El blog de Ana Pérez Cañamares - poeta

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jueves, diciembre 03, 2009

Hoy se cumplen 20 años



Hoy se cumplen 20 años de la muerte de Fernando Martín. Lo recuerdo perfectamente. Era domingo por la tarde del último año que viví en casa de mis padres, y lo escuché por la radio. Su coche se había salido en la M-30. Al día siguiente fui a trabajar y también a través de la radio me enteré de la hora de su entierro. No sé qué se me pasó por la cabeza. Dejé la oficina y me fui al cementerio, a la una de la tarde. Lloraba tanto que yo creo que me tomaron por alguien de su familia. No sólo era porque me había hecho disfrutar muchas tardes de baloncesto en la cancha. Supongo que descargué en su muerte otras tristezas y frustraciones acumuladas. A veces ocurre eso. El caso es que hoy miro su foto y siento pena, y me recuerdo entonces, con 21 años, pasional, dolorida y despistada vitalmente, y siento ternura. Mucho más tarde me pasé al fútbol y al Atleti. Pero qué bonitas aquellas tardes en el antiguo pabellón del Madrid, en el que a veces la humedad se condensaba y caían gotas sobre nuestras cabezas, saliendo de allí sin voz de tanto gritar, enamorada del baloncesto, de Fernando Martín y de mi primer novio, que también murió un día, muchos años después, en la carretera. Una empieza a recordar y nunca sabe dónde va a terminar.

martes, julio 17, 2007

Back


Aquí estoy de vuelta, con los ojos más limpios, restregados por el color de las buganvillas y los hibiscus, el blanco encalado de las casas, las puertas y las ventanas de azul profundo... Han sido vacaciones para recordar que mi cuerpo sí sabe todavía cómo se descansa; para leer tres libros magníficos: la antología de poesía china, Antenas y Ola de frío, de los que iré colgando poemas; para llenar una libreta con notas y versos; y mientras descansaba, y leía, y escribía, levantar la vista y encontrarme con un valle extendido a los pies del pueblo hasta una hilera lejana de montañas, que quizá influida por la lectura, o por las postales que, cuando yo era pequeña, mi padre me traía de la embajada china, a la que llevaba cartas y giros, cada vez que las miraba me hacían pensar en ese país. Días de buena comida, muchas risas, cervecitas y mojitos, poniendo el alma a disposición de los sentidos.

Pues eso: que he vuelto, y lo primero que he hecho según he entrado por la puerta ha sido abrir el correo electrónico y comprobar que seguíais aquí.
(La vista es desde la terraza de la casa en la que estábamos: lo llaman el valle de las pirámides)

viernes, marzo 30, 2007

Volar

A propósito de una entrada en el blog de Miriam, Libélulas y hadas, escribe Jesús otra entrada que se saca del bolsillo de su albornoz. Ambos me recuerdan una historia de cuando mi hija era pequeña, tendría unos tres o cuatro años.
Voy a su habitación y me la encuentro saltando en la cama con los brazos abiertos. Le digo ¿qué haces? Y me contesta que sabe volar, que la noche pasada voló y que ahora ya no le sale. Era un sueño, cariño, le contesto. Y ella baja los brazos y deja de intentar volar.
Tristemente, educar también es esto.

jueves, marzo 29, 2007

Celos


Y las freesias, que se me ponen celosas y también están muy bonitas...

El lujo


El lujo es comprar un jazmín rebosante de capullos cerrados, y que a la semana de comprarlo, cuando se siente ya bien instalado en el alféizar, las flores empiecen a abrirse, y por las tardes sentarme en el sofá y abrir la ventana y que el aire me traiga el olor del paraíso sin moverme de casa.

viernes, marzo 16, 2007

El poder de la risa

Leo este poema de Carl Sandburg (en versión de Miguel Martínez Lage):

FELICIDAD
Pedí a los profesores que enseñan el sentido de la vida
que me dijeran qué es la felicidad.
Fui a ver a los afamados ejecutivos que comandan el
trabajo de miles de hombres.
Todos menearon la cabeza y me sonrieron como si yo
tratase de engatusarlos.Y un domingo por la tarde fui a pasear por la orilla del
río Desplaines.Y vi a un grupo de húngaros bajo los árboles, con sus
mujeres y sus hijos, un barril de cerveza y un
acordeón.

