El blog de Ana Pérez Cañamares - poeta

domingo, octubre 28, 2007

...más ideas al hilo de Riechmann

"Cuanto más se generaliza un consenso, cualquier consenso, es cuando más falta hacen escritores, pintores, músicos, poetas que -como Enrique Falcón- digan la otra verdad".

Ya he contado otras veces que hacía mucho que yo no leía poesía asiduamente, hasta que hace dos años, después de una crisis de escritura tras el empeño en escribir novela, no sé por qué me volví hacia la poesía. Quedé deslumbrada. Me di cuenta de que en la escritura de poesía podía volcar todo, todo lo que me interesa, a nivel personal, a nivel humano. Pensamiento, intuición, emoción, ética y estética se unían en un ensamblaje llamado poema.
Creo incluso que primero fue escribir poemas y luego ponerme a leer, intentar hacerme una idea de todo lo que me había perdido en los años anteriores y de lo que se escribe ahora y puede interesarme. No sólo poesía en sí, sino también textos sobre poesía, los textos deslumbradores que escribe gente como Riechmann o Antonio Orihuela. Textos en los que me oriento mediante mi intuición, mi realidad y mi deseo. Textos a los que pregunto: ¿y yo? ¿Qué tengo que decir? ¿Qué puedo aportar? ¿Cuál es mi sitio?
Puedo decir -a mi favor- que nunca he dejado de observar. Miro a mi alrededor, y miro también hacia dentro. Nunca me he fiado de los caminos trillados -y ese ha sido mi error y también mi riqueza. Lo mismo puedo decir de mi viejo vicio de compararme, de preguntarme con respecto a los demás ¿y yo, yo qué hago? ¿Dónde me sitúo, en qué me muevo?
Y de eso puedo escribir: de mí, y de mí con respecto a los otros. Sé que el fracaso de esta sociedad abarca muchos estratos. A mí me ha costado unirme, moverme en grupo. Pero sé que esta sociedad fracasa también de puertas para adentro. Sé de las dudas y dolores que se sienten cuando se intenta ser honesto en la amistad, en la maternidad, en la pareja, en la familia. Sé de los corsés que aprietan y atenazan, y sé del abismo que se siente en la ignorancia, cuando se deja atrás lo sabido y lo heredado, lo que no nos vale. Sé de memoria ese consenso general del que habla Riechmann y lo necesario que es que nos digamos: no sabemos. Ayudémonos. Consolémonos. Imaginemos otra vida. Pero antes admitamos que no sabemos. No nos sabemos en pareja -en un amor de verdad, sin daño, sin poder, sin competencia-; no nos sabemos como padres -en una autoridad que acompaña, que aconseja, que contempla-; no nos sabemos en una amistad sin frivolidad, sin distancia, sin recelo; no nos sabemos en soledad tampoco; no nos sabemos en el metro, en el trabajo, en esta marabunta de la ciudad, de las distancias, de las luces fluorescentes, de la violencia y la alienación. No nos sabemos.
Vamos a decirlo en voz alta. Vamos a dolernos y a llorar juntos. Vamos a desnudarnos y mirar con compasión nuestra fragilidad, nuestras cicatrices, nuestros tumores. Vamos después a celebrar que estamos vivos y que vamos a arriesgarnos. Vamos.

4 comentarios:

Viktor Gómez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Viktor Gómez dijo...

Querida Ana, de la boca desalambrada:


El desdecir primero de nuestros contemporáneos ninguneados por el Atrio y la Escena y la casi urgente relectura de los poetas muertos (Lautreamont, Dalton, Pizarnik, Macedo...) nos sitúan frente al desierto:

Las piedras son un mar inmóvil que nos tutea:

No oís la sangre evaporada?
no veis el sudor densado?:

Demasiado tiempo mirando al sol
para que ahora no se tarde
en ver
en las sombrías noches del desierto
una mujer acunando la muerte,
un libro de nómadas protegiendo a un niño.

El viento no es otro y siempre es distinto:

Un tú que se resiste.

Tu Viktor

Marta Sanuy dijo...

Venga Ana, vamos.

Enrique Ortiz dijo...

Vamos, sí; por ahora voy a imprimir esta entrada para ponérmela delante las 24 horas, 7 días a la semana. Un beso, Ana.