Me pasa mi compinche Enrique Ortiz un meme para que hable de cinco cosas que no se saben de mí. Él ya lo ha hecho en su blog con su humor y su sensibilidad de siempre. No me resulta muy fácil puesto que una de las paradojas sobre las que me asiento es que soy pudorosa pero bocazas. Con cuatro cervezas encima lo cuento todo (aunque me ponga colorada). Supongo que algo habrá...
1. (en este te copio tema, Enrique) Mi nombre completo es Ana María. Pero nadie me llama así, y he quitado el María de mi firma, me parece un nombre largo y cursi. Además, siempre tienta el Anamari, que me pone directamente de los nervios. Mi familia me llama Ani. Algunos amigos de la infancia también. Incluso algunos son tan piadosos que lo escriben Annie. Pero no me gusta, lo escriban como lo escriban. A mí me gusta Ana, porque me gustan los palíndromos, los nombres cortos, los nombres con aes y porque me suena a persona mayor. Bastante me ha costado crecer.
2. Una de las cosas más hermosas que he hecho en mi vida ha sido lavar y vestir el cadáver de mi madre. Fue de esas pocas ocasiones en que una se da cuenta de que está haciendo algo importante, algo que no olvidará nunca y por lo que estará siempre agradecida y honrada.
3. Cuando voy por la calle me gusta cruzar la mirada con los perros y con los bebés. Les miro a los ojos y sostengo la mirada. Me gusta sentirnos como animalillos que se cruzan en un bosque y que se demuestran sus buenas intenciones. Un segundo de honestidad y pasar de largo, cada uno a lo suyo.
4. Soy una adicta al correo electrónico. Me levanto a consultarlo unas ciento cincuenta veces al día. Me chifla que alguien se acuerde de mí. Cuando hay un mensaje cariñoso o elogioso hay una niña dentro de mí que se pone a saltar y a girar y a dar volteretas laterales...
5. Adoro la lluvia. Cuando llueve me pongo de buen humor. Abro la ventana y aspiro. Recuerdo a mi madre cantando cuando llovía. Y recientemente he descubierto un doble placer: tarde de fútbol con lluvia. Las gotas brillantes bajo los focos, los paraguas abiertos, el balón impredecible y el verde del campo...
Gracias por hacerme recordar, Enrique.
El blog de Ana Pérez Cañamares - poeta
martes, enero 30, 2007
lunes, enero 29, 2007
El diablo
(Para David González, poeta)
Cuando era pequeña
en la hora del recreo
iba hacia el arenero
y me ponía a escarbar
mis manos dos zarpas
cavando el hoyo
para llegar hasta el diablo
el pelo pegado a la cara
por el sudor
escarbaba y escarbaba
durante media hora
cada día
de vez en cuando alguien se acercaba
me echaba una mano
y luego se iba
todos se acababan cansando
menos yo
no sé lo que esperaba
tenía miedo
pero el miedo me hacía escarbar
más y más deprisa
adelantando el momento del encuentro
el momento en que el diablo
agarrara mi muñeca
y me dijera a la cara
de una vez por todas
si iba o no iba a llevarme
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poemas míos
Personajes
A poco que uno lo piense, cada uno de nosotros es un personaje raro, raro de cojones.
¿Por qué me da rabia tener un catarro que me tiene doblada por las esquinas, con el cuerpo dolorido de tanta tos, tanta tos que no me deja ni dormir por las noches?
Respuesta: porque no puedo fumar. Pura y simplemente. Porque el humo me rasca el pecho con rabia. Porque escribir sin fumar me resulta una tortura. Tan insoportable, que ahora mismo estoy fumando. Y cada calada irrita al puma que tengo en las entrañas.
Y yo soñando todavía con encontrar el libro de instrucciones...
¿Por qué me da rabia tener un catarro que me tiene doblada por las esquinas, con el cuerpo dolorido de tanta tos, tanta tos que no me deja ni dormir por las noches?
Respuesta: porque no puedo fumar. Pura y simplemente. Porque el humo me rasca el pecho con rabia. Porque escribir sin fumar me resulta una tortura. Tan insoportable, que ahora mismo estoy fumando. Y cada calada irrita al puma que tengo en las entrañas.
