Y sin embargo, quiero que levantes la mirada y me mires.
Quiero que me mires y me expliques por qué toda esa tristeza, que me digas por qué la tristeza es más importante que yo. Por qué yo no puedo curarte la tristeza, tu enfermedad crónica.
Te convertiste en la guardiana de las mentiras ajenas. Te hiciste la tonta, para no hacernos daño con lo que veías en nosotros.
¿Qué hay escrito en ese papel? ¿La verdad que guardabas para ti? Cuando el pintor se vaya, ¿quemarás ese papel en el baño de la habitación?
Mírame, porque tu mirada me da la existencia. Incluso si soy hija de una mentira.
Ahora veo a mi hija en ti, y es ella la que me niega la mirada, la que está enfadada conmigo, la que no quiere ver mi tristeza.
Ahora yo soy la mujer del cuadro y no quiero veros a ninguna. Quiero que me dejéis sola con mis propias mentiras, con mi fragilidad.
No se ve ningún armario en la habitación, pero yo sé que lo hay. Un armario con un espejo. Las tres nos reflejamos en él. Mirando nuestros reflejos de soslayo, con curiosidad, con miedo, abrumadas por las emociones que no nos atrevemos a encarar.
Nos queremos, pero nos duelen demasiado las herencias que nos dejamos.
El blog de Ana Pérez Cañamares - poeta
jueves, octubre 26, 2006
Fotos de escritores (I)
A mis espaldas, mientras escribo, hay un marco de corcho en el que cuelgan fotos de amigos, de la familia, postales y algún dibujo hecho por mi hija. Entre todas ellas, hay una foto de John Cheever. Igual que en la fotografía de la portada de La geometría del amor, está en una estación de trenes. Se le ve algo más mayor, la sonrisa menos acentuada, las arrugas más marcadas, menos pelo, y con una mano sujeta una taza de café. Mira fijamente a la cámara, con una honestidad desarbolante, y parece que todo su orgullo y su autoestima se apoyaran en esa honestidad, en la dignidad de ser un meticuloso obrero de las palabras. Esa foto me da la impresión de que dice "adelante, vale la pena". A pesar del esfuerzo, de las miserias, de los errores.
Dice Wislawa Szymborska: "Cuando escribo siempre tengo la sensación de que alguien está detrás de mí haciendo muecas. Por eso huyo, todo lo que puedo, de las grandes palabras". Yo tengo la mirada de Cheever que me dice "adelante, espera un poco más y llegarás al fondo del asunto", mientras los trenes pasan de largo a nuestras espaldas.
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reflexiones literarias
miércoles, octubre 25, 2006
Verdad y carácter
Para quienes se debaten cada día entre una palabra y otra, ¿es más fácil perderse en los vericuetos de la inseguridad?
Pregunta retórica.
Creo que sí.
Respuesta insegura.
Estoy segura de que sí.
Respuesta contradictoria.
Es una cuestión de posibilidades, de múltiples elecciones. De diferencias sutiles y vertiginosas entre fondo y forma. De matices y persecuciones. Después de mucho trabajo, a veces, en raras ocasiones, se llega a una verdad. Una de esas verdades que se captan con todo el cuerpo, más allá casi de las palabras. Se quedan ahí, brillando un momento, y puede que nunca más vuelvan a captarse con tal intensidad, o puede que, muy lentamente, vayan filtrándose hasta nuestros huesos. Lástima que lo que mande, en el día a día, sea el carácter.
Inseguro, ramplón, tramposo, reptiliano. El trampolín molesto.
Otros escritores piensan otras cosas:
http://www.escueladeletras.com/weblog/index.php?mode=viewid&post_id=282
Pregunta retórica.
Creo que sí.
Respuesta insegura.
Estoy segura de que sí.
Respuesta contradictoria.
Es una cuestión de posibilidades, de múltiples elecciones. De diferencias sutiles y vertiginosas entre fondo y forma. De matices y persecuciones. Después de mucho trabajo, a veces, en raras ocasiones, se llega a una verdad. Una de esas verdades que se captan con todo el cuerpo, más allá casi de las palabras. Se quedan ahí, brillando un momento, y puede que nunca más vuelvan a captarse con tal intensidad, o puede que, muy lentamente, vayan filtrándose hasta nuestros huesos. Lástima que lo que mande, en el día a día, sea el carácter.
Inseguro, ramplón, tramposo, reptiliano. El trampolín molesto.
