El blog de Ana Pérez Cañamares - poeta

lunes, marzo 17, 2014

Reseña de Ismael Cabezas en Universo La Maga

Si nos quedaba alguna duda de la grandeza de la palabra poética de Ana Pérez Cañamares, Las sumas y los restos, las disipan absolutamente, un enorme libro donde alcanza sólo lo que la gran poesía es capaz de conseguir, que nos sintamos partícipes del poema, que éste sea un lugar de encuentro, donde la palabra de la poeta, es también la nuestra.

Para leer la reseña completa, pincha aquí.

martes, marzo 04, 2014

Reseña de Francisco Javier Irazoki, en El Cultural

Ana Pérez Cañamares es autora de cuentos. También figura en varias antologías de poetas inconformistas, con notable presencia de jóvenes partidarios de expresar sin adornos sus vivencias. Nació en Santa Cruz de Tenerife, en 1968; reside en Madrid. Con Las sumas y los restos obtuvo el Premio Blas de Otero Villa de Bilbao.

El libro empieza con unos versos de la feminista norteamericana Adrienne Rich, y en ellos sobresale el pensamiento que sirve de guía a la poeta española: “Las palabras son mapas”. Y, como introducción a los seis apartados de la obra, Pérez Cañamares nos dice con qué materia va a unir estos mapas: “Antes de salir al mundo, levanta / un memorial a los ahogados”. En las secciones siguientes -cuyos títulos son los nombres de los puntos cardinales y “Los tesoros”-, así como en el epílogo, confirma su impulso rebelde. Nunca con sensiblería, propaganda o fáciles consignas. Tampoco a la manera de nuestros escritores sociales de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Con una base autobiográfica, en las páginas de Las sumas y los restos aparecen denuncias más extensas. Al tiempo que evoca la niñez, vivida en un ambiente económico modesto, la autora se analiza críticamente. Reconoce la humildad frente a un árbol; alude a un dardo que la limita; recuerda su juventud dispuesta a bailar con el caos. Se detallan las soledades del hombre moderno en sus islas repletas de artilugios para la comunicación. “Es el gueto que levantamos / dentro de nosotros”, nos advierte. Ella ha sentido la escritura como barandilla desde donde observa el mundo sin caerse.

“Fuerza” es el vocablo que con exactitud define la literatura de Ana Pérez Cañamares. Una energía llegada de las pequeñas verdades personales. Resulta especialmente vibrante el poema donde describe a una hermana nacida en otra familia, marcada por la miseria ajena, en un país remoto. Asimismo destaca un excelente texto dedicado a la intensidad. En las horas de sumisión vigila la conciencia y ve “cómo se llena de verdín / y se hace resbaladiza”.

Un mérito adicional. Leemos a una escritora culta. Después de citar a la mencionada Rich, transmite los versos de cinco poetas extranjeros del siglo XX: el estadounidense O'Hara, el polaco Zagajewski, el sueco Martinson, la inglesa Levertov, el israelí Amijai. Sus palabras pertinentes consolidan las de una obra, Las sumas y los restos, que prueba la madurez poética de Ana Pérez Cañamares.


 http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34226/Las_sumas_y_los_restos

jueves, febrero 06, 2014

Reseña de Las sumas y los restos por Joan Pinardell



Importa lo pequeño? Lo frágil?
Le damos el suficiente valor a aquellas cosas, en apariencia insignificantes, basándonos en su aparente simplicidad?...

Son las palabras, mapas o itinerarios, planos de tesoros o senderos a ninguna parte que hemos que aprender y desaprender para amar y desamarnos, y volver a habitarlas una vez ya reveladas aún con mayor rubor y generosidad?

Para Ana la poesía es la tabla de salvación para afrontar el naufragio diario que significa vivirnos.

Los ahogados, otros como nosotros, nos preceden o nos acompañan, y sin saberlo cargamos con sus alegrías, con sus penas, con sus cadenas o con sus sueños, (pasado y futuro) aunque miremos desde el presente viven en nosotros y caminan hacia un mundo idealizado: nuestras almas son pequeñas islas de un estuario que reconocemos como grupo, como familia, como clase, como especie siempre humana, siempre incompleta y con la obligación de completarse, o de intentarlo al menos.