Y yo soñando todavía con encontrar el libro de instrucciones...
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reflexiones íntimas
Rock Springs
Empecé a leer el libro de Ford con muchas ganas. De Ford había leído una novela corta, Incendios, que me pareció magistral, la novela que yo hubiera querido escribir, la novela que yo estaba queriendo escribir. Luego leí El periodista deportivo, y me costó más, por su tono discursivo, por la antipatía hacia el personaje principal, por lo moroso e hinchado de las anécdotas que la componen. Después de esto, El día de la Independencia me dió pereza. Pero compré su libro de cuentos, porque seguía confiando en Ford cuando se mide en las distancias cortas (e intensas).
No quiero analizar el libro; no soy buena crítica. Francisco Ortiz, en su blog, lo comentó estupendamente. Sólo quiero contar que empecé a leerlo con curiosidad y con placer y acabé arrebatada por sus historias y sus personajes. Que en estas últimas semanas me he sentido personaje de uno de esos cuentos. Que esta sensación de que nadie, ninguno estamos a salvo, me deja sumida en el miedo y en la ternura. Que los finales de los cuentos de Ford son hermosos, tristes y conmovedores como rezos.
" Y yo sabía que estaba en lo cierto, aunque no quería volver a oír hablar de Bobby durante un tiempo. Él y yo éramos diferentes. Arlene y yo nada teníamos que ver con él. Pero yo ahora sabía cómo llega uno a ser un delincuente en este mundo, cómo lo pierde todo. De alguna manera, quién sabe por qué, tus decisiones un día dan un vuelco y pierdes tu dominio de las cosas. Y un día te despiertas y te encuentras en la situación en la que juraste que jamás te encontrarías, y ya no sabes qué es para ti lo más importante en este mundo. Y después de eso, todo ha acabado. Y yo no quería que a mí me sucediera; jamás pensé, de hecho, en la posibilidad de que llegara a sucederme. Sabía el significado del amor. El amor era no crear problemas, no ponerse en situación de crearlos. Era no dejar a una mujer porque se ha puesto el pensamiento en otra. Era no llegar nunca a estar donde se juró que nunca se estaría. Y no era vivir aislado, estar solo. Eso nunca. Nunca"
No quiero analizar el libro; no soy buena crítica. Francisco Ortiz, en su blog, lo comentó estupendamente. Sólo quiero contar que empecé a leerlo con curiosidad y con placer y acabé arrebatada por sus historias y sus personajes. Que en estas últimas semanas me he sentido personaje de uno de esos cuentos. Que esta sensación de que nadie, ninguno estamos a salvo, me deja sumida en el miedo y en la ternura. Que los finales de los cuentos de Ford son hermosos, tristes y conmovedores como rezos.
" Y yo sabía que estaba en lo cierto, aunque no quería volver a oír hablar de Bobby durante un tiempo. Él y yo éramos diferentes. Arlene y yo nada teníamos que ver con él. Pero yo ahora sabía cómo llega uno a ser un delincuente en este mundo, cómo lo pierde todo. De alguna manera, quién sabe por qué, tus decisiones un día dan un vuelco y pierdes tu dominio de las cosas. Y un día te despiertas y te encuentras en la situación en la que juraste que jamás te encontrarías, y ya no sabes qué es para ti lo más importante en este mundo. Y después de eso, todo ha acabado. Y yo no quería que a mí me sucediera; jamás pensé, de hecho, en la posibilidad de que llegara a sucederme. Sabía el significado del amor. El amor era no crear problemas, no ponerse en situación de crearlos. Era no dejar a una mujer porque se ha puesto el pensamiento en otra. Era no llegar nunca a estar donde se juró que nunca se estaría. Y no era vivir aislado, estar solo. Eso nunca. Nunca"
(De "Novios")
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reflexiones literarias
A vueltas
Me acuerdo de que, después de ver una película de Drácula, cuando me metía en la cama me tapaba el cuello con el pelo, con la pretensión de formar con él una barrera antimordiscos.
Lo curioso es que no recuerdo haber tenido nunca el pelo tan largo como para taparme el cuello.