Otros escritores piensan otras cosas:
http://www.escueladeletras.com/weblog/index.php?mode=viewid&post_id=282
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reflexiones literarias
martes, octubre 24, 2006
El otoño del ciego
En aquel pueblo sin colegio ni biblioteca, el niño ciego se dejaba guiar por el aburrimiento. El tiempo vacío era para él su perro lazarillo, que le llevaba a paso lento por los caminos que rodeaban el pueblo.
Una mañana de otoño, al recoger una hoja seca, el niño ciego siguió con la yema de su dedo índice las nervaduras. En la hoja del álamo estaba escrito un chiste, y el niño rió entre lágrimas de risa y de sorpresa. Se agachó para coger otra hoja, y al acariciarla descubrió que el sauce era poeta. De camino a casa, arrancó una hoja de roble y en ella leyó la carta que el árbol había escrito para el viento del norte y que empezaba así: “Querido viento del norte. No te des prisa en venir”.
Cuando llegó a casa, le contó a su abuela lo que había leído en las hojas del otoño. Entonces la abuela se subió la falda, estiró su pierna y llevó el dedo del niño ciego hasta su muslo. Al calor de la lumbre, él leyó en las varices de la abuela las viejas historias de sus familiares muertos.
El otoño se abrió para él como un tomo de pastas doradas, la antología de todo lo importante y lo sencillo.
Una mañana de otoño, al recoger una hoja seca, el niño ciego siguió con la yema de su dedo índice las nervaduras. En la hoja del álamo estaba escrito un chiste, y el niño rió entre lágrimas de risa y de sorpresa. Se agachó para coger otra hoja, y al acariciarla descubrió que el sauce era poeta. De camino a casa, arrancó una hoja de roble y en ella leyó la carta que el árbol había escrito para el viento del norte y que empezaba así: “Querido viento del norte. No te des prisa en venir”.
Cuando llegó a casa, le contó a su abuela lo que había leído en las hojas del otoño. Entonces la abuela se subió la falda, estiró su pierna y llevó el dedo del niño ciego hasta su muslo. Al calor de la lumbre, él leyó en las varices de la abuela las viejas historias de sus familiares muertos.
El otoño se abrió para él como un tomo de pastas doradas, la antología de todo lo importante y lo sencillo.
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cuentos míos
sábado, octubre 21, 2006
Carver
Leyendo a Carver, pienso que a este hombre le dio tiempo a hacerse sabio. A saber qué es lo importante, y qué no. A saber mirar, y a comprender, y a rendirse a tiempo ante lo que no comprendía. A hundirse, a flotar y a compadecerse de todo ser viviente. Y tengo la impresión de que toda esta sabiduría, todo este coraje, se lo dio la literatura.
Un ejemplo, entre muchos, en el poema El regalo:
"Esta mañana hay nieve por todos lados. Reparamos en ello.
Me dices que no has dormido bien. Te digo
que yo tampoco. Pasaste una noche horrible. "También yo".
Somos extremadamente cuidadosos y tiernos,
como si percibiéramos el desarreglo mental del otro.
Como si supiéramos lo que está sintiendo el otro. No lo sabemos,
claro. Nunca lo sabremos. No importa.
Es esa ternura lo que me importa. Es el regalo
que me sostiene y me hace avanzar.
El mismo de cada mañana".
Esta tarde, me paseo por casa con mis libros bajo el brazo, en busca de un lugar tranquilo, silencioso, bien iluminado. Me siento en el sofá, regreso al estudio, tecleo algo en el ordenador, leo un poema, recuerdo un escrito a medias. Estoy como distraída, y resulta fácil interrumpirme. Parece que no hago nada, ¿verdad? A mí también me parece a veces que pierdo el tiempo.
Y sin embargo estoy salvando al mundo de caerse roto a pedazos.
Un ejemplo, entre muchos, en el poema El regalo:
"Esta mañana hay nieve por todos lados. Reparamos en ello.
Me dices que no has dormido bien. Te digo
que yo tampoco. Pasaste una noche horrible. "También yo".
Somos extremadamente cuidadosos y tiernos,
como si percibiéramos el desarreglo mental del otro.
Como si supiéramos lo que está sintiendo el otro. No lo sabemos,
claro. Nunca lo sabremos. No importa.
Es esa ternura lo que me importa. Es el regalo
que me sostiene y me hace avanzar.
El mismo de cada mañana".
Esta tarde, me paseo por casa con mis libros bajo el brazo, en busca de un lugar tranquilo, silencioso, bien iluminado. Me siento en el sofá, regreso al estudio, tecleo algo en el ordenador, leo un poema, recuerdo un escrito a medias. Estoy como distraída, y resulta fácil interrumpirme. Parece que no hago nada, ¿verdad? A mí también me parece a veces que pierdo el tiempo.
Y sin embargo estoy salvando al mundo de caerse roto a pedazos.
