El blog de Ana Pérez Cañamares - poeta

lunes, octubre 05, 2009

Despedidas, por José Ángel Barrueco


A mi amigo José Ángel Barrueco le han echado de su trabajo. El trabajo de José Ángel consistía en publicar una columna diaria en un periódico, cosa que ha estado cumpliendo durante casi diez años. Ahora le dicen que puede seguir publicando, pero sin recibir ni un duro. Es lo que digo siempre: qué lejos llega la mala gente haciéndose la tonta. Y algunos es que son malos y tontos, además, no tienen ni que hacérselo. En este caso, encima, han pecado de falta de elegancia: no le han publicado a JAB su columna de despedida. La elegancia no es sólo una cuestión de formas: la elegancia es una forma de decirle al otro te tengo en cuenta, existes. Lo siento. Eso al menos te debo. La elegancia es educación y respeto. Pero cuando falta el respeto, es que faltan otras muchas cosas previas.


El otro día leí en el diario Público una idea obvia, pero que me sorprendió al verla expresada de forma tan contundente: si hay tanto paro es porque las empresas se niegan a bajar sus beneficios. Y en tiempos de crisis lo primero que se recorta es en gastos laborales = trabajadores. Eso somos para ellos y no hay que olvidarlo. Si ellos no nos dan ni la elegancia, nosotros no debemos darles ni la ignorancia ni el olvido de lo que en verdad somos.


Y ahora, una vez más, las palabras agradecidas y, esta vez sí, elegantes, de JAB:


El texto de abajo es mi último artículo para el periódico. Estaba previsto para hoy. Era mi despedida (a la fuerza: dejan de pagar las colaboraciones; al menos, las mías). Ni siquiera han querido publicarlo. Pero, ante este tipo de manipulaciones, nos queda el poder de internet. En la red no pueden tapar todas las bocas. La mía, al menos, no.




Detesto las despedidas. Dejan un poso de amargura, un sabor agridulce, que no conviene a nuestros paladares. De hecho, no deberíamos despedirnos nunca. De nadie. Ni siquiera de nuestros muertos: los míos, los que dejé atrás, los que se fueron, aún me visitan en mis sueños. De este periódico, donde tantos nos hemos forjado escribiendo, y que a tantos nos ha acogido, guardo en la memoria los adioses escritos de quienes dejaron su puesto, por unas u otras causas. Quizá el más emotivo, o el que yo recuerdo con más afecto, fuese el de mi antiguo director, Francisco García, en su diana titulada “Hasta siempre”. En aquel texto minimalista, como todos los suyos, escribía: “Llegó la hora del cambio de destino, que nunca se augura pero siempre llega, de la llamada a nuevas metas y horizontes; la hora del adiós que es hasta pronto o hasta siempre”. Es conveniente que no olvidemos esas palabras: “Nunca se augura pero siempre llega”. Paco apostó por mí hace ya casi diez años. Primero, como columnista semanal. Luego, diario. Creo que a él se lo debo todo; para mí supuso aliento, soporte y auxilio en los momentos bajos. Desde entonces hasta ahora, en que el camino se termina, he escrito para este periódico algo más de 3.100 artículos. Esa cifra es mi medalla, y por supuesto también lo es el apoyo de los familiares, los amigos, los compañeros de oficio y los lectores, tanto los compinches como los enemigos. La gente que me aguantó y la que no. Incluso las personas más cercanas a mi círculo me dieron alguna vez un tirón de orejas, seguramente merecido porque soy humano.
Estamos en tiempos de crisis. En tiempos oscuros. De recortes, despidos y cambios de rumbo. Hay nubarrones sobre nosotros y aún queda por llegar lo peor, la tempestad. Una vez me dijo un colega, cuando estudiábamos juntos en la universidad: “Estamos abocados al fracaso”. No se me han olvidado esas palabras, pero hoy se hacen extensibles al país. España está abocada al fracaso. Decía un personaje de “The Dark Knight”: “La noche es más oscura justo antes del amanecer. Os lo prometo, no tardará en amanecer”. Veremos. Porque a mi alrededor sólo veo gente que cae a la lona. Lo importante es que siempre nos quedan fuerzas para incorporarnos. Dicen que, cuando una puerta se abre, otra se cierra. A Zamora le restan aún energías. Es una ciudad que ha soportado de todo. Lean con atención estas palabras: “No, Zamora no se ha perdido en una hora. Pero sí se ha perdido en años y más años de cercos, de olvidos de sus posibilidades, de murallas de silencio para sus necesidades, de portillos por donde se han traicionado sus bienes y haciendas más comunes y por donde ha ido exportándose la flor de sus habitantes”. No son recientes. Las escribió el poeta zamorano Justo Alejo en el 77. Y, hoy, el cuento es el mismo.
Dije al principio que detesto las despedidas, y de ahí el título de este último artículo diario. Seguiré apareciendo por aquí, si nada lo impide, cada domingo, junto a la tribu de colaboradores dominicales. Con el texto de hoy se cierra una etapa. Casi diez años en los que he visto (con pesar) cómo algunos columnistas se iban. Una etapa plena, sin embargo. De aprendizaje. De forja en la escritura, igual que si uno asistiese con puntualidad a un gimnasio para fortalecer sus músculos. Y coincide con la reedición de mi primer libro: una década después. Como si en estos años hubiera trazado un círculo que ahora se cierra y completa. Amigos, les espero a la vuelta de la esquina, dándole a la tecla, y me despido con una cita de J.D. Salinger: “No cuenten nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo”.

JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

1 comentario:

Arruillo dijo...

Una auténtica lástima, porque sin conocer a fondo a José Angel, seguí lo que escribía en Megustaescribir y me pareció muy interesante.
Seguro que habrá otro lugar donde tendrán cabida sus escritos, ello no quita para que no me parezca adecuada la despedida luego de tantos años de colaboración, me parece algo frío e impersonal ese tipo de cosas, parece como si los trabajadores fuésemos poco menos que maniquíes.
Suerte en futuras iniciativas.
Un saludo