Lo curioso es que no recuerdo haber tenido nunca el pelo tan largo como para taparme el cuello.
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reflexiones íntimas
miércoles, enero 24, 2007
Si abro
Leo en el blog Frag-mentos las siguientes frases de Thomas Bernhard:
“Nadie debería encerrarse y cerrarlo todo, pero es que si abro, entran”.
“Todo hombre quiere al mismo tiempo participar y que lo dejen en paz. Y como eso no es posible, las dos cosas, siempre se está en conflicto”.
Se agudiza mi impresión de que todos somos lo mismo, en diferentes momentos y porcentajes.
“Nadie debería encerrarse y cerrarlo todo, pero es que si abro, entran”.
“Todo hombre quiere al mismo tiempo participar y que lo dejen en paz. Y como eso no es posible, las dos cosas, siempre se está en conflicto”.
Se agudiza mi impresión de que todos somos lo mismo, en diferentes momentos y porcentajes.
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reflexiones íntimas
jueves, enero 18, 2007
Necesito las palabras escritas, esta red de líneas familiares que frena la caída, que me sostiene durante unos minutos. Las palabras siempre tienen algo de rezo.
Hace años, cuando era más joven y más osada, decía de mí que era una persona religiosa que no tenía religión.
Hoy sé que a todos nos sustentan, al menos, un conglomerado de supersticiones. Ideas hechas a partir de experiencias, creencias, recuerdos ajenos y propios, prejuicios, suposiciones.
Una superstición consustancial a mí es que las buenas personas reciben su justa recompensa. Dicho así, palabra a palabra, no puede ser más estúpido, lo sé.
Porque, para empezar, ¿qué es eso de "buena persona"? Digo todo lo que se me ocurre, sin pensarlo demasiado, para mantenerme en el terreno de la superstición: no meterse con nadie, no hacer mal a nadie, intentar compadecerse, comprender, no albergar malos deseos. Pero sé que tal cosa no sólo es imposible de mantenerse siempre; sino que además la supuesta "bondad" a veces enmascara cobardía, impotencia, indiferencia, pereza. O deseo de protegerse, de resguardarse, de no ser agredida. Ganas de obtener, poniendo cara de niña buena, esa justa recompensa.
Recuerdo que hace años, en un debate con la escritora Belén Gopegui en una casa okupada, le dije que yo escribía, entre otras cosas, para ser mejor persona. Simplifiqué una idea que sigo teniendo: si no escribiera, sería alguien más neurótico, más insoportable, más confuso, más pobre de espíritu. Creo que ella -no la culpo ya- no me entendió. Contestó que a veces era necesario para un escritor ser "mala persona": cuando necesitara defenderse, por ejemplo, de un editor explotador.
Me enfadé tanto con ella por no entenderme que la castigué con el peor castigo que tenía a mano: no he leído ni uno sólo de sus libros. Aunque hace tiempo que el enfado se me pasó, ninguno de sus libros me ha salido al paso -con los que me salen al paso tengo de sobra, y me falta tiempo.
Pero ahora, hoy, la recuerdo. Su respuesta me sigue pareciendo simple -mi comentario también lo fue y probablemente no merecía otra cosa. Pero cuando compruebo la fragilidad de mi superstición, cuando tengo la certeza de que esa pretensión de ser buena persona no me protege de nada, sino que, todo lo contrario, el andamiaje que sustenta esta idea se revela inútil y obsoleto, me siento tan tonta como me sentí aquel día. Tonta, desnuda, expuesta, vacía. Siento que necesito un sustituto menos ingenuo, que necesito una nueva religión.
Las buenas personas no necesariamente obtienen su justa recompensa. Las buenas personas, como todo animal, necesitan para su supervivencia de la astucia.
Como mi gata, que descansa manteniendo enhiestas sus orejas y vueltas hacia la puerta de la calle.
Hace años, cuando era más joven y más osada, decía de mí que era una persona religiosa que no tenía religión.
Hoy sé que a todos nos sustentan, al menos, un conglomerado de supersticiones. Ideas hechas a partir de experiencias, creencias, recuerdos ajenos y propios, prejuicios, suposiciones.