(Lo copio en inglés también, por si a alguien le apetece):

Happiness

I asked the professors who teach the meaning of life
to tell me what is happiness.
And I went to famous executives who boss the work of
thousands of men.
They all shook their heads and gave me a smile as though
I was trying to fool with them
And then one Sunday afternoon I wandered out along
the Desplaines river. And I saw a crowd of Hungarians under the trees with
their women and children and a keg of beer and an
accordion.

En cuanto leí este poema recordé una escena que viví hace ya unos años. Antes de contarla, tengo que aclarar que yo soy, a veces, envidiosa. Desprecio el lujo por el lujo, el dinero por el dinero, pero me gustan los objetos hermosos, las casas grandes, los muebles antiguos, las delicatessen, lo que apenas puedo permitirme: no puedo evitarlo. Y ese gusto insatisfecho hace que eche de vez en cuando espumarajos por la boca.
Después de esta aclaración, quizás innecesaria, cuento la escena: en la calle Mayor hay (o había) una tienda de trajes de fiesta y zapatos, muy caros todos, con una decoración minimalista, y unas dependientas de piernas tan largas que parecían de otra especie (diferente a la mía, desde luego). El tipo de sitios que me toca las narices, a menos que la belleza puntual de unos zapatos buenos, bonitos y caros me haga despotricar y desear romper el escaparate y salir huyendo con ellos. Pues un día, al pasar por delante, me encuentro a un grupo de chavales sudamericanos -no llegué a localizar su acento- que estaban, literalmente, descojonándose de los precios de los zapatos. Miraban el zapato, lo comentaban, miraban luego el precio y !se descojonaban! !No podían creérselo! Esta vez, mi envidia fue dirigida hacia ellos, en aquel momento, seres saludables y libres ante mis ojos. Pensé que si nos diéramos cuenta de qué ridículas resultan a veces nuestras aspiraciones, qué ridículas son a veces las convenciones que nos tragamos, en fin, en qué patraña andamos metidos, hasta que empezáramos a llorar, no podríamos hacer otra cosa que reírnos como histéricos.
La risa desarma el lujo, la envidia, la estupidez, la hipocresía.

Y a cuenta de poderes e hipocresías, otra historia: una amiga mía, a punto de cumplir los sesenta, se hizo recientemente una revisión ginecológica. Cuando fue a recoger los resultados, vio su útero descrito como "deforme". Después de varios días de preocupación, por fin la recibió el médico, quien le dijo que en realidad, lo que se quería decir en el informe es que su útero es "completamente normal para su edad, en la que todo útero ha sufrido deformaciones". Es decir, el modelo es el útero de una jovencita; a partir de aquí, el resto, aún correspondiéndose con lo esperable a cierta edad, se califican de "deformes".
Y digo yo: ya que algunos se preocupan tanto del rollo de lo políticamente correcto en la esfera de lo público, cuando una palabra -huérfana, por lo general, de verdaderos gestos- puede ganarles un puñado de votos, ¿no es una hipocresía flagrante que, en lo privado, en lo que afecta a cada uno, las palabras se utilicen a la ligera, sin respeto, sin considerar su poder, sus consecuencias, su profunda carga?
Perdón por la extensión de la frase. Y buen fin de semana.

lunes, marzo 12, 2007

Katherine Mansfield

Buscando en internet textos de Katherine Mansfield, me encuentro con esta cita, que viene muy a propósito, me parece a mí, del tema que trataba en la entrada "Tripulantes en alta mar":

"Debemos deshacernos de la idea del cuco; y luego, luego viene la oportunidad de la felicidad y la libertad".