Ante la aparente inutilidad de las preguntas sin respuesta, "Las sumas y los restos" nos propone la belleza de lo simple, de lo natural. Lo que articula la mirada del poemario en mi opinión, es una esperanza de salvarse, a través de la evocación y del asombro, sin dar prioridad a lo que suma, sin obsesionarse con lo que resta o lo que nos queda: los versos pasan desde el presente, miran hacia atrás y hacia adelante, sin aspavientos, sin dramas, como brisa moviendo cortinas, acompañando la soledad de nuestro desasosiego, conviviendo con la levedad indiscreta de una pequeña mariposa que se posa ante nuestras narices para incitarnos a la mesura de lo qué somos, a la pregunta de quién vive en nosotros.

Ante la distorsión de la rutina, de lo repetitivo, Ana busca la evocación poética como una salida. Cada ser humano, cada ser vivo, vive su particular gólgota o campo de exterminio, al tiempo que, unas veces por sustituciones y otras por una lucha esperanzadora, cada ser viviente busca su tabla, su camino feliz, los restos de lo que un día fue su infancia (esa barca sin capitán y sin bandera). Lo que queda de su alma que aún será capaz de expandir y de multiplicar. Lo que le proyecte hacia la vida y le haga soportable su propio futuro.

Nos salvamos por los demás y salvamos a quienes nos acompañan. Ese pudiera ser el gran sentido de lo poético. La isla de la fortuna o la tabla de salvación que viene con su equilibrio y estabilidad a liberarnos del infierno, del abismo o de la hecatombe.

Ana en este libro hace de la humanidad su hermana, su madre, su casa común, su guerra vencible, y sus versos son un ansia de cicatrizar, de curar, de cerrar cuentas con el dolor, con lo que nos inquieta, con lo que nos cuesta la tarea cotidiana del vivir. Tantas y tantas cosas que nunca llegaremos a cambiar pero que nos acompañarán para siempre. Cosas que merecen, como nuestras inquietudes y recuerdos, una generosa y digna salida. Una nueva mirada piadosa y reconciliadora en su sentido más humano.

Así en los versos de "Las sumas y los restos" se vislumbra una necesidad de reafirmarse por el perdón antes que por la condena. Por el amor antes que por el dolor innecesario. Por la luz antes que por la oscuridad velada. Son poemas por y desde la claridad. Y siento en estos versos una necesidad de aceptar la vida con paciente resignación, sin dolerse ni herirse en balde. Hay en la parte final del poemario una necesidad de abrazar al adversario que es uno mismo y que llega candente con lo bello y desgarrador, potente y frío, desde el pasado.

Para tal viaje la poeta ni quiere ni necesita intermediarios ni traductores. Decidida desde el primer verso hasta el último, rechaza lo añadido, lo postizo, busca lo que le viene ya dado y lo que ha hecho de si misma, porque Ana quiere mirarse, sentirse en propia carne y no a través de otros filtros, huye de falsos abalorios y de dilemas altisonantes. Se compromete con la vida sin atizar fuegos fatuos ni levantar estridentes banderas.

Sus tesoros, oh gloriosa poesía, son su hija, sus padres, su infancia, sus recuerdos, sus esperanzas, las palabras...

"Si aprendiera a cuidar lo pequeño
lo grande permanecería a salvo".

Bellos versos de "Las sumas y los restos" que en si mismos son una maravillosa declaración de principios.

Ana Pérez Cañamares (Santa Cruz de Tenerife, 1968) vive en Madrid. Alguno de sus cuentos han aparecido en antologías como Por favor sea breve (Madrid, 2001), Mujeres cuentistas (Madrid, 2009), Beatitud. Visiones de la Beat Generation (Madrid, 2011) o Al otro lado del espejo. Narrando contracorriente (Madrid, 2011), y otras. También ha colaborado con algunos de sus poemas en Resaca/Hank Over. Un homenaje a Charles Bukowski (Barcelona, 2008), 23 Pandoras. Poesía alternativa española (Madrid, 2009), La manera de recogerse el pelo. Generación Bloguer (Madrid, 2010), Por donde pasa la poesía (Madrid, 2011), y Mujeres en su tinta. Poetas españolas en el siglo XXI (Bilbao, 2012), entre otras, así como colaboraciones en distintas revistas en papel y publicaciones digitales.