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poemas de otros
miércoles, octubre 18, 2006
Shssss.....
Caballero Bonald, en "Sobre el imposible oficio de escribir":
Por aquella palabra
de más que dije entonces, trataría
de dar mi vida ahora.
Gonzalo Rojas, en "Al silencio":
Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,
todo el hueco del mar no bastaría,
todo el hueco del cielo,
toda la cavidad de la hermosura
no bastaría para contenerte,
y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera
oh majestad, tú nunca,
tú nunca cesarías de estar en todas partes,
porque te sobre el tiempo y el ser, única voz,
porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,
y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.
Hugo Mujica dice en "Donde me digo":
En lo alto no se baten
las alas
ni en el silencio se nombra
al silencio.
De dios no sabemos nada
esa nada hiende
todo saber,
esa hendidura es lo aprendido
la ausencia que queda,
la huella donde me digo.
Yo sólo digo que nunca he visto a un mal poeta interesarse por el silencio.
Ni a los malos poetas ni a los que deciden colonizar nuestros oídos -y nuestras almas-, con pantallas gigantes que emiten noticias y anuncios a todo volumen en los andenes de metro (y junto a las que cuelgan silenciosos carteles del Plan de fomento de la lectura).
Por aquella palabra
de más que dije entonces, trataría
de dar mi vida ahora.
Gonzalo Rojas, en "Al silencio":
Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,
todo el hueco del mar no bastaría,
todo el hueco del cielo,
toda la cavidad de la hermosura
no bastaría para contenerte,
y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera
oh majestad, tú nunca,
tú nunca cesarías de estar en todas partes,
porque te sobre el tiempo y el ser, única voz,
porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,
y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.
Hugo Mujica dice en "Donde me digo":
En lo alto no se baten
las alas
ni en el silencio se nombra
al silencio.
De dios no sabemos nada
esa nada hiende
todo saber,
esa hendidura es lo aprendido
la ausencia que queda,
la huella donde me digo.
Yo sólo digo que nunca he visto a un mal poeta interesarse por el silencio.
Ni a los malos poetas ni a los que deciden colonizar nuestros oídos -y nuestras almas-, con pantallas gigantes que emiten noticias y anuncios a todo volumen en los andenes de metro (y junto a las que cuelgan silenciosos carteles del Plan de fomento de la lectura).
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reflexiones literarias
"Escribir, amar"
El otoño trasiega con las emociones, y con el cielo cambiante voy saltando de una lectura a otra.
Releo los cuentos de Cheever. Releo dos cuentos de Cheever: "Adiós, hermano mío" y "Una visión del mundo", el primero y el último respectivamente de la antología La geometría del amor. En la nota de introducción al cuento que cierra el volumen, Rodrigo Fresán recoge un fragmento de los Diarios de Cheever, que dice: "Escribir bien, con pasión, con menos inhibiciones, ser más cálido, más autocrítico, reconocer el poder de la lujuria tanto como su fuerza, escribir, amar. No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento -creo entreverlo en sueños-, mi desesperación. Escribir sobre los necios sufrimientos de la angustia, la renovación de nuestras feurzas cuando aquéllos pasan; escribir sobre la penosa búsqueda del yo, amenazado por un extraño en la oficina de correo, un rostro apenas entrevisto en la ventanilla de un tren; escribir sobre los continentes y las poblaciones de nuestros, sobre el amor y la muerte, el bien y el mal, el fin del mundo".
Leo también Todos nosotros, los poemas completos de Raymond Carver. Admiro las bodas perfectas que en él hacen la expresión sencilla con la sutileza y la complejidad del mundo que observa. Veo su vida, la dimensión consoladora de su escritura, el proceso de creación mientras observa y selecciona, le veo verse, apiadarse, dolerse, clamando por "intentar separar lo que está bien de lo que está mal".
Releo la novela Incendios, de Richard Ford. Una novela precisa y emocionante, que habla de la pasión, del terreno devastado que deja a su paso y de cómo se sobrevive al fuego, sin dejar de ser contenida y elegante, como lo es desde su comienzo: "En el otoño de 1960, cuando yo tenía dieciséis años y mi padre llevaba sin trabajo algún tiempo, mi madre conoció a un hombre llamado Warren Miller y se enamoró de él".
Voy de una habitación a otra, persiguiendo el silencio, arrastrando los tres libros bajo el brazo. Los dejo junto a mí y mientras decido cuál abrir, me considero afortunada. Es como una cita con viejos amigos que tienen todo el tiempo del mundo y disfrutan cediendo la palabra, escuchando al otro. Parece que nada nuevo podrían contarme, y sin embargo, por debajo de lo sabido, de pronto aparece una capa más profunda, un destello de intimidad, un detalle único, el destello de la dignidad, y es entonces cuando me parece que me prestan sus ojos y me siento cerca de saber cómo es su vida vivida desde dentro, el mayor regalo que alguien te puede hacer, sobre todo en una tarde de lluvia.