Una superstición consustancial a mí es que las buenas personas reciben su justa recompensa. Dicho así, palabra a palabra, no puede ser más estúpido, lo sé.
Porque, para empezar, ¿qué es eso de "buena persona"? Digo todo lo que se me ocurre, sin pensarlo demasiado, para mantenerme en el terreno de la superstición: no meterse con nadie, no hacer mal a nadie, intentar compadecerse, comprender, no albergar malos deseos. Pero sé que tal cosa no sólo es imposible de mantenerse siempre; sino que además la supuesta "bondad" a veces enmascara cobardía, impotencia, indiferencia, pereza. O deseo de protegerse, de resguardarse, de no ser agredida. Ganas de obtener, poniendo cara de niña buena, esa justa recompensa.
Recuerdo que hace años, en un debate con la escritora Belén Gopegui en una casa okupada, le dije que yo escribía, entre otras cosas, para ser mejor persona. Simplifiqué una idea que sigo teniendo: si no escribiera, sería alguien más neurótico, más insoportable, más confuso, más pobre de espíritu. Creo que ella -no la culpo ya- no me entendió. Contestó que a veces era necesario para un escritor ser "mala persona": cuando necesitara defenderse, por ejemplo, de un editor explotador.
Me enfadé tanto con ella por no entenderme que la castigué con el peor castigo que tenía a mano: no he leído ni uno sólo de sus libros. Aunque hace tiempo que el enfado se me pasó, ninguno de sus libros me ha salido al paso -con los que me salen al paso tengo de sobra, y me falta tiempo.
Pero ahora, hoy, la recuerdo. Su respuesta me sigue pareciendo simple -mi comentario también lo fue y probablemente no merecía otra cosa. Pero cuando compruebo la fragilidad de mi superstición, cuando tengo la certeza de que esa pretensión de ser buena persona no me protege de nada, sino que, todo lo contrario, el andamiaje que sustenta esta idea se revela inútil y obsoleto, me siento tan tonta como me sentí aquel día. Tonta, desnuda, expuesta, vacía. Siento que necesito un sustituto menos ingenuo, que necesito una nueva religión.
Las buenas personas no necesariamente obtienen su justa recompensa. Las buenas personas, como todo animal, necesitan para su supervivencia de la astucia.
Como mi gata, que descansa manteniendo enhiestas sus orejas y vueltas hacia la puerta de la calle.
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reflexiones literarias
miércoles, enero 17, 2007
Disculpas
Disculpas a los que os pasáis por aquí -somos pocos, pero bienavenidos-, porque un problema personal me impide estar lo presente que me gustaría, espero que por poco tiempo, tanto en mi blog como en los que consulto casi a diario. Y un abrazo de bienvenida a los nuevos, con los brazos bien abiertos y el alma, como siempre, disponible, aunque ahora un poco maltrecha. Esto de vivir es lo que tiene.
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reflexiones íntimas
viernes, enero 12, 2007
El amor a veces
El amor es a veces,
a media tarde de un día que nos ha visto madrugar,
que nos ha visto inmolarnos en aras de una nómina
a final de mes,
el amor es a veces
este secuestro,
un cansancio triste y apagado que me toma por rehén,
un esperar que me liberes
sin haberte mandado una señal,
sin que nadie haya puesto precio a mi rescate,
sin que el zulo haya tomado rostro de agujero
sino la limpia y anodina cara de nuestro cuarto.
a media tarde de un día que nos ha visto madrugar,
que nos ha visto inmolarnos en aras de una nómina
a final de mes,
el amor es a veces
este secuestro,
un cansancio triste y apagado que me toma por rehén,
un esperar que me liberes
sin haberte mandado una señal,
sin que nadie haya puesto precio a mi rescate,
sin que el zulo haya tomado rostro de agujero
sino la limpia y anodina cara de nuestro cuarto.
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poemas míos
miércoles, enero 10, 2007
Voces, poema de Linda Pastan
Gracias al blog del poeta David González, Algo que declarar, he conocido a un buen puñado de poetas que me han emocionado. Hoy me ha ocurrido con una poeta americana, Linda Pastan; después de leer el poema que ha colgado David he buscado otros poemas suyos, y me he encontrado con éste:
VOCES
Juana oyó voces,
y por ello ardió.