La alambrada de mi boca (Madrid, 2007) fue su primer libro de poemas cuya segunda edición se realizó en2009 y al que le siguieron Alfabeto de cicatrices (Madrid, 2010), Entre paréntesis (Palma de Mallorca, 2012) y su libro de relatos En días idénticos a nubes (Madrid, 2009).

Las sumas y los restos, es su última entrega y ha sido galardonado con el “V Premio de Poesía Blas de Otero-Villa de Bilbao 2012.

miércoles, febrero 05, 2014

Reseña de Las sumas y los restos en Ediciones Paralelo.

Las sumas y los restos, 2013, propone un libro a dos voces y en dos actos: yo y el otro, el Otro -más apropiado-. Como lo llamaba Pepe Ramos, en lo que se declaró como la primera presentación no oficial de la obra de la poeta afincada en Madrid, se trata de una poesía social íntima, y no le faltaba razón. Los buenos poemas que contiene Las sumas…, que, siendo fieles a la verdad, son los más, hablan de un yo frente a otro yo que puede ser el padre o lo que haya más allá de las cálidas fronteras. No existe el poeta ensimismado pues, tras cada espejo, tras cada recuerdo o cada nostalgia aparece el germen aún en crecimiento de lo que fuimos y lo que estamos siendo. Detrás Varsovia, una concertina, detrás de una ablación, calefacción central.

Son conocidos desde hace unos sesenta años los peligros de la poesía social, poesía que tiende hacia el panfleto, hacia las siglas -qué es CEOE-, hacia Mariano Rajoy o Largo Caballero -los nombres-, hacia una clase-molde-clase, -quizá ya inexistente- o hacia la Historia -con mayúsculas- de la vuelta del Redentor al mundo de los vivos. Las sumas…, quizá haya sido capaz, y por ello le mando toda mi admiración a la autora, de combinar la poesía con el neguijón que, en efecto, forma parte de las enfermedades que felizmente nos corroen como civilización.

Diría ya han pasado, hablando de la poesía de Ana Pérez Cañamares como el verso carente de lastre, el buen verso, que no es sino una de las muchas formas de tender al vacío como caería una supuesta pluma cayendo mecida hacia la tierra, con el fin de deshacerse a uno mismo, tal vez. No existe la dicotomía fascista entre malos y buenos, pero existe la rabia de los desarmados dispuestos ha arrancarnos y a vestir nuestros conopeos tantos siglos usurpados.

Los pasillos. Son estos, hasta donde yo leo, lugares de tránsito, como aeropuertos o estaciones de tren -si nos ponemos más románticos-. Son la línea recta que se traza en Las sumas… entre la muerte del padre, yo, la vida de la hija, siempre con una letra sincera y pausada que no duda en mirarle a los ojos a los viejos de caras arrugadas, que somos y por ello nos espantan.

Desde esta plataforma les convido a leer a la autora, pues no es fácil en los tiempos que corren de sobre explotación del término poesía encontrar a alguien con un proyecto férreo y consistente. Una voz muy propia, muy con mayúsculas, que se expande a través de los espacios donde su poesía es leída, y lo que sin duda supone un mérito amplio, Las sumas y…, pasada la resaca de su puesta en público, permanece en la memoria y en el papel sin que como la mayoría de obras que se publican en estos nuestros ámbitos actualmente, pierda la coherencia por la que el texto mismo se singulariza ni se desmorone como la mayoría de las cosas ¿de la vida?

