El blog de Ana Pérez Cañamares - poeta

martes, noviembre 28, 2006

Poema de Antonio Colinas

CANTO XXXV

Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
He respirado al lado del mar fuego de luz.
Lento respira el mundo en mi respiración.
En la noche respiro la noche de la noche.
Respirar el labio en labio el aire enamorado.
Boca puesta en la boca cerrada de secretos,
respiro con la savia de los troncos talados,
y como roca voy respirando el silencio,
y como las raíces negras respiro azul
arriba en los ramajes de verdor rumoroso.
Me he sentado a sentir cómo pasa en el cauce
sombrío de mis venas toda la luz del mundo.
Y yo era un gran sol de luz que respiraba.
Pulmón el firmamento contenido en mi pecho
que inspirando la luz va espirando la sombra,
que nos anuncia el día y desprende la noche,
que inspirando la vida va espirando la muerte.
Inspirar, espirar, respirar: la fusión
de contrarios, el círculo de perfecta consciencia.
Ebriedad de sentirse invadido por algo
sin color ni sustancia y verse derrotado
en un mundo visible por esencia invisible.
Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
Me he sentado en el centro del mundo a repirar.
Dormía sin soñar, mas soñaba profundo
y, al despertar, mis labios musitaban despacio
en la luz del aroma: "Aquel que lo conoce
se ha callado y quien habla ya no lo ha conocido".


(Porque de vez en cuando es necesario, al menos para mí, que alguien nos eleve sobre el mundo y nos hable de estas cosas, y las recordemos, tan lejos como estamos del bosque y del silencio...)

domingo, noviembre 26, 2006

Para acabar con los padres (de momento)

FOTOGRAFÍA DE MI PADRE EN SU VIGÉSIMO SEGUNDO ANIVERSARIO
Por Raymond Carver

Octubre. En esta cocina húmeda y tan poco acogedora
examino el desconcertado rostro de mi padre cuando era joven.

Sonríe tímidamente, sujeta con una mano una ristra
de percas doradas y con la otra
una botella de cerveza Carlsbad.

En vaqueros y con una camisa de algodón, se apoya
contra el guardabarros delantero de un Ford de 1934.
Le gustaría aparentar fuerza y decisión para la posteridad,
con su viejo sombrero inclinado sobre la oreja.
Toda su vida mi padre quiso ser un tipo seguro.

Pero los ojos le delatan, y las manos,
al mostrar blandamente las percas
y la botella de cerveza. Padre, te quiero,
pero ¿cómo puedo darte las gracias, yo, que tampoco sé tolerar el alcohol,
y que ni siquiera conozco los sitios donde se pesca?

viernes, noviembre 24, 2006

Fotos de escritores (II). American masters


Esta foto está a los pies de la pantalla de mi ordenador. Es una foto pequeña que saqué de Internet y que no molesta mi visión. Se trata de la portada de una antología de cuentos de Carver, Cheever y Updike. Hace tiempo que no me tienta la mitomanía y aunque me interesa conocer la vida de los escritores que leo, suelo separarla de la impresión que me producen sus obras. Pero en este caso, no puedo evitarlo, me caen bien estos tipos. Admiro su obra, su postura ante su obra, y, qué coño, me gustan sus caras. Me transmiten inteligencia, cierta forma de bonhomía, perspicacia y honestidad. Desde el gesto más sobrio de Carver, insinuando apenas la sonrisa, pasando por la mirada tímida de Cheever -su sonrisa de niño vergonzoso-, hasta llegar a la socarronería de Updike, no exenta de cierta ternura, sus ojillos vivos y su sonrisa más abierta. No los invoco cuando escribo -sabiendo que la soledad a la hora de escribir es inexcusable y que todos, los muertos y el vivo, tienen mejores cosas que hacer- pero me gusta su compañía, y lo que representan. No son mis dioses, pero en su nombre intento no escribir palabras en vano.

jueves, noviembre 23, 2006

Aforismos de John Cage

"Si algo te aburre a los dos minutos, prueba cuatro. Si aún te aburre, prueba ocho. Si te sigue aburriendo pasa a dieciséis y después a treinta y dos. En algún punto descubrirás que no es nada aburrido".
"El arte no es algo que haga una sola persona, sino un proceso puesto en movimiento por muchos".
"No tengo nada que decir y lo estoy diciendo y eso es poesía como yo la quiero".

miércoles, noviembre 22, 2006

De Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut

(Un soldado americano superviviente de la matanza de Dresde acaba de robar un carro para huir de la ciudad asolada por las bombas).