"We must get rid of that bogey -and then, then comes the opportunity of happiness and freedom".

El lector que recoge la cita de Mansfield -que se puede leer aquí, junto con otros fragmentos de sus textos- explica que "Mansfield se refería al amor, y tras casarse con John Middleton Murry comenzó a llamarlo Bogey, that bogey of love".

Sólo sin la idea previa del amor, el amor se permite sorprendernos. Y así todo.

En la misma página web encuentro este poema (gracias):

El Golfo
(Traducción: Agustina Jojärt)

Un golfo de silencio nos separa.
Me detengo a un lado del golfo -tú al otro.
No puedo verte ni oírte -pero sé que estás allí.
Suelo llamarte por tu apodo infantil
Y simulo que el eco de mi llanto es tu voz.
Cómo podríamos unir el golfo -nunca a través de las palabras o el tacto.
Alguna vez creí que podríamos llenarlo con nuestras lágrimas.
Ahora deseo romperlo con nuestras risas.

miércoles, marzo 07, 2007

Parece una tontería

Me viene mucho a la cabeza un cuento de Carver llamado "Parece una tontería", de su libro Catedral. Para los que no lo conozcáis -los que lo hayáis leido, o visto en la película Short Cuts, de Robert Altman, estoy seguro de que no lo habéis olvidado-, la historia que cuenta es la siguiente: una madre encarga para su hijo un pastel de cumpleaños; la misma mañana del día de cumpleaños, el niño es atropellado y herido de gravedad. Sólo sobrevive unos días; durante cada uno de esos días, e incluso cuando el niño muere, los padres reciben una llamada telefónica en la que un hombre repite el nombre de su hijo y les insulta. Finalmente, la madre cae en la cuenta de quien es el hombre que llama: se trata del pastelero al que le encargó la tarta de cumpleaños. Van a la pastelería, y el hombre les recibe con agresividad, echándoles en cara que el pastel en el que invirtió materiales y tiempo ha terminado por estropearse. La madre le dice que el niño del pastel, su hijo, ha muerto. Y el pastelero se derrumba, les cuenta su triste vida, sin hijos, sin nadie, les sirve café, les da bollos calientes -"En momentos como éste,"dice", parece una tontería, pero comer sienta bien".- y los tres pasan la noche juntos, al calor del horno y los panes recién hechos, compartiendo su miseria y su dolor. "Hablaron hasta que el amanecer arrojó una luz pálida por las ventanas, y ni se les ocurría marcharse". Fin.
Me viene a la cabeza este cuento cuando alguien me empuja en el metro sin saber que estoy a punto de desmoronarme. O cuando mi tristeza se convierte en odio e insulto por dentro a los que están delante de mí en una cola. A los que me hacen esperar. A los que creo que me miran mal. A los que no responden a mis buenos días. A todos. A casi todos. A todos.
Pienso en la injusticia de los juicios rápidos, en la ausencia de compasión. Y deseo un amanecer que nos salve, que nos reúna, que nos coja alrededor de un café y unos bollos calientes; pero el amanecer me suele pillar a solas con el insomnio, después de pacer la noche como un rumiante.