Mientras conduzco en la oscuridad
escribo poemas.
Anoche, pensando
en cómo espaciar los versos,
me pasé una señal de stop.
Cuando me justifiqué
el policía asintió
y me puso
una multa.
Un entendido me dijo
que los escritores tienen un plazo de quince años:
luego llega la repetición,
incluso la locura.
Como Midas, supongo que
todo lo que tocamos se convierte
en un poema
cuando el hechizo existe.
Pero piensa en el poeta después de ese plazo
tocando los árboles que
siempre ha tocado,
pero esta vez no ocurre nada.
Imagínatelo yendo de un tronco
a otro, magullándose
las manos con la áspera corteza.
Sólo quedan cinco años.
A veces entierro
mis poemas en el jardín,
reservándolos
para los fríos días venideros.
De todos modos
te quemas por ello.
VOCES
Juana oyó voces,
y por ello ardió.
Mientras conduzco en la oscuridad
escribo poemas.
Anoche, pensando
en cómo espaciar los versos,
me pasé una señal de stop.
Cuando me justifiqué
el policía asintió
y me puso
una multa.
Un entendido me dijo
que los escritores tienen un plazo de quince años:
luego llega la repetición,
incluso la locura.
Como Midas, supongo que
todo lo que tocamos se convierte
en un poema
cuando el hechizo existe.
Pero piensa en el poeta después de ese plazo
tocando los árboles que
siempre ha tocado,
pero esta vez no ocurre nada.
Imagínatelo yendo de un tronco
a otro, magullándose
las manos con la áspera corteza.
Sólo quedan cinco años.
A veces entierro
mis poemas en el jardín,
reservándolos
para los fríos días venideros.
De todos modos
te quemas por ello.
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poemas de otros
domingo, enero 07, 2007
Azar made in Auster
Hace unos días, en el blog de mi amigo José Ángel Barrueco, Escrito en el viento, leí un fragmento de una entrevista con Rodrigo Fresán, del que tengo su libro La velocidad de las cosas esperando turno en la mesilla -soy una lectora confesamente lenta. Más que lenta, traidora y desperdigada.
La entrevista que dio Fresán al diario El Mercurio es muy interesante toda ella. Pero me llamó la atención este fragmento; quienes sigan este blog entenderán por qué:
-Dijiste que Paul Auster es "como la Coca Cola". ¿Cuánto hay de elogio y cuánto de ironía en eso?
- Mitad y mitad. Auster me parece un gran narrador, pero no es un gran escritor. Es decir: maneja los resortes de tramas imposibles - a menudo inverosímiles fuera de sus libros- con mano experta. Difícil dejar de leer cualquiera de sus novelas. Pero, al mismo tiempo, mientras las lees, por lo menos en mi caso, siento que me están vendiendo, no diría gato por liebre, pero sí conejo por liebre. He sentido esto más que nunca en su reciente y autohomenajeante Travels in the Scriptorium. Para mí, lo mejor de Auster no está en sus libros (aunque siento admiración por La invención de la soledad y Leviatán), sino en su guión para el film "Smoke".
Joder, si mirais unas entradas más abajo, encontrareis una opinión parecida sobre Auster (cuando hice recuento de los libros de Auster que me gustan, olvidé La invención de la soledad); idéntica en lo que respecta a Smoke. No puedo estar más de acuerdo con Fresán. Si mi opinión sobre Auster sugiere otra cosa, esto sólo es achacable a que Fresán se expresa muchísimo mejor que yo.
Al propio Auster le gustaría esta casualidad; a mí me hizo reír (y no ocultaré el regustillo interno al coincidir con alguien a quien admiro simplemente, y nada menos, por los artículos que ha escrito sobre Cheever, que son todo lo que he leído salido de las manos de Fresán).
La entrevista que dio Fresán al diario El Mercurio es muy interesante toda ella. Pero me llamó la atención este fragmento; quienes sigan este blog entenderán por qué:
-Dijiste que Paul Auster es "como la Coca Cola". ¿Cuánto hay de elogio y cuánto de ironía en eso?