"Empezaba a recobrar la conciencia y a despertar de su somnolencia cuando oyó a un hombre y a una mujer hablando alemán en tono lastimero. Estaban compadeciendo a alguien. Antes de abrir los ojos, a Billy le pareció que aquel tono de voz podría haber sido el de los amigos de Jesús cuando desclavaron de la cruz su cuerpo destrozado.
Entonces abrió los ojos y vio a un hombre de mediana edad y a su esposa hablando a los caballos. Se habían dado cuenta de lo que los americanos ignoraban, a saber: que los pobres animales perdían sangre por la boca, tenían las pezuñas partidas -lo que hacía que cada paso fuera una agonía para ellos- y además estaban muertos de sed. Los americanos habían tratado a su medio de transporte como si no fuera más sensible que un Chevrolet de seis cilindros.
Las dos personas que se compadecieron de los caballos dieron la vuelta a la carreta hasta descargar sobre Billy todos sus reproches, precisamente sobre Billy, que era tan larguirucho y débil y que estaba tan ridículo con su toga azul celeste y sus botas plateadas. A él no le temían. De hecho, ya no le temían a nada. (...) Entre los dos hablaban nueve lenguas. Primero intentaron hablar a Billy en polaco, basándose en que iba vestido como un payaso (los desdichados polascos fueron los payasos involuntarios de la Segunda Guerra Mundial). Pero el americano no entendió nada.
Luego fue Billy quien les preguntó, en inglés, qué era lo que querían. Al momento ambos le reprendieron, también en inglés, por las condiciones en que se encontraban los caballos. Le hicieron bajar de la carreta para que los viera, y se quedaron sorprendidos cuando le vieron echarse a llorar ante el estado de su medio de transporte. Durante toda la guerra, nada había conseguido hacerle llorar".

Esto me recuerda a algo. Ayer hablaba de la muerte de mi madre. Fue un período muy duro para mí, porque su enfermedad coincidió con mi separación. Atravesé todo sin llorar: la noticia del cáncer, la quimioterapia, mi separación, la mudanza a una buhardilla inmunda que era lo único que podía pagar... Pero un día que volvía de visitar a mi madre en la clínica, descubrí que me había dejado las llaves en casa. Acababa de mudarme y no le había dado una copia a nadie. Y en medio del autobús atestado de gente, me puse a llorar. A berrear como una criatura. Mi llanto era lo único que se oía en el autobús. Una señora me preguntó y yo le contesté que me había dejado las llaves dentro de casa. La estupefacción de los que me rodeaban sólo hizo que llorara más fuerte.

Para Manuel

La emoción al mirar tu barba que se cierra,
creciendo loca como un descampado en primavera.
El ángulo de tu mandíbula,
la ladera aguda de tu nariz,
tu cuello leñoso.

Muerdo en ti la palabra hombre,
y un círculo se completa.
Me inunda la boca un sabor viejo,
el sabor del líquido amniótico
antes de que mi sexo se definiera
y me mostrara la mitad de lo que no fui.

Más padres y madres

A MI PADRE Y A MI MADRE
Jane Durán
Traducción de Albino Gómez


Los echo de menos como si fueran ficción
con la tinta todavía mojada
donde se cruzaron nuestros caminos.

Como si yo les hubiera inventado el pasado
con el tren a vapor, la hierba ceñida, el aguacero,
antiguas soluciones que atesoro en mi corazón

como mi niño sosteniendo el abrigo contra su pecho
antes de ponérselo.
Todavía intento comprenderles.

Pero ustedes vuelven inextricables de Manhattan,
New Hampshire, Martha’s Vineyard,
las última ventanas reflectantes, la bulla de los barrios altos,

el Henry Hudson Parkway
con tantas entradas tristes a la ciudad.
Les echo de menos como si nada se hubiese perdido

pero esto es solo una manera de decir.
Mientras sueño con ustedes
y me arranco desde mis raíces.

martes, noviembre 21, 2006

Ayer hizo tres años que murió mi madre. Sí, el 20-N, ella que fue antifranquista toda la vida. Quizás fue una forma de venganza. Le quitó todo el protagonismo al enano, como le llamaba.
Tenía cáncer y alzheimer. La quería mucho, pero tenía un carácter fuerte y una visión pesimista de la vida, contra los que yo me empeñaba en defenderme sin éxito. Luego llegó la enfermedad y la muerte, y con ellas me dio una lección de sencillez, alegría y dignidad, y ya no tuve defensa posible.
Le escribí este poema:


Llamabas al gato de la foto
y ya temblábamos todos,
como si la locura fuese un sarpullido
que nos quemara la piel del corazón.
Al principio luchábamos con ella:
te negamos los cuadros animados,
te lavamos con lejía los falsos recuerdos,
echamos a la calle
a los sueños venidos a visitarte desde el pueblo.
Pero el gato de la foto,
el caballo bautizado sobre tu mesilla,
el pobre de Murillo al que le ofrecías pan,
todos eran más fuertes que cualquier prospecto,
que la receta más juiciosa.
Nos rendimos a tu nueva realidad
como a una fiesta en la casa de al lado,
porque allí no mandábamos ya
ni hijos ni médicos ni plazos.
Todo derogado por la enfermedad de la alegría,
esa a la que fuiste inmune
cuando eras más joven y estabas sana,
y destilabas un perfume de tristeza
que nos acompañaba cada mañana al colegio.
Aunque de algún modo siempre supimos
que otra mujer, despeinada y coqueta,
vivía a un centímetro bajo tu piel.
Mientras tuviste fuerzas allí se mantuvo
hasta que al final la descorchaste
y ella salió espumosa, rubia,
desvergonzada como sólo puede serlo
una anciana rebosante de inocencia.
Y rendidos nos dejasteis, tú y ella,
pequeños en la distancia,
atareados con tus pañales ocres,
con las inyecciones rojas de la desmemoria.
Mientras tú, cada vez más libre,
tomabas lo mejor de cada uno
y nos amasabas como muñecos de hierba y barro,
dándonos a luz con el mismo rostro de la primera vez.
Nos dejaste dormir siestas a tu lado,
volver a tu madriguera,
lamerte las llagas que te florecían
en el cuerpo arrasado.
Cada vez más santa,
tú misma abriste la puerta de salida.
Nos quitaste el miedo
en un aletear de pecho.
Acallaste las palabras erigidas sobre columnas;
nos besaste en la frente
con el amor bordado en las mejillas.
Nos pediste permiso para irte
porque sólo lo invisible podía abrazar tu cuerpo
sin hacerle daño.

Antes de llevarte, la muerte nos miró a los ojos.
Ya no verá el sol, dijo,
ni la lluvia ni las amapolas de junio.
Será ella la que llueva cada otoño,
la que amanezca.
El jazmín que os asaltará como un dulce ladrón
en las esquinas.

El tiempo

No me entero del tiempo cuando tengo tiempo para todo. Cuando, como dice Arturo, me doy cuenta de que no tener nada mejor que hacer es hacer justo lo que me apetece. Entonces no me preocupa el tiempo. Cuando un día pasa, y he hecho varias de estas cosas: leer, ir a la piscina, ver una buena película, echar un buen polvo, comer bien, regar las plantas, tomar unas cañas con amigos, reírme con mi hija, escribir un poema, ir al fútbol, colgar algo en el blog, pasear, contestar los mensajes de correo acumulados..., entonces el tiempo es simplemente la suma de lo que he hecho, más los momentos que entre una cosa y otra me he tomado para fumar un cigarro y mirar por la ventana. Pero luego, no sé por qué, como una relación que se envenena, una charla que se alarga hasta el aburrimiento, el tiempo se convierte en un engorro, en una molestia, en un problema más. Los días pasan turbios. Corro de un lado a otro y se me olvidan los cigarros en los ceniceros. Tengo que ir al dentista, he madrugado tanto que a media tarde me duelen los ojos, había atasco, retrasos y colas, cabreo y humillación contenidos, he tenido una bronca que me ha robado la mitad de las energías que me quedaban, me he cagado en el alcalde y en todos sus concejales, me hago tres horas de transporte entre ir al colegio y luego al curro, en medio al banco a pagar algo, relleno papeles que me la soplan, a mi hija se le ha atascado un examen y aprovecha para echarme en cara todo lo que tiene que echarme en cara, paseo de un lado a otro un libro que no tengo tiempo para abrir, el ordenador se cuelga, una jefa me intenta putear, la ropa sucia se acumula, la arena de la gata apesta, me voy a la cama pronto para no poder dormirme de puro agotamiento, y el sueño es sólo la duermevela de una borrachera, y sé que al día siguiente el cansancio volverá a nublarme la vista. Los días se pudren. Yo me vuelvo débil, si miro hacia dentro sólo veo un solar abandonado.
Supongo que hay otros síntomas, pero sobre todo hay uno claro de cuando estoy volviendo a recuperar mi nombre y el tiempo perdido: cuando abro el paréntesis en el que leo, en el que escribo. Cuando el tiempo me lo regalan otros, cuando mis personajes o los personajes de los demás abren puertas que dan a habitaciones en las que hay una inmensa reserva de tiempo, el tiempo expandido, circular, sin fondo, en que se mide la digestión de las palabras.