Me quedo con un verso de Ana Perez Cañamares que me estremece y termino:
«las cosas, hija, solo son cosas»

 http://edicionesparalelo.com/ana-perez-canamares-las-sumas-y-los-restos/

martes, febrero 04, 2014

Reseña de Las sumas y los restos en La tormenta en un vaso

Miguel Baquero


Muchas veces pienso que, igual que si arrimamos las narices a —es un ejemplo— el monasterio de El Escorial sólo vemos un bloque de granito, o si nos acercamos demasiado a un cuadro pongamos de Dalí no apreciamos sino manchurrones de pintura, así la excesiva cercanía temporal con las cosas (las personas, los libros) de los que somos contemporáneos nos engaña respecto a su apreciación. Es muy difícil apreciar un cuadro o captar la verdadera grandeza de un edificio si no retrocedes varios pasos y lo contemplas desde una cierta distancia. Olvidémonos aquí de las alharacas publicitarias, esos espejos deformantes que por norma engordan o estiran o incluso cimbrean los objetos que se le ponen por delante; en general, resulta «extraño», suena «raro» concluir que un libro que acaba de salir y tú acabas de leer, escrito por alguien de tu edad y donde, para colmo, se nombran aspectos de tu vida cotidiana, pueda ser una obra importante y duradera. Nos falta la perspectiva del tiempo, que todo lo va recolocando en su sitio.
Pues bien, pese a todo ello yo opino que Las sumas y los restos, el último poemario de Ana Pérez Cañamares (y que por unanimidad, según reza en el «Acta del jurado» con que se abre la obra, ganó el último premio Blas de Otero), es un libro llamado a permanecer (a poco que la respeten los caníbales de la distribución). Estoy convencido de que en un futuro se seguirá leyendo y que ha ingresado en el exiguo censo de las obras que pueden perdurar. Así lo creo, sinceramente, porque creo que abunda en méritos, en logros; porque creo que es una obra básica, en el sentido de que toca elementos fundamentales, trasciende la anécdota, alcanza la raíz. En el sentido de que nada hay de superfluo, todos los versos tienen, página tras página, una razón para estar ahí.
Y no hablo sólo de razones estéticas —aunque también, y por supuesto: el objetivo al fin y al cabo es, partiendo de la emoción, llegar a la obra de arte—. A este respecto, Ana Pérez Cañamares cuida de la estética de sus versos no mediante metáforas deslumbrantes y que, al fin, no dejarían de tener, como es lo común, un cierto toque efectista. Antes bien, a menudo se sirve de imágenes cotidianas, insulsas en principio, imágenes, por qué no decirlo así, «barriobajeras», como una tormenta en medio de un partido de fútbol, un perro ladrando en un balcón, una lavadora que suena una mañana soleada… destellos en medio de la grisura de la vida corriente, manifiesto continuo de que la poesía no crece exclusivamente en ciertos terrenos ajardinados sino entre las junturas de los edificios y quizás antes que en ningún sitio en los descampados de las afueras de la ciudad. Y junto con esta recolección calma —no agotadora, no fatigosa para el lector— de imágenes sencillas pero significativas, está la musicalidad que la autora ha sabido imprimir a los versos. Las sumas y los restos va «sonando» según avanza, con una música poética que al final, cuando uno cierra el libro, descubre que ha estado ahí prácticamente todo el tiempo, que se ha instalado no sabe en qué parte, ha estado vibrando al fondo, ayudando a que avanzaran los poemas, y ahora la echa de menos. Porque la poesía es emoción, por supuesto, originalidad, sinceridad, desgarro a veces, pero sobre todo es música, y quizás en saber extraer esa música distinta e indefinible está el factor diferencial.
Junto con esta refinada estética, Las sumas y los restos es un libro sobresaliente por la verdad y la humanidad sobre la que está construido. Es un libro verdadero porque, poema tras poema, se va advirtiendo —y hacia el final resulta evidente— que la autora se está desmenuzando ante los lectores, mostrándoles su interior, pero sin ese —de nuevo aquí la contención y la mesura de una poeta en su madurez creativa— exhibicionismo que tantos buenos poemarios ha malogrado. De hecho, el libro al cabo se nos descubre como un trayecto que no solo se anuncia con la progresión de los sucesivos capítulos —que concluyen con «Los tesoros»— sino que ya el mismo título nos pone sobre la pista. El poemario parte de la insulsa realidad, donde todo se suma mecánicamente, y va depurándose palabra a palabra hasta llegar a ese «Los tesoros», a ese «Los restos» que constituye el recuerdo de los seres que un día quisimos, aunque también odiamos, o mejor, despreciamos, porque no se trata de edulcorar nuestros sentimientos, sino de hallar esa autenticidad que pese a todos los golpes del tedio late en el fondo de cada uno, eso que somos nosotros mismos y que quienes nos precedieron nos han ayudado, seguro que inconscientemente, pero movidos de una incomprensible humanidad, a construirnos.
Ese camino, absolutamente poético, de búsqueda del propio germen en el que se interna la autora, y que acaba con unos versos sencillamente esplendorosos: «Vuestras manos / algún día / colgarán de mis brazos», es un camino que acabamos sintiendo como propio, como nuestro también. Un camino que se ha ofrecido, generosamente, a cualquier lector, y del que yo invito a disfrutar a quien lea esto, en la confianza de que, como yo, habrá muchos que piensen hallarse ante una gran autora y ante un poemario excepcional.