Releo los cuentos de Cheever. Releo dos cuentos de Cheever: "Adiós, hermano mío" y "Una visión del mundo", el primero y el último respectivamente de la antología La geometría del amor. En la nota de introducción al cuento que cierra el volumen, Rodrigo Fresán recoge un fragmento de los Diarios de Cheever, que dice: "Escribir bien, con pasión, con menos inhibiciones, ser más cálido, más autocrítico, reconocer el poder de la lujuria tanto como su fuerza, escribir, amar. No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento -creo entreverlo en sueños-, mi desesperación. Escribir sobre los necios sufrimientos de la angustia, la renovación de nuestras feurzas cuando aquéllos pasan; escribir sobre la penosa búsqueda del yo, amenazado por un extraño en la oficina de correo, un rostro apenas entrevisto en la ventanilla de un tren; escribir sobre los continentes y las poblaciones de nuestros, sobre el amor y la muerte, el bien y el mal, el fin del mundo".
Leo también Todos nosotros, los poemas completos de Raymond Carver. Admiro las bodas perfectas que en él hacen la expresión sencilla con la sutileza y la complejidad del mundo que observa. Veo su vida, la dimensión consoladora de su escritura, el proceso de creación mientras observa y selecciona, le veo verse, apiadarse, dolerse, clamando por "intentar separar lo que está bien de lo que está mal".
Releo la novela Incendios, de Richard Ford. Una novela precisa y emocionante, que habla de la pasión, del terreno devastado que deja a su paso y de cómo se sobrevive al fuego, sin dejar de ser contenida y elegante, como lo es desde su comienzo: "En el otoño de 1960, cuando yo tenía dieciséis años y mi padre llevaba sin trabajo algún tiempo, mi madre conoció a un hombre llamado Warren Miller y se enamoró de él".
Voy de una habitación a otra, persiguiendo el silencio, arrastrando los tres libros bajo el brazo. Los dejo junto a mí y mientras decido cuál abrir, me considero afortunada. Es como una cita con viejos amigos que tienen todo el tiempo del mundo y disfrutan cediendo la palabra, escuchando al otro. Parece que nada nuevo podrían contarme, y sin embargo, por debajo de lo sabido, de pronto aparece una capa más profunda, un destello de intimidad, un detalle único, el destello de la dignidad, y es entonces cuando me parece que me prestan sus ojos y me siento cerca de saber cómo es su vida vivida desde dentro, el mayor regalo que alguien te puede hacer, sobre todo en una tarde de lluvia.
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reflexiones literarias
domingo, octubre 15, 2006
La verdadera trama
La escritura, cuando logra lo mejor de sí misma, consiste en dar alcance a esas asociaciones que normalmente nos pasan desapercibidas, pero que cuando captamos parecen conformar la sutil red sobre la que el misterio de la vida se sostiene.
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reflexiones literarias
sábado, octubre 14, 2006
Habitación de hotel, de Edward Hopper

Para Soco
No recuerdo cuando compré la lámina de este cuadro por primera vez. Sé que me acompañó en habitaciones alquiladas, sobrevivió a mudanzas, viajó de una casa a otra en un cilindro de cartón y fue agujereada por decenas de chinchetas. Tampoco recuerdo en qué momento decidí tirarla, porque los agujeros y los desgarrones me distraían de su belleza. Pero el año pasado volví a encontrarla en una exposición: "Mímesis. Realismos modernos. 1918-1945". Me la traje a casa sin saber aún qué lugar ocuparía porque no quedaban paredes libres. Finalmente, rehice la distribución de mi cuarto para buscarle un sitio, la enmarqué y ahora la veo cuando levanto la vista de la pantalla.
