, a construirnos.
Ese camino, absolutamente poético, de búsqueda del propio germen en el que se interna la autora, y que acaba con unos versos sencillamente esplendorosos: «Vuestras manos / algún día / colgarán de mis brazos», es un camino que acabamos sintiendo como propio, como nuestro también. Un camino que se ha ofrecido, generosamente, a cualquier lector, y del que yo invito a disfrutar a quien lea esto, en la confianza de que, como yo, habrá muchos que piensen hallarse ante una gran autora y ante un poemario excepcional.