lunes, febrero 03, 2014

Las palabras de Belén Artuñedo en la presentación de Las sumas y los restos en la librería A pie de página, en Valladolid.



Buenas tardes, me corresponde introducir hoy la lectura que Ana Pérez Cañamares va a ofrecernos de su libro Las sumas y los restos, que obtuvo el V Premio de poesía Blas de Otero Villa de Bilbao 2012 y le agradezco a Ana la oportunidad que me ha dado de acompañarla en esta invitación a la lectura de su libro; también su confianza en que yo dibuje un itinerario de lectura personal, que es lo que puedo hacer: comentaros los hitos que, en mi manera de hacer míos sus poemas, han marcado la conmoción que su mirada sobre las cosas y su voz me despiertan.
El libro se abre con una cita de Adrienne Rich que nos despliega el título del libro sobre la mesa y nos ofrece un horizonte de lectura perfilado entre la arqueología y la navegación: “Vine a explorar el naufragio” elige Ana como marco del inicio del viaje; y el naufragio nos remite a la pérdida y al hallazgo, al destello sepultado por el tiempo que la voluntad y el convencimiento de la delicadeza de la búsqueda y el valor de las cosas pequeñas consiguen al cabo revelar: el tesoro que permanece, las alas que la madre quiso ver crecer en la espalda de su hija.
Porque los poemas que abren y cierran el libro son ambos una exhortación que dibuja el punto de partida de la singladura propuesta por la poeta y la orilla a la que se arriba: antes de la salida a la mar “arrepiéntete” y “levanta un memorial a los ahogados”, nos apremia el poema, condiciones previas a la búsqueda, a la escritura: despojarse y saber de dónde venimos, es decir, honestidad y lealtad para una mirada limpia, con las palabras, en el poema. Y en el epílogo, ya con todo el camino recorrido dentro, tras la poda de la indagación sin complacencia, una voz íntima con vocación de pancarta libertaria: “defiende tus alas”, nos lanza el poema. Y es lo que Ana hace a lo largo de este libro: no sólo defender sus alas, sino defender las nuestras. O más bien, prevenirnos, zarandearnos, llamarnos a la revolución extendiendo ante nuestros ojos los mapas de los desheredados, porque (y cito a Adrienne Rich): “Estos son los suburbios del consentimiento” (Atlas del mundo difícil). Nuestro silencio es suburbio, nuestra inacción sólo nos vuelve perdedores, no nos protege de nada, sólo nos hunde en la gran falacia de pensar que el tiempo pone las cosas en su sitio. Surge así en el poema una misión ineludible: “Hablar, para que los caídos sigan teniendo voz en mi locura”.
La cita que Ana elige para iniciar su cuaderno de bitácora, sus poemas reunidos e imantados por los cuatro puntos cardinales (Norte, Sur, Este, Oeste) una rosa de los vientos con su daño y su belleza, se lee casi como una consigna; es una cita de Frank O’Hara que nos reta: “En tiempos de crisis, debemos todos decidir una y otra vez a quién amamos”. Tenemos que elegir aliados, elegir bando y abandonar los porcentajes del dolor ajeno para hundir las manos en nuestra propia vida y saber qué estamos disfrutando y a quién se lo debemos.