No sabría decir qué me atrae de esta imagen. Hay algo en ella que visceralmente me atrapa. Quizás sea que me gusta lo que hay de efímero y acogedor en los hoteles, y por eso aprecio las maletas en el suelo, los zapatos dejados a un lado, el vestido sobre la butaca, el sombrero encima de la cómoda. Igual que me gusta la cama bien hecha y estirada, ese regalo que en los hoteles siempre nos deja una mujer extraña. Pero sobre todo está la mujer del cuadro: su rostro en penumbra, la hoja sobre las rodillas, la intimidad de su ropa interior, su recogimiento y su silencio. ¿Qué hace viajando sola esa mujer? ¿Va a encontrarse con alquien? ¿Qué hay escrito en esa hoja: es una carta, una dirección, un trozo de diario, una nota de adiós de algún hombre, o la carta de despedida de un trabajo? Siempre me inclino por algún asunto turbio y triste. Sin embargo, a pesar de cierto abatimiento en sus hombros, hay serenidad en su rostro. Si es una mujer abandonada o rechazada, sabrá superarlo. Puede que no todo esté perdido, o puede que ella lo sospechara de antemano, o que en secreto sienta alivio. Quiero pensar que sí, que esta mujer de miembros rotundos se levantará de esa cama, se pondrá guapa y bajará a cenar al restaurante del hotel, disfrutará de la comida y la soledad le sentará tan bien como un sombrero nuevo. Quiero pensar que el pintor la ha pintado justo antes de arrugar la nota, tirarla al suelo y seguir hacia delante.
Esta ha sido la historia del cuadro y yo hasta ahora. Pero ayer vino una amiga a casa, lo miró y me dijo: "se parece a tu madre". Y me pareció que por primera vez veía su pelo rubio y ondulado, su nariz, la blancura de su piel, el volumen de sus pechos. Todo era de mi madre. Y me di cuenta de que también hubiera querido que mi madre se pusiera guapa y saliera a cenar sola. Aunque lo que tuviera entre sus manos fuera una carta de su familia diciéndole cuánto la echábamos de menos.
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reflexiones íntimas
Poema perdido y recuperado
LOS SUEÑOS DE LOS OTROS
En alguna parte leí que había un hombre
-“un carnicero”, decía la noticia,
no sé si hablando de su profesión o de su vocación,
dado lo que venía después-
que guardaba párpados humanos
en una cajita sobre la mesilla de noche.
¿Qué fue lo que más me impresionó?
Lo cierto es que por un momento
entendí la belleza y la fragilidad
que se esconden en un párpado humano.
Durante un segundo hice mío el deseo
de poseer uno, de aislarlo de su dueño,
como un pétalo de rosa arrancado
a una flor a punto de ajarse.
Se me ocurrió que el hombre
podría haber elegido las páginas de un libro
para guardarlos.
Lo imaginé encendiendo la lámpara
en mitad de la noche...
el resto pertenece a nuestra intimidad.
No sé si entender a un psicópata
me hace más o menos humana.
Sé que yo he amado ciertos párpados
sobre los que deseé hacerme diminuta
y tumbarme como en un montículo de arena.
Yo los dejé ir.
De hecho nunca se me ocurrió guardarlos
en un cajita sobre mi mesilla
o marcar con ellos la página de un libro.
Los locos tienen el difícil cometido
de cumplir nuestros sueños.
Es sólo la realidad la que los convierte en pesadillas.
Ellos son poetas a los que se les va la mano,
no llegan a coger papel y lápiz
y toman las metáforas por los cuernos.
Pero en sus desastres aún se puede rastrear
las huellas de los sueños primigenios.
No sé si descubrirlas me hace más o menos humana.
Si podría mantener una conversación poética
con el carnicero que guardaba los párpados en su mesilla.
Para hablar con él me pondría, eso sí,
unas gafas de sol muy oscuras.
Dios nos proteja de nuestros sueños
y sobre todo de los sueños de los otros.
En alguna parte leí que había un hombre
-“un carnicero”, decía la noticia,
no sé si hablando de su profesión o de su vocación,
dado lo que venía después-
que guardaba párpados humanos
en una cajita sobre la mesilla de noche.
¿Qué fue lo que más me impresionó?
Lo cierto es que por un momento
entendí la belleza y la fragilidad
que se esconden en un párpado humano.
Durante un segundo hice mío el deseo
de poseer uno, de aislarlo de su dueño,
como un pétalo de rosa arrancado
a una flor a punto de ajarse.
Se me ocurrió que el hombre
podría haber elegido las páginas de un libro
para guardarlos.
Lo imaginé encendiendo la lámpara
en mitad de la noche...
el resto pertenece a nuestra intimidad.
No sé si entender a un psicópata
me hace más o menos humana.
Sé que yo he amado ciertos párpados
sobre los que deseé hacerme diminuta
y tumbarme como en un montículo de arena.
Yo los dejé ir.
De hecho nunca se me ocurrió guardarlos
en un cajita sobre mi mesilla
o marcar con ellos la página de un libro.
Los locos tienen el difícil cometido
de cumplir nuestros sueños.
Es sólo la realidad la que los convierte en pesadillas.
Ellos son poetas a los que se les va la mano,
no llegan a coger papel y lápiz
y toman las metáforas por los cuernos.