Tripulantes, ya casi en alta mar

Hablo tarde de Tripulantes, pero es que como ya he dicho en otras ocasiones no estoy dotada para las reseñas. Para bien o para mal, soy de digestión pesada y no sirvo para captar lo general, para sintetizar un acto o un ambiente. Siempre acabo quedándome con dos pinceladas y vuelvo sobre ellas una y otra vez, a veces obsesivamente, buscando lo que me queda de la experiencia.
De la presentación de Tripulantes, varias cosas. Para empezar: hay gente con tanta fuerza que crea una especie de campo magnético a su alrededor. Por suerte, David González es una de esas personas. Por suerte, digo, porque es un placer conocerle y porque de todas las cosas que podía haber sido él es poeta. Otra cosa: en la barra del bar, en el escenario, en el libro, en la gente, se notaba que había cariño e ilusión. Y el libro, aunque aún no lo he leído, es una maravilla de edición. El libro circulaba de mano en mano como bebés nacidos de parto múltiple en su fiesta de bautizo.
Y para continuar con lo que llevo digiriendo desde entonces: al principio del DVD que acompaña al libro hay una frase de David. Cito de memoria: "La ficción es una de las cosas que más daño ha hecho a la humanidad". Rotunda, ¿eh? De primeras, la frase puede echar para atrás a los que somos amantes de las historias, de los libros, de las películas, de la ficción. Pero para mí, por biografía, por mi entramado vital y emocional, tiene sentido, y leerla me estremeció. Escuché por primera vez algo parecido hace muchos años: en mi primera casa de alquiler, en una cocina grande y desvencijada, en una tele con el tubo catódico roto, que emitía los programas con colores delirantes. Estaba preparando la cena con mis compañeros de piso, y Terenci Moix -que no es santo de mi devoción- dijo en una entrevista que a él la ficción que había mamado de niño le había jodido la vida. Que le había llevado años acoplarse a la vida real, y siempre con un sentimiento de pérdida, de abandono, de traición hacia aquellas ficciones que la ficción había engendrado en él. Al oírlo me puse a llorar. Fue la primera vez que me daba cuenta de mi lastre. De la impresión que sobre ciertas mentes o sensibilidades pueden causar los primeros -y los segundos, y los terceros- libros, películas, sueños, historias, su intensidad, su rotundidad, sus finales cerrados -por no hablar de los felices. Para mí, en el amor, en la maternidad, en la amistad, para todo han existido moldes previos. Y como una mariposa débil he tenido que romper el capullo de cada uno de ellos.
Por eso, cada vez más, me vuelvo hacia lo seco, lo abierto, lo que sabe a real, lo contenido, los momentos muertos, la sugerencia, la ausencia. Para que la literatura, como un veneno homeopático, me cure de la enfermedad que ella misma provocó. Para que no me mienta, sino que me muestre, y entonces la vida no me coja desprevenida.

domingo, febrero 18, 2007

Mediodía de domingo

Mediodía de domingo.
Me gustan los previos, las vísperas. A una ansiosa como yo -a una adicta a la acción, a la que el vacío le produce vértigo- le gusta tener horizonte. Más que comer, la espera de la comida: el cigarrito de antes y una cerveza. Me gusta llegar pronto a los sitios y tomarme tiempo. Captar el ambiente de los locales. Disfrutar de diez minutos de soledad antes del encuentro. Las tardes de domingo que acabarán en fútbol (y llegar pronto al campo, y ver a los jugadores mientras calientan). Los trailers en el cine. Acariciar los lomos de los libros antes de abrirlos. Llegar al colegio a tiempo de ver a mi hija en el patio con sus amigas.
La espera que me dice luego, luego, luego llegará tu premio.

jueves, febrero 15, 2007

Metáfora

Pocas veces he tenido un sueño tan claro (en percepción y en sentido). Fue ayer, justo antes de despertarme. Estaba en mi salón, delante de la ventana, con las cortinas abiertas. Tenía la conciencia exacta de que había una guerra. El bloque de enfrente se había acercado hasta el mío, casi podía tocar sus muros. Todas sus ventanas estaban a oscuras, sin cristales, como en esos edificios fantasma que se ven en el Líbano, en Irak, en todas las guerras. Detrás de dos de las ventanas, veo dos figuras asomadas a la calle. Son dos hombres que llevan algo en sus manos: dudo de si son dos fusiles o dos saxofones. Me parecen lo segundo, pero la lógica se impone: tienen que ser armas, porque sé, estoy segura, estamos en guerra. Bajo la persiana, y el hueco que queda entre la persiana y el cristal lo relleno con planchas de madera. Tengo que proteger mi casa, pienso. No van a entrar aquí. Tengo que proteger mi casa. Es todo lo que tengo.