Poema de Darío Jaramillo


ALETARGADOS en perpetua siesta

después de inconfesables andanzas nocturnas,

desatendidos o alertas,

los gatos están en la casa para ser consentidos,

para dejarse amar indiferentes.

Dios hizo los gatos para que hombre y mujeres

aprendan a estar solos.

lunes, noviembre 13, 2006

Arturo, seguimos hablando

Le pido a mi amigo Arturo Dobao que me mande algunos de sus poemas. Arturo es uno de esos amigos a los que veo poco, pero cuando nos vemos siempre parece que retomamos una conversación, o una broma, o una reflexión que abandonamos meses antes y que nos ha seguido acompañando por separado. Entonces, la complicidad nos coge por los hombros y se instala entre nosotros, y el tiempo en que jugamos nuestra partida se pone otra vez en marcha.

Arturo me manda este poema:

Uno, aquí y ahora, no es más que el sujeto del predicado.

Yo le contesto con un verso más terrenal e igualmente gramatical:

Mi cuerpo es el verbo que tus labios conjugan.

Y a este otro poema suyo:

Vida que hay en mí,
dónde me llevas
viviendo con la misma exaltación
del poeta que también pertenece.
Hacia qué lugar
cristalino y afilado
como el vértigo.
Hacia qué lugar
en el que se abren los sentidos
y el baile de las hojas de los chopos
se presenta como una fiesta de agua,
hasta soñar burbujas.
Hacia qué lugar
de dicha y de dolor.

yo le contesto con un verso del poeta Moshe Benarroch que para mí resume esta búsqueda loca, a veces desesperada y desenfocada, de nosotros mismos:

El viaje más largo es llegar al sitio donde estás

sábado, noviembre 11, 2006

Padres (III)

Si me quisieras un poco menos, padre, no mentirías.
Si me quisieras un poco más
tus mentiras no serían tan predecibles.

Tienen hambre y frío tus mentiras,
como niños de posguerra.
Como el decorado para una película de sábado tarde,
sus colores son planos, y se les ve el armazón.
Espías y piratas con sus disfraces cruzan por tus ojos desenfocados
y mueren ante mí,
se asfixian sin poder respirar,
muertos de cartón-piedra,
espectros de función escolar.

Si tus mentiras disolventes no borraran el pasado,
si tus pies no revolvieran el camino que ya hemos recorrido
hasta dejarlo reducido a cunetas,
aún podría buscar cierta ternura,
calor en los callos de tus manos.
Lo peor de todo es este olor a lejía que dejas a tu paso,
esta pulcritud de álbum de fotos vacío,
esta estéril orfandad desde la que no puedo devolverte nada,
no puedo recordar que algo, algo has tenido que darme,
alguna verdad que me haya guiado hasta aquí.

Y sin embargo, sé que sin salvarte
yo peso más, me voy al fondo de todo
y me hundo.
Tengo que salvarte, padre,
recordar lo que otros te hicieron cuando eras un niño,
el largo camino enlodado hasta el colegio,
la casa sin ventanas
en la que tu madre murió licuándose entre tus dedos,
los cadáveres que te atravesaron la nuca con sus miradas.

Tengo que recordar que las mentiras de ahora son los sueños de otra época,
que vuelven a pedir cuentas,
como niños abandonados a la puerta de una iglesia.

viernes, noviembre 10, 2006

Padres (II)

EL DESTIERRO, de Sharon Olds

(A mi padre)

¿Sollozabas como el Shah cuando te fuiste? ¿Olvidaste
cómo habías mandado atarme a la silla, igual
que él olvidó a aquellos amarrados con correas a las rejas
en su nombre? No nos conocías más que él a ellos,
sus más humildes súbditos, sus sirvientes, y permanecimos
en silencio frente a ti así, arqueadas
hacia atrás en reverencia, sin hablar, sin comer hasta que nos
lo mandabas, el vaso empotrado en los
dientes, inclinado como un embudo de latón en las
celdas insonorizadas de Teherán. ¿Olvidaste
la sangre, las luces cegadores, aporreando la puerta como
él olvidó el cable, el dolor agudo,
la mesa de piedra? ¿Llorabas al marchar
como Reza Pahlevi lloró cuando se alzaba
sobre la llanura dorada de Irán, deseaste
de repente oír nuestras voces, empezaste a
valorar de nuevo la oscuridad de nuestro pelo,
te preguntaste si quizás hubiéramos merecido vivir,
nos amaste, pues?

jueves, noviembre 09, 2006

I have seen it all

Esta es la canción principal de la banda sonora de Dancer in the dark. No he visto la película (por dos motivos: uno, porque siempre he sospechado que debe de ser muy dura, innecesariamente dura, es decir, cruel; dos, porque Lars von Trier no es santo de mi devoción, ya que aunque sea interesante, me parece innecesariamente duro, es decir, cruel). Pero adoro a Bjork, y sobre todo esta canción me pone al borde de las lágrimas. Dios, cómo la canta ella, cómo la acompaña el cantante de Radiohead, y qué letra. Por cierto, que ahora estoy leyendo Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut (!novelón!) y mientras escuchaba la canción no dejaba de pensar que le iba muy bien a la vida de Billy Pilgrim, el protagonista.