Pero en sus desastres aún se puede rastrear
las huellas de los sueños primigenios.
No sé si descubrirlas me hace más o menos humana.
Si podría mantener una conversación poética
con el carnicero que guardaba los párpados en su mesilla.
Para hablar con él me pondría, eso sí,
unas gafas de sol muy oscuras.
Dios nos proteja de nuestros sueños
y sobre todo de los sueños de los otros.
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poemas míos
miércoles, octubre 11, 2006

PRAGA
(Para Sara y Ave)
Hacía calor, tanto calor,
que el río se nos pegaba a la piel
y las carpas saltaban para admirar nuestras cervezas
El calor era un anfitrión inesperado
que te abre la puerta en zapatillas
Por más que mirábamos las lápidas
en el antiguo cementerio judío
no podíamos recordar que moriríamos
Los nombres de los muertos ajenos
quedaban bonitos en las postales
pero era difícil imaginar el frío bajo tierra
cuando el sol nos calentaba la nuca
y la ciudad era una gran cama caliente
preparada para una noche de boda
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poemas míos
domingo, octubre 08, 2006
Mujeres de la familia
GENERACIONES
Antes de morir, mi madre dijo mamá, ven
mientras me miraba sin verme;
yo dije mamá, quédate
abrazando su cuerpo diminuto
envuelto en pañales y olor a talco;
mi hija dijo mamá, no llores
y me acarició la cabeza consolándome.
Cuando mama murió, durante unos segundos
no tuvimos muy claros los lazos que nos unían,
no supimos quién se había ido
y quién se había quedado,
ni en qué momento de nuestras vidas
estábamos viviendo
o muriendo.
Antes de morir, mi madre dijo mamá, ven
mientras me miraba sin verme;
yo dije mamá, quédate
abrazando su cuerpo diminuto
envuelto en pañales y olor a talco;
mi hija dijo mamá, no llores
y me acarició la cabeza consolándome.
Cuando mama murió, durante unos segundos
no tuvimos muy claros los lazos que nos unían,
no supimos quién se había ido
y quién se había quedado,
ni en qué momento de nuestras vidas
estábamos viviendo
o muriendo.
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poemas míos
sábado, octubre 07, 2006
Hermana Sharon
A veces, la lectura nos regala un momento mágico, milagroso, una comunicación que transcurre por coordenadas ajenas a las del espacio y tiempo normales. Yo creo que todos leemos buscando esa ráfaga de reconocimiento que es como un abrazo sin cuerpos. Puede ser que leamos una idea, una emoción, que nos llevaba rondando sin que pudiéramos ponerle palabras; que encontremos en un libro palabras más rigurosas y precisas que las que nosotros habíamos utilizado antes para expresar algo parecido; incluso, y esto es más raro, las palabras exactas que ya habíamos encontrado, con lo cual de la admiración pasamos al asombro total. ¿Cómo, entre tantos vericuetos, entre tantas posibilidades, entre tantas bifurcaciones psicológicas, emocionales, expresivas, el autor y yo hemos acabado por llegar a la misma expresión?
La semana pasada le daba yo vueltas a qué enseñanza, qué utilidad, puedo extraer de una situación dolorosa: el hecho de que mi hija sólo conviva conmigo la mitad del tiempo. Esta situación es para mí un foco de dolor sordo y seco, sin paliativos, un síntoma de fracaso, algo "anormal" que solamente sirve para hacerme sentir culpable. Quizás por hartazgo, decidí que tenía que extraer otras consecuencias, buscarle un lado si no positivo, sí al menos consolador. Y llegué a la conclusión de que, si la cercanía a veces se confunde con seguridad, con pertenencia, esta circunstancia de convivencia por perídos podía hacerme más flexible, más abierta, podía ponerme en disposición de saborerar la vertiginosa dulzura del "amar sin poseer". Para mí fue vislumbrar un paso hacia adelante que no siempre estoy dispuesta a dar, pero que al menos está ahí, con capacidad para sacarme del bloqueo y el lamento perpetuos.
Días después, en el libro Los muertos y los vivos, de Sharon Olds, leí este poema:
ÚNICO AMOR
Para mi hija
Tumbada yo en la playa, observándote
mientras estás tumbada tú en la playa, te grabo
en mi memoria enfrentándome al tiempo en el que ya no estés conmigo:
tus labios amoratados, hinchados en el calor
y suaves como los filamentos internos de una concha;
tu piel de galleta dorada, glaseada y
ligeramente granulada, como la superficie de una galleta;
el solemne enredo de tu melena.