Otro día, después de que proteja mi casa, cuento otras cosas.

martes, febrero 06, 2007

Madrid

Hace ya tiempo que me enfadé con Madrid. Lo recuerdo como uno de esos enfados que se tienen en el patio del colegio, en los que una acaba enfadándose con su amiga porque otra amiga le ha dicho no sé qué que su amiga ha dicho, y nunca hay ocasión de aclarar el malentendido, ni se sabe muy bien quién tiene que pedir disculpas a quien. Pero el caso es que pasa el tiempo y el enfado, convertido ya en un informe disgusto, continúa paralizándonos.
Pues eso: que hace ya tiempo que me enfadé con Madrid. O más bien me enfadaron. Me enfadaron con Madrid quienes lo convirtieron en una ciudad cara, incómoda, polvorienta y con aires de grandeza. Quienes cerraron mis bares, mis terrazas, mis plazas y los convirtieron en sitios-de-moda o sencillamente en lo que no eran. Quienes quitaron los mostradores de zinc a las tabernas y los de mármol a las panaderías. Quienes me echaron de los barrios del centro, en los que llevaba viviendo casi veinte años, porque tenía que elegir entre casas carísimas o agujeros caros. Quienes decicidieron ponerlo todo patas arriba y eliminar de entre mis vicios los paseos por algunos lugares que había querido tanto. Quienes pusieron la caña a casi dos euros. Quienes tomaron la calle para volver a decirnos que la calle es suya (ellos que no viven en la calle, y que tienen en sus casas buenas calefacciones y aires acondicionados). Quienes decidieron que la aglomeración y las colas son el estado natural del ser humano. Quienes le quitaron a Madrid la vocación de pueblo grande y sin chismorreos.
Hoy decidí reconciliarme. Dar un gran rodeo para volver a casa. Quevedo, Iglesia, Martínez Campos, la Castellana, Atocha, Lavapiés, Tirso, La Latina. Con algo de azar pero también -como en toda reconciliación- con algo premeditado. He evitado las zonas en obras y he buscado edificios y bares: balcones forjados, ventanales, barras de zinc (una, pero estupenda). Cervezas, caracoles, cazón, gambas, aceitunas. Allí estaban, rescatados a la memoria, listos para incorporarse a mi nueva vida, para generar otros momentos y recuerdos. Para mi sorpresa, casi todos se habían mantenido sin dejarse utilizar por quienes los quieren diferentes. Su belleza acogedora había resistido. Hubiera sido casi un viaje al pasado, si el precio de las cañas no nos hubiera traído al presente que, de todas formas, hoy me parece -decido que sea- aún habitable.

lunes, enero 29, 2007

Personajes

A poco que uno lo piense, cada uno de nosotros es un personaje raro, raro de cojones.
¿Por qué me da rabia tener un catarro que me tiene doblada por las esquinas, con el cuerpo dolorido de tanta tos, tanta tos que no me deja ni dormir por las noches?
Respuesta: porque no puedo fumar. Pura y simplemente. Porque el humo me rasca el pecho con rabia. Porque escribir sin fumar me resulta una tortura. Tan insoportable, que ahora mismo estoy fumando. Y cada calada irrita al puma que tengo en las entrañas.
Y yo soñando todavía con encontrar el libro de instrucciones...

A vueltas

Me acuerdo de que, después de ver una película de Drácula, cuando me metía en la cama me tapaba el cuello con el pelo, con la pretensión de formar con él una barrera antimordiscos.

Lo curioso es que no recuerdo haber tenido nunca el pelo tan largo como para taparme el cuello.

miércoles, enero 24, 2007

Si abro

Leo en el blog Frag-mentos las siguientes frases de Thomas Bernhard:
“Nadie debería encerrarse y cerrarlo todo, pero es que si abro, entran”.
“Todo hombre quiere al mismo tiempo participar y que lo dejen en paz. Y como eso no es posible, las dos cosas, siempre se está en conflicto”.