"I've Seen It All"

I've seen it all, I have seen the trees,
I've seen the willow leaves dancing in the breeze
I've seen a man killed by his best friend,
And lives that were over before they were spent.
I've seen what I was - I know what I'll be
I've seen it all - there is no more to see!

You haven't seen elephants, kings or Peru!
I'm happy to say I had better to do
What about China? Have you seen the Great Wall?
All walls are great, if the roof doesn't fall!

And the man you will marry?
The home you will share?
To be honest, I really don't care...

You've never been to Niagara Falls?
I have seen water, its water, that's all...
The Eiffel Tower, the Empire State?
My pulse was as high on my very first date!
Your grandson's hand as he plays with your hair?
To be honest, I really don't care...

I've seen it all, I've seen the dark
I've seen the brightness in one little spark.
I've seen what I chose and I've seen what I need,
And that is enough, to want more would be greed.
I've seen what I was and I know what I'll be
I've seen it all - there is no more to see!

You've seen it all and all you have seen
You can always review on your own little screen
The light and the dark, the big and the small
Just keep in mind - you need no more at all
You've seen what you were and know what you'll be
You've seen it all - there is no more to see!

Padres (I)

EL ROMPEOLAS, poema de David González

mi padre
se levanta temprano cada mañana
para ir a nadar
para ir a nadar
a la piscina municipal en invierno
y a la mar del cantábrico en verano

él se cree que así
me comenta mi madre, escéptica
no se va a morir nunca

desde la ventana del estudio
donde me encierro a escribir
desde por la mañana temprano
y durante las cuatro estaciones,
puedo ver la playa de mi padre
la arena que está pisando
y si tuviese a mano unos prismáticos
y forzara un poco la vista
podría, incluso, verle a él

hace tiempo, años, que no le veo
ni hablo con él
ni siquiera por teléfono

pero cuando luego
retiro mi frente del cristal
y acerco la silla
apoyo los codos sobre la mesa
y empiezo a escribir
lo hago con la confianza
y seguridad
del que se sabe
con las espaldas protegidas:

su padre está ahí afuera,
nadando

y no se va a morir nunca

miércoles, noviembre 08, 2006

Ruinas en Trujillo


Sábanas de piedra y hiedra tendidas en la tarde

martes, noviembre 07, 2006

Adolescentes bajo la lluvia

A la salida del instituto, sin paraguas ni capuchas, los adolescentes hacen ostentación de su desprecio por la lluvia. Ella se venga antes de que lleguen a la siguiente esquina, dándoles el aspecto del animalillo asustado que todos son en el fondo.

jueves, noviembre 02, 2006

Otro poema de Sharon Olds

Este poema cierra la primera parte -titulada Hija- del libro de poemas Satán dice. Me llama la atención sobre todo porque, después de contar en los poemas anteriores la terrible relación que la autora tuvo con su padre con imágenes y palabras muy duros pero evitando cualquier victimismo, este último poema se cierra con unos versos que funcionan como un trampolín para enfrentarse al resto de los apartados del libro -y de la vida de la escritora: Mujer-Madre-Viaje. Son el pacto que una superviviente hace consigo misma para seguir hacia adelante.

LA HIJA CRECIENTE

Mientras chupé la vida del cuerpo de mi madre
en el oscuro cuarto exterior sobre el mar,
la leche salpicada de crema meciéndose en mí
del mismo modo que mi madre me mecía en sus brazos-
lejos de la costa,
desde el silencio y la oscuridad, del submarino,
delicado como una gamba, los hombres rana japoneses,
salieron nadando despacio. Se acercaron por el oeste,
sus rostros de oro brillando como granos de
mica, en el denso Pacífico,
sus aletas como patas de langostinos. Yo estaba echada
y chupaba, y, como amarillas escamas de mantequilla,
ellos inscribieron en mí en grandes cantidades,
con la leche de mi madre, una vocación. Desde entonces
sería ante mí misma, la enemiga
de todo aquel que me impidiera crecer.


¿No dan ganas de tatuárselo en un lugar bien visible?