Te he amado en vez de a otras personas,
amado para no amar a nadie más,
cada uno de los sesgos de tu cuerpo
en construcción de dios, como yo te constrúí a ti en mi interior,
un mundo sellado. ¿Y si de tus labios
hubiera aprendido el amor de otros labios,
de tus engomadas pestañas de fantasía el amor de
otras pestañas, de tus ojos cerrados y temblorosos
el amor de otros ojos,
de tu cuerpo los cuerpos,
de tu vida las vidas?
Hoy entiendo que todo está ahí para que de ti lo aprenda:
amar eso que no me pertenece.
Cerré el libro y dije "gracias". Porque no somos héroes, y una verdad resulta siempre más cálida cuando se comparte.
La semana pasada le daba yo vueltas a qué enseñanza, qué utilidad, puedo extraer de una situación dolorosa: el hecho de que mi hija sólo conviva conmigo la mitad del tiempo. Esta situación es para mí un foco de dolor sordo y seco, sin paliativos, un síntoma de fracaso, algo "anormal" que solamente sirve para hacerme sentir culpable. Quizás por hartazgo, decidí que tenía que extraer otras consecuencias, buscarle un lado si no positivo, sí al menos consolador. Y llegué a la conclusión de que, si la cercanía a veces se confunde con seguridad, con pertenencia, esta circunstancia de convivencia por perídos podía hacerme más flexible, más abierta, podía ponerme en disposición de saborerar la vertiginosa dulzura del "amar sin poseer". Para mí fue vislumbrar un paso hacia adelante que no siempre estoy dispuesta a dar, pero que al menos está ahí, con capacidad para sacarme del bloqueo y el lamento perpetuos.
Días después, en el libro Los muertos y los vivos, de Sharon Olds, leí este poema:
ÚNICO AMOR
Para mi hija
Tumbada yo en la playa, observándote
mientras estás tumbada tú en la playa, te grabo
en mi memoria enfrentándome al tiempo en el que ya no estés conmigo:
tus labios amoratados, hinchados en el calor
y suaves como los filamentos internos de una concha;
tu piel de galleta dorada, glaseada y
ligeramente granulada, como la superficie de una galleta;
el solemne enredo de tu melena.
Te he amado en vez de a otras personas,
amado para no amar a nadie más,
cada uno de los sesgos de tu cuerpo
en construcción de dios, como yo te constrúí a ti en mi interior,
un mundo sellado. ¿Y si de tus labios
hubiera aprendido el amor de otros labios,
de tus engomadas pestañas de fantasía el amor de
otras pestañas, de tus ojos cerrados y temblorosos
el amor de otros ojos,
de tu cuerpo los cuerpos,
de tu vida las vidas?
Hoy entiendo que todo está ahí para que de ti lo aprenda:
amar eso que no me pertenece.
Cerré el libro y dije "gracias". Porque no somos héroes, y una verdad resulta siempre más cálida cuando se comparte.
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poemas de otros
martes, octubre 03, 2006
Tirando del hilo
Dice Antonio Orihuela en "Fragmentos de poética":
"Los códigos poéticos tienen relevancia como prácticas sociales, las configuran, las transmiten, las reproducen... y también, por todo ello, pueden transformarlas, pueden influir en la consciencia, ayudar a los individuos a pensar -y vivir- sus vidas de otra forma."
"Nuestro interés se centrará sobre aquellos discursos que se hagan eco de la falsa racionalidad del orden existente, sobre los que entrocan con posiciones ante lo real que nos parecen con más capacidad para intervenir en ella, contradiciendo el lenguaje de los hechos tal y como nos es dado, mostrando que la realidad es más (y distinta) de lo que se ha codificado como tal."
"Visualizaremos aquí, por tanto, una práctica de la poesía convertida en práctica de indagación, de revelación, de desvelamiento, reconociendo que toda esa práctica se hace desde un lugar, el del poeta, y por un ser concreto; sobre unas determinadas circunstancias, que no son poéticas, ni funcionan como tales hasta que no intervenimos con nuestro trabajo sobre ellas, y que lo hacemos desde una configuración de lo real que es a lo que, desde aquí, apelamos como ideológica."
"Hay que tirar con atención del hilo de la realidad. Esa es la mejor poesía que concebimos para el mundo. Una poesía de la mirada, de atención, de guardia. Ese estar en el mundo que sólo puede mostrarse a una conciencia que, desde la radicalidad de su exponerse, universaliza lo individual de su experiencia, permite que nos reconozcamos en lo que habla y no nos desposee; que, lejos de bloquearnos, nos permite autopercibirnos lejos de las categorías del pensamiento dominante, continuar pensando y hablando, nos moviliza intelectualmente tanto para la crítica, como para la adhesión y la acción. Nuestra responsabilidad es hacer existir lo que decimos, producir en voluntad y abundancia para la vida".
