El blog de Ana Pérez Cañamares - poeta

jueves, diciembre 12, 2013

Las palabras de Juan Carlos Mestre en la presentación de Las sumas y los restos



LAS SUMAS Y LOS RESTOS
Ana Pérez Cañamares



Puede la poesía ser la audacia de la inteligencia humana en épocas de penuria, puede la poesía, queridas amigas, amigos, convertirse en el desafío de los lenguajes del porvenir ante las suplantaciones de los significados, siempre revolucionarios de la esperanza, claro que puede la poesía ser a la vez el lenguaje de la delicadeza humana frente a los actos de fuerza de los sistemas de dominación y constituirse a su vez en un acto de legitima defensa contra la soberbia obstinación del poder para mentir. Puede la poesía, y este libro de Ana  Pérez  Cañamares,   Las sumas y los restos, así lo evidencia, ser útil en la travesía de los náufragos, de aquellos que expulsados de la felicidad por el pragmatismo obsceno de la usura habitan las zonas desposeídas de razón, los límites de la sobrevivencia donde el capitalismo ha reconvertido la condición de los ciudadanos en ejercicio de sus derechos civiles en clientes portadores de hojas de reclamaciones. No está bien el curso que han tomado los acontecimientos, está mal la impunidad con la que las oligarquías financieras han secuestrado la voluntad civil de la democracia, resulta intolerable el retorno oscuro de las ideologías supremacistas que vuelven a amparar las  ficciones criminales del racismo, la xenofobia, el antisemitismo, la discriminación de género, la intolerancia ante la disidencia del que difiere de los discursos de orden. Y si digo estas cosas, admirada Ana, queridas amigas, es porque hoy la cuestión de la poesía está, vuelve a estar como lo ha estado siempre, relacionada, implicada, con la verdad, con el pensamiento que sale al encuentro de las palabras con la determinación moral de constituirse en testigo inaplazable de un necesario histórico, la lucha por la dignidad, la elaboración del relato dialéctico que dé sentido a los textos de cultura como herramientas del espíritu frente a la publicidad vergonzosa de los documentos de usura que propicia la barbarie del capitalismo.  Creo que sin este contexto ideológico, se comparta o no su apreciación crítica de la realidad, no sería posible entender el desafiante proyecto poético de Ana, la insurrección de su apasionante conciencia frente al materialismo mecanicista de una sociedad varada en los más retrógrados esquemas de conducta política, la dejación de responsabilidades morales y cuanto implican el menosprecio de los humildes y el desamparo hacia los débiles. Ningún lenguaje, amigas, amigos, es neutral, y menos puede serlo hoy ante los templos donde la barbarie ha vuelto a imponer su desastre en todas las zonas de la realidad donde la estética se ha de empeñar en corregir el error hegemónico. La poesía de Ana trabaja en ese territorio, sus metáforas no se limitan a cambiar la realidad de sitio, a deslizarse entre los decorados donde cristaliza la bella formalidad de los modelos canónicos, sino que desobediente a toda preceptiva, ajena a los préstamos con los que la sociología del reconocimiento fideliza la dependencia a los lenguajes normativizados, nos enfrenta a la metamorfosis de aquellos valores instrumentales del pasado en desafiante conciencia de porvenir, es decir en búsqueda de identidad personal ante los presupuestos dogmáticos de la tachadura civil que despersonalizan a la mujer y al hombre para reconvertirlos en meros instrumentos productivos de generación de plusvalías.  Está dicho, hay que decirlo cada vez en voz más alta, como lo lleva diciendo Ana Pérez Cañamares:

por los que dejan atrás casa y familia

por el dolor que no merecemos sufrir ni ver

por los campos arrasados

por los animales que se hacinan

por los niños que trabajan

por los ojos que se cierran por el cansancio y la muerte

por el tiempo que no volverá

por la vida que nos robaron

por la vida

mi amor

por la vida

versos de aquel memorable poema suyo, Capitalismo,  cuya cifra es exactamente la poética revolucionaria que hoy significa el desafío de derrotar a la tosquedad reaccionaria y sostener como tesis de la poesía el amparo y la consolación, la piedad de la memoria y la misericordia ante las trampas de la crueldad jurídica, una conciencia histórica que permita reconstruir la sociedad civil sobre unos nuevos fundamentos que hagan imposible la desigualdad y los privilegios de casta entre las causas más ominosas del sufrimiento humano.  No, no estoy hablando de otra cosa que no sea de poesía, me estoy refiriendo a Las sumas y los restos, el espléndido libro con el que Ana obtuvo el premio Blas de Otero 2012,  un poemario que tiene mucho, en tiempos de desmemoria y culto al olvido, de memorial de los desheredados y mapa de navegación de los que ante los pórticos de Occidente exigen responsabilidad, justicia e inocencia, poemas exactos para tiempos inexactos, poemas acogedores  en época de intemperie, poemas morales en un siglo tras otro de inmoralidad discursiva, poemas en ejercicio permanente de dignidad en tiempos donde la cobardía y el acomodo se han convertido en estrategia intelectual de supervivencia, palabras para cada cosa en días en que no hay las más elementales cosas para tantos, textos en alianza con la imaginación y el buen lugar donde los sueños colectivos se enfrentan a la negatividad de los exclusivistas y por ello mezquinos intereses individuales. Para entender este libro hay, amigos, amigas, que vivir esta vida, este mundo hambriento, esta ciudad secuestrada por la mediocridad y los expoliadores del erario público. Aquí tiembla en su intemperie la desolada condición humana, la gente corriente, los que viven del trabajo de sus manos, los supervivientes de las utopías traicionadas por la recompensa de los mercados, las bienaventuradas personas que fieles a sus ideales siguen pensando que los seres humanos somos responsables unos de otros. Desde esa responsabilidad escribe Ana, desde los símbolos de la resistencia que ofrecen refugio al humillado por los títulos de propiedad y los aparatajes retóricos de la violencia de estado. La poética de Ana busca, encuentra y funda un lugar, el lugar donde a un otro todavía le sea posible decir existo, soy inocente, tengo derechos, no me mates. No sé si como pensaba Pablo de Rokha el poeta es el coordinador de las angustias del universo, o el organizador del pesimismo, o el bailarín al borde del abismo de Nicanor Parra, pero de lo que no cabe duda es de la función y necesidad de la poesía en el instante de peligro, en el tiempo-ahora del que nos hablaba Walter Benjamin y no la historia como lugar del tiempo vacío. Hay lugar en este libro para el sujeto problemático, y lo hay para el enigma y la construcción expresiva de un territorio para las ensoñaciones, para los pequeños acontecimientos cotidianos que constituyen la épica sin héroes del individuo, de su otredad contemplada en el espejo sin reflejo de la imaginación crítica. Y hay maravilla porque hay relámpago, es decir, hay iluminación, es  decir hay videncia de modernidad en la confusión que el desorden de los sentidos proponen a la vida y la literatura, ser la misma cosa. Ana Perez Cañamares conoce la historia  hecha de amor y sangre, y así la fija en el vértigo de cuanto escribe, íntima y pública su voz es una singularidad excéntrica, alejada de toda esa dulzona propaganda sentimental del yo, una voz insurrecta en la elección de sus cómplices, las mujeres que han hecho de la vindicación de sus derechos una insustituible lucha contra los constructos sociales y culturales del patriarcado. Libro radical en su ternura, versos forzosa, indisolublemente vinculados al amor, ese discurso de la extrema soledad en palabras de Octavio Paz, lo amoroso como intensidad anhelante del deseo ante las simulaciones de la ruina romántica, el amor como solidaridad y movilización total de los afectos. Recuerdo todo lo que olvidé, escribe Ana. Escribo porque mi madre no escribía; escribo porque no tengo jardín ni perro y vivo en un lugar sin mar; escribo porque mi voz y sus ecos me hacen compañía. Escribo para saber si tengo que perdonarme, pedir disculpas o exigir responsabilidades. Escribo para rescatar aquello en lo que quiero creer, lo que no puedo olvidar; para salvar mi voz del barullo. Escribo porque la belleza no sólo consuela, sino que es lo único que me permite mirar el dolor cara a cara. Escribo para no dar nada por sabido.​​​ Una poética, si, una reflexión desde la propia interioridad del desafío, hacerse materia con el lenguaje de lo nombrado, habitar las zonas desapercibidas de la realidad, escribir un poema y darse cuenta de lo que será al día siguiente un buen poema, Ana lo sabe, Ana lo ha escrito:

era una nana
un manifiesto
un discurso de bienvenida
un homenaje
una canción de amor
un réquiem
el pistoletazo de salida
para la revolución.

Qué otras posibilidades le quedan a la esperanza. Gracias Ana por tu manera de estar en el mundo, gracias por tu bella manera de ayudar a transformarlo. Gracias por las conmovedoras manos de tu inteligencia creativa, las sumas y los restos que señalan el camino hacia los grandes días de la esperanza.




Juan Carlos Mestre