Pero esta insurrección en el poema se proclama desde el lenguaje de la delicadeza, desde la fragilidad de nuestras buenas intenciones, algo que resurge en los poemas de Ana, cuando en un libro anterior ya escribía: “Tú pones la comida / para los gatos callejeros / pero no sabes si son las ratas / las que dejan el plato vacío”. Esta malversación de las buenas intenciones que nos deja la boca tan seca, de pura tristeza.
El poema dice la rebelión íntima con palabras de la ternura cotidiana, de la observación en soledad de un perro maltratado, de la gente mayor que sale en zapatillas a la calle, de la primavera al otro lado de la ventana, de los arañazos de una gata. Y en una percepción del tiempo y el espacio que nada tiene que ver con la arenga y la plaza pública, sino con la lentitud de las mañanas de domingo o el tiempo cansado después del trabajo,  y tiene que ver con la casa, el mueble, la ventana, el balcón, la barandilla. Asomarse y asombrarse, nos dice Ana “para nacer a cada instante” en el poema.
Las sumas y los restos  es un libro edificado sobre la memoria, sobre lo que Juan Carlos Mestre define en Ana Pérez Cañamares como “la piedad de la memoria”. Tras ahondar en el error, en la culpa, en el intento fallido, en la pérdida, en el compromiso siempre insuficiente, tras la larga travesía en busca de los restos del naufragio que en el poema suman raíz y se transforman en orgullo de lo que somos, la voz del poeta llega al tesoro. Todo el libro está lleno de imágenes impresionantes que conmocionan pero, la parte final, “Tesoros”, es la que más me ha hecho hundir las manos en mí misma. La memoria de los padres desaparecidos, que no viene sino a encontrar el destello vital en el gran memorial de los desposeídos, es salvación; de nuevo, en una cita que nos despeja el horizonte de llegada a puerto, el poeta elegido (Yehuda Amijai) nos anuncia: “De lo que no volverá a existir, brotan flores”. Cuestionarse la mirada sobre el pasado, volver al “largo y polvoriento camino de la infancia”, dice Ana, convocar una vez más las esperanzas puestas en nosotros a las que no respondimos, a las mentiras de nuestros padres y a las nuestras, seguir necesitando ser hijos aunque las palabras “padre”, “madre” ya no estén en el aire… Los versos más radicales de Ana Pérez Cañamares en este libro, los he encontrado en un poema de “Tesoros”:
Vuestras manos:
Algún día colgarán
De mis brazos
Y de esa inmersión en lo doloroso, en todo ese difícil amor, volver con el pan, la ropa blanca y una conciencia que puede, con dignidad, lanzarnos versos como octavillas:
DEFIENDE TUS ALAS
A LA REVOLUCIÓN POR EL HARTAZGO
LUCHADORES, LLAMADME
Termino con dos citas, una de Adrienne Rich y otra de Adam Zagajewski, poetas citados en el libro, y que me sirven para resumir lo que creo que son los poemas de Las sumas y los restos, poemas para acompañar una vida hasta el final.
De algún modo, tú y yo nos ayudaremos a vivir,
Y en algún lugar nos ayudaremos tú y yo a morir.
Y Adam Zagajewski, en su poema “Habla más suave”, expresa un sentimiento de orfandad común  en el que me siento muy cerca de Ana Pérez Cañamares:
Una ternura inmensa,
como si fuéramos huérfanos de la misma casa
pero siempre apartados los unos de los otros
en las frías cárceles de la actualidad.
Enhorabuena, Ana, por tu libro y por el reconocimiento que ha recibido.