Del texto de Antonio Orihuela, todo él interesante y, como dirían los americanos, muy inspirador, lo que más me interesa -quizás porque la práctica de la poesía se queda para mí en un territorio muy íntimo- es esa actitud desde la que según Orihuela ha de nacer la poesía: como un acto de "indagación, de revelación, de desvelamiento", "tirando con atención del hilo de la realidad", "una poesía de la mirada, de atención, de guardia". Una poesía, que acatada en tales términos, habrá de ser comprometida a la fuerza, con el mundo, con la verdad. Intuyo -sólo estoy en disposición de intuir, eso sí, con una intuición fiera- que eso, y no otra cosa, puede ser la poesía. Y casi me asustaba darme cuenta del poder de ese compromiso: por lo que supone de exposición, de honestidad, de esfuerzo, de desgarro y de alegría.
"Los códigos poéticos tienen relevancia como prácticas sociales, las configuran, las transmiten, las reproducen... y también, por todo ello, pueden transformarlas, pueden influir en la consciencia, ayudar a los individuos a pensar -y vivir- sus vidas de otra forma."
"Nuestro interés se centrará sobre aquellos discursos que se hagan eco de la falsa racionalidad del orden existente, sobre los que entrocan con posiciones ante lo real que nos parecen con más capacidad para intervenir en ella, contradiciendo el lenguaje de los hechos tal y como nos es dado, mostrando que la realidad es más (y distinta) de lo que se ha codificado como tal."
"Visualizaremos aquí, por tanto, una práctica de la poesía convertida en práctica de indagación, de revelación, de desvelamiento, reconociendo que toda esa práctica se hace desde un lugar, el del poeta, y por un ser concreto; sobre unas determinadas circunstancias, que no son poéticas, ni funcionan como tales hasta que no intervenimos con nuestro trabajo sobre ellas, y que lo hacemos desde una configuración de lo real que es a lo que, desde aquí, apelamos como ideológica."
"Hay que tirar con atención del hilo de la realidad. Esa es la mejor poesía que concebimos para el mundo. Una poesía de la mirada, de atención, de guardia. Ese estar en el mundo que sólo puede mostrarse a una conciencia que, desde la radicalidad de su exponerse, universaliza lo individual de su experiencia, permite que nos reconozcamos en lo que habla y no nos desposee; que, lejos de bloquearnos, nos permite autopercibirnos lejos de las categorías del pensamiento dominante, continuar pensando y hablando, nos moviliza intelectualmente tanto para la crítica, como para la adhesión y la acción. Nuestra responsabilidad es hacer existir lo que decimos, producir en voluntad y abundancia para la vida".
Del texto de Antonio Orihuela, todo él interesante y, como dirían los americanos, muy inspirador, lo que más me interesa -quizás porque la práctica de la poesía se queda para mí en un territorio muy íntimo- es esa actitud desde la que según Orihuela ha de nacer la poesía: como un acto de "indagación, de revelación, de desvelamiento", "tirando con atención del hilo de la realidad", "una poesía de la mirada, de atención, de guardia". Una poesía, que acatada en tales términos, habrá de ser comprometida a la fuerza, con el mundo, con la verdad. Intuyo -sólo estoy en disposición de intuir, eso sí, con una intuición fiera- que eso, y no otra cosa, puede ser la poesía. Y casi me asustaba darme cuenta del poder de ese compromiso: por lo que supone de exposición, de honestidad, de esfuerzo, de desgarro y de alegría.
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fragmentos
lunes, octubre 02, 2006
Cosecha del otoño
Hay una policía dentro de mí,
y una investigadora privada,
y un forense,
y un conductor de ambulancias,
y un cirujano,
y una paleontóloga,
y un teólogo en crisis
que busca a dios en sus apuntes.
También está la enfermera
que recoge los pedazos de todos,
los mete en la incubadora
y a través de los agujeros y los guantes de plástico
nos acuna,
nos promete que hay vida
después de la disección.
y una investigadora privada,
y un forense,
y un conductor de ambulancias,
y un cirujano,
y una paleontóloga,
y un teólogo en crisis
que busca a dios en sus apuntes.
También está la enfermera
que recoge los pedazos de todos,
los mete en la incubadora
y a través de los agujeros y los guantes de plástico
nos acuna,
nos promete que hay vida
después de la disección.
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poemas míos
domingo, octubre 01, 2006
Reflexión de resaca
El viejo es un niño al que le queda poco tiempo para crecer.
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reflexiones íntimas
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