Se agudiza mi impresión de que todos somos lo mismo, en diferentes momentos y porcentajes.

jueves, enero 18, 2007

Necesito las palabras escritas, esta red de líneas familiares que frena la caída, que me sostiene durante unos minutos. Las palabras siempre tienen algo de rezo.
Hace años, cuando era más joven y más osada, decía de mí que era una persona religiosa que no tenía religión.
Hoy sé que a todos nos sustentan, al menos, un conglomerado de supersticiones. Ideas hechas a partir de experiencias, creencias, recuerdos ajenos y propios, prejuicios, suposiciones.
Una superstición consustancial a mí es que las buenas personas reciben su justa recompensa. Dicho así, palabra a palabra, no puede ser más estúpido, lo sé.
Porque, para empezar, ¿qué es eso de "buena persona"? Digo todo lo que se me ocurre, sin pensarlo demasiado, para mantenerme en el terreno de la superstición: no meterse con nadie, no hacer mal a nadie, intentar compadecerse, comprender, no albergar malos deseos. Pero sé que tal cosa no sólo es imposible de mantenerse siempre; sino que además la supuesta "bondad" a veces enmascara cobardía, impotencia, indiferencia, pereza. O deseo de protegerse, de resguardarse, de no ser agredida. Ganas de obtener, poniendo cara de niña buena, esa justa recompensa.
Recuerdo que hace años, en un debate con la escritora Belén Gopegui en una casa okupada, le dije que yo escribía, entre otras cosas, para ser mejor persona. Simplifiqué una idea que sigo teniendo: si no escribiera, sería alguien más neurótico, más insoportable, más confuso, más pobre de espíritu. Creo que ella -no la culpo ya- no me entendió. Contestó que a veces era necesario para un escritor ser "mala persona": cuando necesitara defenderse, por ejemplo, de un editor explotador.
Me enfadé tanto con ella por no entenderme que la castigué con el peor castigo que tenía a mano: no he leído ni uno sólo de sus libros. Aunque hace tiempo que el enfado se me pasó, ninguno de sus libros me ha salido al paso -con los que me salen al paso tengo de sobra, y me falta tiempo.
Pero ahora, hoy, la recuerdo. Su respuesta me sigue pareciendo simple -mi comentario también lo fue y probablemente no merecía otra cosa. Pero cuando compruebo la fragilidad de mi superstición, cuando tengo la certeza de que esa pretensión de ser buena persona no me protege de nada, sino que, todo lo contrario, el andamiaje que sustenta esta idea se revela inútil y obsoleto, me siento tan tonta como me sentí aquel día. Tonta, desnuda, expuesta, vacía. Siento que necesito un sustituto menos ingenuo, que necesito una nueva religión.
Las buenas personas no necesariamente obtienen su justa recompensa. Las buenas personas, como todo animal, necesitan para su supervivencia de la astucia.
Como mi gata, que descansa manteniendo enhiestas sus orejas y vueltas hacia la puerta de la calle.

miércoles, enero 17, 2007

Disculpas

Disculpas a los que os pasáis por aquí -somos pocos, pero bienavenidos-, porque un problema personal me impide estar lo presente que me gustaría, espero que por poco tiempo, tanto en mi blog como en los que consulto casi a diario. Y un abrazo de bienvenida a los nuevos, con los brazos bien abiertos y el alma, como siempre, disponible, aunque ahora un poco maltrecha. Esto de vivir es lo que tiene.

sábado, enero 06, 2007

Erre que erre

Me acuerdo de un regalo de Reyes que me trajo uno de mis hermanos. Era una cometa en forma de avispa. Cuando nadie me quería llevar a la calle para echarla a volar, la lanzaba desde la terraza. Una y otra vez. Siempre se enredaba en las cuerdas de tender la ropa de la vecina de abajo.
Tengo buena memoria, pero mi cabezonería es todavía más fuerte. Quizás a eso se le llama optimismo. Pero da vergüenza usar la palabra optimista en este mundo. Esto debe de ser otra cosa: resistencia a la percepción de la realidad. Admito otros nombres más precisos.

jueves, enero 04, 2007

Más memoria

Después de leer el poema de Bukowski que colgué ayer, creo que la gente que defiende que la vida es corta es porque no tiene memoria. Y no es que la vida se me haga larga, en absoluto, pero si uno se pone a recordar, si tiene la costumbre de recordar, o más bien el recuerdo tiene la costumbre de asaltarlo, tampoco se puede decir que sea corta.