jueves, diciembre 12, 2013

Las palabras de Juan Carlos Mestre en la presentación de Las sumas y los restos



LAS SUMAS Y LOS RESTOS
Ana Pérez Cañamares



Puede la poesía ser la audacia de la inteligencia humana en épocas de penuria, puede la poesía, queridas amigas, amigos, convertirse en el desafío de los lenguajes del porvenir ante las suplantaciones de los significados, siempre revolucionarios de la esperanza, claro que puede la poesía ser a la vez el lenguaje de la delicadeza humana frente a los actos de fuerza de los sistemas de dominación y constituirse a su vez en un acto de legitima defensa contra la soberbia obstinación del poder para mentir. Puede la poesía, y este libro de Ana  Pérez  Cañamares,   Las sumas y los restos, así lo evidencia, ser útil en la travesía de los náufragos, de aquellos que expulsados de la felicidad por el pragmatismo obsceno de la usura habitan las zonas desposeídas de razón, los límites de la sobrevivencia donde el capitalismo ha reconvertido la condición de los ciudadanos en ejercicio de sus derechos civiles en clientes portadores de hojas de reclamaciones. No está bien el curso que han tomado los acontecimientos, está mal la impunidad con la que las oligarquías financieras han secuestrado la voluntad civil de la democracia, resulta intolerable el retorno oscuro de las ideologías supremacistas que vuelven a amparar las  ficciones criminales del racismo, la xenofobia, el antisemitismo, la discriminación de género, la intolerancia ante la disidencia del que difiere de los discursos de orden. Y si digo estas cosas, admirada Ana, queridas amigas, es porque hoy la cuestión de la poesía está, vuelve a estar como lo ha estado siempre, relacionada, implicada, con la verdad, con el pensamiento que sale al encuentro de las palabras con la determinación moral de constituirse en testigo inaplazable de un necesario histórico, la lucha por la dignidad, la elaboración del relato dialéctico que dé sentido a los textos de cultura como herramientas del espíritu frente a la publicidad vergonzosa de los documentos de usura que propicia la barbarie del capitalismo.  Creo que sin este contexto ideológico, se comparta o no su apreciación crítica de la realidad, no sería posible entender el desafiante proyecto poético de Ana, la insurrección de su apasionante conciencia frente al materialismo mecanicista de una sociedad varada en los más retrógrados esquemas de conducta política, la dejación de responsabilidades morales y cuanto implican el menosprecio de los humildes y el desamparo hacia los débiles. Ningún lenguaje, amigas, amigos, es neutral, y menos puede serlo hoy ante los templos donde la barbarie ha vuelto a imponer su desastre en todas las zonas de la realidad donde la estética se ha de empeñar en corregir el error hegemónico. La poesía de Ana trabaja en ese territorio, sus metáforas no se limitan a cambiar la realidad de sitio, a deslizarse entre los decorados donde cristaliza la bella formalidad de los modelos canónicos, sino que desobediente a toda preceptiva, ajena a los préstamos con los que la sociología del reconocimiento fideliza la dependencia a los lenguajes normativizados, nos enfrenta a la metamorfosis de aquellos valores instrumentales del pasado en desafiante conciencia de porvenir, es decir en búsqueda de identidad personal ante los presupuestos dogmáticos de la tachadura civil que despersonalizan a la mujer y al hombre para reconvertirlos en meros instrumentos productivos de generación de plusvalías.  Está dicho, hay que decirlo cada vez en voz más alta, como lo lleva diciendo Ana Pérez Cañamares:

por los que dejan atrás casa y familia

por el dolor que no merecemos sufrir ni ver

por los campos arrasados

por los animales que se hacinan

por los niños que trabajan

por los ojos que se cierran por el cansancio y la muerte

por el tiempo que no volverá

por la vida que nos robaron

por la vida

mi amor

por la vida

versos de aquel memorable poema suyo, Capitalismo,  cuya cifra es exactamente la poética revolucionaria que hoy significa el desafío de derrotar a la tosquedad reaccionaria y sostener como tesis de la poesía el amparo y la consolación, la piedad de la memoria y la misericordia ante las trampas de la crueldad jurídica, una conciencia histórica que permita reconstruir la sociedad civil sobre unos nuevos fundamentos que hagan imposible la desigualdad y los privilegios de casta entre las causas más ominosas del sufrimiento humano.  No, no estoy hablando de otra cosa que no sea de poesía, me estoy refiriendo a Las sumas y los restos, el espléndido libro con el que Ana obtuvo el premio Blas de Otero 2012,  un poemario que tiene mucho, en tiempos de desmemoria y culto al olvido, de memorial de los desheredados y mapa de navegación de los que ante los pórticos de Occidente exigen responsabilidad, justicia e inocencia, poemas exactos para tiempos inexactos, poemas acogedores  en época de intemperie, poemas morales en un siglo tras otro de inmoralidad discursiva, poemas en ejercicio permanente de dignidad en tiempos donde la cobardía y el acomodo se han convertido en estrategia intelectual de supervivencia, palabras para cada cosa en días en que no hay las más elementales cosas para tantos, textos en alianza con la imaginación y el buen lugar donde los sueños colectivos se enfrentan a la negatividad de los exclusivistas y por ello mezquinos intereses individuales. Para entender este libro hay, amigos, amigas, que vivir esta vida, este mundo hambriento, esta ciudad secuestrada por la mediocridad y los expoliadores del erario público. Aquí tiembla en su intemperie la desolada condición humana, la gente corriente, los que viven del trabajo de sus manos, los supervivientes de las utopías traicionadas por la recompensa de los mercados, las bienaventuradas personas que fieles a sus ideales siguen pensando que los seres humanos somos responsables unos de otros. Desde esa responsabilidad escribe Ana, desde los símbolos de la resistencia que ofrecen refugio al humillado por los títulos de propiedad y los aparatajes retóricos de la violencia de estado. La poética de Ana busca, encuentra y funda un lugar, el lugar donde a un otro todavía le sea posible decir existo, soy inocente, tengo derechos, no me mates. No sé si como pensaba Pablo de Rokha el poeta es el coordinador de las angustias del universo, o el organizador del pesimismo, o el bailarín al borde del abismo de Nicanor Parra, pero de lo que no cabe duda es de la función y necesidad de la poesía en el instante de peligro, en el tiempo-ahora del que nos hablaba Walter Benjamin y no la historia como lugar del tiempo vacío. Hay lugar en este libro para el sujeto problemático, y lo hay para el enigma y la construcción expresiva de un territorio para las ensoñaciones, para los pequeños acontecimientos cotidianos que constituyen la épica sin héroes del individuo, de su otredad contemplada en el espejo sin reflejo de la imaginación crítica. Y hay maravilla porque hay relámpago, es decir, hay iluminación, es  decir hay videncia de modernidad en la confusión que el desorden de los sentidos proponen a la vida y la literatura, ser la misma cosa. Ana Perez Cañamares conoce la historia  hecha de amor y sangre, y así la fija en el vértigo de cuanto escribe, íntima y pública su voz es una singularidad excéntrica, alejada de toda esa dulzona propaganda sentimental del yo, una voz insurrecta en la elección de sus cómplices, las mujeres que han hecho de la vindicación de sus derechos una insustituible lucha contra los constructos sociales y culturales del patriarcado. Libro radical en su ternura, versos forzosa, indisolublemente vinculados al amor, ese discurso de la extrema soledad en palabras de Octavio Paz, lo amoroso como intensidad anhelante del deseo ante las simulaciones de la ruina romántica, el amor como solidaridad y movilización total de los afectos. Recuerdo todo lo que olvidé, escribe Ana. Escribo porque mi madre no escribía; escribo porque no tengo jardín ni perro y vivo en un lugar sin mar; escribo porque mi voz y sus ecos me hacen compañía. Escribo para saber si tengo que perdonarme, pedir disculpas o exigir responsabilidades. Escribo para rescatar aquello en lo que quiero creer, lo que no puedo olvidar; para salvar mi voz del barullo. Escribo porque la belleza no sólo consuela, sino que es lo único que me permite mirar el dolor cara a cara. Escribo para no dar nada por sabido.​​​ Una poética, si, una reflexión desde la propia interioridad del desafío, hacerse materia con el lenguaje de lo nombrado, habitar las zonas desapercibidas de la realidad, escribir un poema y darse cuenta de lo que será al día siguiente un buen poema, Ana lo sabe, Ana lo ha escrito:

era una nana
un manifiesto
un discurso de bienvenida
un homenaje
una canción de amor
un réquiem
el pistoletazo de salida
para la revolución.

Qué otras posibilidades le quedan a la esperanza. Gracias Ana por tu manera de estar en el mundo, gracias por tu bella manera de ayudar a transformarlo. Gracias por las conmovedoras manos de tu inteligencia creativa, las sumas y los restos que señalan el camino hacia los grandes días de la esperanza.




Juan Carlos Mestre