- Mitad y mitad. Auster me parece un gran narrador, pero no es un gran escritor. Es decir: maneja los resortes de tramas imposibles - a menudo inverosímiles fuera de sus libros- con mano experta. Difícil dejar de leer cualquiera de sus novelas. Pero, al mismo tiempo, mientras las lees, por lo menos en mi caso, siento que me están vendiendo, no diría gato por liebre, pero sí conejo por liebre. He sentido esto más que nunca en su reciente y autohomenajeante Travels in the Scriptorium. Para mí, lo mejor de Auster no está en sus libros (aunque siento admiración por La invención de la soledad y Leviatán), sino en su guión para el film "Smoke".
Joder, si mirais unas entradas más abajo, encontrareis una opinión parecida sobre Auster (cuando hice recuento de los libros de Auster que me gustan, olvidé La invención de la soledad); idéntica en lo que respecta a Smoke. No puedo estar más de acuerdo con Fresán. Si mi opinión sobre Auster sugiere otra cosa, esto sólo es achacable a que Fresán se expresa muchísimo mejor que yo.
Al propio Auster le gustaría esta casualidad; a mí me hizo reír (y no ocultaré el regustillo interno al coincidir con alguien a quien admiro simplemente, y nada menos, por los artículos que ha escrito sobre Cheever, que son todo lo que he leído salido de las manos de Fresán).
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reflexiones literarias
sábado, enero 06, 2007
Erre que erre
Me acuerdo de un regalo de Reyes que me trajo uno de mis hermanos. Era una cometa en forma de avispa. Cuando nadie me quería llevar a la calle para echarla a volar, la lanzaba desde la terraza. Una y otra vez. Siempre se enredaba en las cuerdas de tender la ropa de la vecina de abajo.
Tengo buena memoria, pero mi cabezonería es todavía más fuerte. Quizás a eso se le llama optimismo. Pero da vergüenza usar la palabra optimista en este mundo. Esto debe de ser otra cosa: resistencia a la percepción de la realidad. Admito otros nombres más precisos.
Tengo buena memoria, pero mi cabezonería es todavía más fuerte. Quizás a eso se le llama optimismo. Pero da vergüenza usar la palabra optimista en este mundo. Esto debe de ser otra cosa: resistencia a la percepción de la realidad. Admito otros nombres más precisos.
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reflexiones íntimas
jueves, enero 04, 2007
Más memoria
Después de leer el poema de Bukowski que colgué ayer, creo que la gente que defiende que la vida es corta es porque no tiene memoria. Y no es que la vida se me haga larga, en absoluto, pero si uno se pone a recordar, si tiene la costumbre de recordar, o más bien el recuerdo tiene la costumbre de asaltarlo, tampoco se puede decir que sea corta.
José Ángel Esteban, en el blog que publica en el periódico digital 20minutos, habla de un libro de Georges Perec titulado Me acuerdo. No lo he leído, pero según el fragmento que aparece en el blog, el libro recoge recuerdos del autor, pequeñas ráfagas de memoria que comienzan todas diciendo me acuerdo, y que forman, leídas una tras otra, una letanía, un rezo al pasado, a la pervivencia de los detalles que se quedaron grabados siguiendo una ley que desconocemos. La memoria, la mía, la de cualquiera, así recitada, es como un largo poema.
Me acuerdo de las costras en las rodillas, que nunca terminaban de curar.
Me acuerdo del pan con mantequilla y azúcar.
Me acuerdo de los libros de los Cinco leídos en la cama, los sábados por la mañana.
Me acuerdo del peso de las mantas, que mi padre remetía bien para que no me destapara.
Me acuerdo del tacto rasposo de la arena en las ruedas de los patines.
Me acuerdo de las ratas que veía en el patio de atrás, rondando los cubos de basura, cuando me asomaba desde la ventana de la cocina al caer la noche.
Me acuerdo de la risa incontenible durante la misa de doce, y de las miradas asesinas del cura.
Me acuerdo de la primera vez que vi una corrida en colores, y me di cuenta de que aquello que brillaba sobre la piel del toro no era sudor, sino sangre.
Me acuerdo...
Me acuerdo..
Me acuerdo...