José Ángel Esteban, en el blog que publica en el periódico digital 20minutos, habla de un libro de Georges Perec titulado Me acuerdo. No lo he leído, pero según el fragmento que aparece en el blog, el libro recoge recuerdos del autor, pequeñas ráfagas de memoria que comienzan todas diciendo me acuerdo, y que forman, leídas una tras otra, una letanía, un rezo al pasado, a la pervivencia de los detalles que se quedaron grabados siguiendo una ley que desconocemos. La memoria, la mía, la de cualquiera, así recitada, es como un largo poema.

Me acuerdo de las costras en las rodillas, que nunca terminaban de curar.
Me acuerdo del pan con mantequilla y azúcar.
Me acuerdo de los libros de los Cinco leídos en la cama, los sábados por la mañana.
Me acuerdo del peso de las mantas, que mi padre remetía bien para que no me destapara.
Me acuerdo del tacto rasposo de la arena en las ruedas de los patines.
Me acuerdo de las ratas que veía en el patio de atrás, rondando los cubos de basura, cuando me asomaba desde la ventana de la cocina al caer la noche.
Me acuerdo de la risa incontenible durante la misa de doce, y de las miradas asesinas del cura.
Me acuerdo de la primera vez que vi una corrida en colores, y me di cuenta de que aquello que brillaba sobre la piel del toro no era sudor, sino sangre.
Me acuerdo...
Me acuerdo..
Me acuerdo...

viernes, diciembre 29, 2006

Smoke

Ayer vi Smoke, la película de Wayne Wang y Paul Auster. Volví a verla después de bastantes años desde la primera vez.
Cuando terminé de verla, pensé que en ella está lo mejor de Auster. La influencia del azar, la voluntad de ser mejor persona, la maravilla en lo cotidiano, la búsqueda del padre... de un modo fluido, brillante sin dejar de ser humilde, fresco, dulce, divertido, sincero. Y después de varias decepciones causadas por algunos de sus libros, me atreví a decir en voz alta -como había aventurado antes en un comentario en otro blog- que la mejor obra de Auster no es una novela, sino una película. Quizás si lo pienso un poco más y recuerdo La música del azar, El palacio de la luna o Leviatán, puede que me apee de una frase tan categórica. Pero todavía bajo el influjo de Paul Benjamin y de Auggie Wren, y por la alegría que me da encontrarme de vez en cuando una obra que hable de buena gente sin resultar ñoña, sigo defendiendo que Smoke encarna la quintaesencia de Auster de la mejor manera posible.
Luego, ya en la cama, como si el propio Auster se vengara de mi comentario, me vino una idea: (a ver, graciosilla) si la mejor obra de Auster es una película, ¿cuál es tu mejor obra?
A pesar del intento, la idea no me resultó ofensiva, sino inquietante. Quizás porque me recuerda a otra idea loca, de cuando era pequeña: que todos nuestros actos y pensamientos quedaban registrados (en la mente de Dios, o algo similar). Así que nunca sabré cuál es mi mejor obra. Pero aunque yo me empeñara en elegirla entre mis cuentos o poemas, quizás fuera aquel buey de curry que preparé hace años para una cena con amigos, aquellos chistes que solté delante de una audiencia de amigos borrachos después de escuchar a Gelman en el Ateneo, aquella jugada de dardos que gané, y en la que nada, señor Auster, quedó al azar.