José Ángel Esteban, en el blog que publica en el periódico digital 20minutos, habla de un libro de Georges Perec titulado Me acuerdo. No lo he leído, pero según el fragmento que aparece en el blog, el libro recoge recuerdos del autor, pequeñas ráfagas de memoria que comienzan todas diciendo me acuerdo, y que forman, leídas una tras otra, una letanía, un rezo al pasado, a la pervivencia de los detalles que se quedaron grabados siguiendo una ley que desconocemos. La memoria, la mía, la de cualquiera, así recitada, es como un largo poema.
Me acuerdo de las costras en las rodillas, que nunca terminaban de curar.
Me acuerdo del pan con mantequilla y azúcar.
Me acuerdo de los libros de los Cinco leídos en la cama, los sábados por la mañana.
Me acuerdo del peso de las mantas, que mi padre remetía bien para que no me destapara.
Me acuerdo del tacto rasposo de la arena en las ruedas de los patines.
Me acuerdo de las ratas que veía en el patio de atrás, rondando los cubos de basura, cuando me asomaba desde la ventana de la cocina al caer la noche.
Me acuerdo de la risa incontenible durante la misa de doce, y de las miradas asesinas del cura.
Me acuerdo de la primera vez que vi una corrida en colores, y me di cuenta de que aquello que brillaba sobre la piel del toro no era sudor, sino sangre.
Me acuerdo...
Me acuerdo..
Me acuerdo...
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miércoles, enero 03, 2007
Memoria, poema de Bukowski
he memorizado todos los peces del mar
he memorizado cada oportunidad estrangulada
y
recuerdo despertar una mañana
y encontrar todo teñido del color del
amor olvidado
y eso también lo he
memorizado.
he memorizado habitaciones verdes en
Saint Louis y Nueva Orleans
en las que lloré porque era consciente de que por mí mismo
no podría superar
el terror a ellos y a ello.
he memorizado todos los años infieles
(y los fieles también)
he memorizado cada cigarrillo liado.
he memorizado a Beethoven y la ciudad de Nueva York
he memorizado
el trayecto de subida en ascensores, he memorizado
Chicago y el requesón, y las bocas de
algunas de las mujeres y las piernas de
algunas de las mujeres
que he conocido
y el modo en que llovía a cántaros.
he memorizado el rostro de mi padre en su ataúd,
he memorizado todos los coches que he conducido
y cada una de sus tristes muertes,
he memorizado cada celda,
el rostro de cada nuevo presidente
y los rostros de algunos de los asesinos;
he memorizado las peleas que he tenido con
algunas de las mujeres
que he amado.
ante todo
he memorizado esta noche y ahora y el modo en que la
luz cae sobre mis dedos,
las motas y manchas en la pared,
las persianas bajadas tras las cortinas naranja;
enciendo un pitillo liado y río un poco,
sí, lo he memorizado todo.
qué valentía tiene mi memoria.
he memorizado cada oportunidad estrangulada
y
recuerdo despertar una mañana
y encontrar todo teñido del color del
amor olvidado
y eso también lo he
memorizado.
he memorizado habitaciones verdes en
Saint Louis y Nueva Orleans
en las que lloré porque era consciente de que por mí mismo
no podría superar
el terror a ellos y a ello.
he memorizado todos los años infieles
(y los fieles también)
he memorizado cada cigarrillo liado.
he memorizado a Beethoven y la ciudad de Nueva York
he memorizado
el trayecto de subida en ascensores, he memorizado
Chicago y el requesón, y las bocas de
algunas de las mujeres y las piernas de
algunas de las mujeres
que he conocido
y el modo en que llovía a cántaros.
he memorizado el rostro de mi padre en su ataúd,
he memorizado todos los coches que he conducido
y cada una de sus tristes muertes,
he memorizado cada celda,
el rostro de cada nuevo presidente
y los rostros de algunos de los asesinos;
he memorizado las peleas que he tenido con
algunas de las mujeres
que he amado.
ante todo
he memorizado esta noche y ahora y el modo en que la
luz cae sobre mis dedos,
las motas y manchas en la pared,
las persianas bajadas tras las cortinas naranja;
enciendo un pitillo liado y río un poco,
sí, lo he memorizado todo.
qué valentía tiene mi memoria.
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