El blog de Ana Pérez Cañamares - poeta

lunes, diciembre 04, 2006

Londres

Aquella fiesta en Londres,
en el peor barrio de Londres,
el barrio más sucio y peligroso
de todo Londres.
La fiesta en la casa okupada:
una burbuja de beats y éxtasis,
flotando, sobrevolando las ratas,
las pilas de cajas de cartón,
el olor a meada en las esquinas de los pubs.
En la casa sin luz, los ojos brillaban
como bolas de discoteca.
Los ojos como hogueras encendidas en la distancia.
Por una escalera, rozando las manos de los que descansaban,
subí al piso de arriba, cansada de las caras conocidas,
del idioma viejo que sonaba desgastado.
Me senté junto a una pareja
que hablaba de sus cosas, supongo,
con palabras lentas, que iban desnudando sin prisa,
sobre el sofá desvencijado.
No sé en qué momento me tumbé sobre sus piernas.
Parecía natural que allí mismo, en aquel instante,
me quisieran como a una hija.
Siguieron hablando mientras su murmullo me acunaba.
Yo era un recién nacido que sólo entendía el calor y la blandura.
Ella me tocaba el pelo, él tenía la mano sobre mi vientre.
Los padres ideales, me dejaban crecer sin interferencias,
como una flor en el jardín trasero,
agradecidos al bebé tranquilo que no llora,
que no interrumpe su conversación de adultos.
Luego llegó aquel negro enorme, con su traje negro,
un agujero en la burbuja
por el que se colaba el mundo que seguía respirando tras las paredes.
Estaba borracho y vendía coca, sin éxito.
Se enfadó, trastabilleó, empujó, maldijo,
como un dominguero que descubre
que otros han llegado antes que él,
y su pradera es más verde,
y el sol caliente más en su lado del valle.
El paraíso ya estaba vendido, y ocupadas todas sus parcelas,
y lo teníamos todo. Éramos afortunados. Nadie necesitaba nada.
Ni excusas, ni promesas, ni amenazas, ni otras mercaderías.
Mis padres sin nombre me apretaron más fuerte,
hasta que la nube desapareció.
Cuando necesité independizarme, me dejaron ir.
Yo dije gracias en su idioma.
Era todo lo que había aprendido. Era mucho.
Los escalones eran años
mientras me alejaba de mi familia,
la familia que me había cuidado y protegido del miedo,
sin culpas ni deudas por saldar.
No sé si me recuerdan.
No necesito que me recuerden.
Siguieron su viaje hacia otras músicas, otras fiestas, otros hijos.
Yo a veces les recuerdo,
y entonces deseo tumbarme sobre otros desconocidos,
sentir sus manos,
escuchar sus palabras que no van dirigidas a mí.
Cuando voy en metro y estoy cansada,
y me digo por qué no juntamos nuestras cabezas,
como hermanos que duermen juntos
en el asiento de atrás,
a la vuelta de un paseo agotador.
Les recuerdo y digo gracias en mi idioma,
y sé que no volverá a pasar,
pero juro que pasó.
Y digo: es posible. Sucedió.
Lo posible nunca deja de suceder.

5 comentarios:

Nicolasillo, monje Shaolin dijo...

Lo imposible tampoco deja nunca de suceder.
Bonita historia.

Ana Pérez Cañamares dijo...

Pues tienes razón. Igual es que todo ha sido posible alguna vez, todo ha sucedido y sigue sucediendo...

Fernando dijo...

Esto parece un viaje por el LONDRES psicodélico o un viaje al parnaso de las drogas...momentos de la vida por montera?...un abrazo ya me he fijado que has puesto un enlace de mi blog...yo también te he puesto...

Ana Pérez Cañamares dijo...

Pues sí, tuve el privilegio y la suerte de vivir en Londres durante dos años, cuando tenía poco más de veinte, las primeras raves, en casas que se okupaban por una noche para hacer una fiesta, todo el mundo puesto de éxtasis del bueno, hermanados por la música y el mejor buen rollo colectivo que yo haya conocido nunca, fiestas que empezaban con teatro negro y que acababan con naranjas que desconocidos te exprimían en la boca, o con colacaos en casas de amigos, o viendo amanecer en un parque... Tuve un ataque de nostalgia y escribí el poema. Un abrazo

Aylandara dijo...

Este verano pasado estuve en Londres. Me fascinó el lugar y las experiencias brutales que ese lugar me regaló.
Dicen que hay bofetadas que te hacen madurar y despiertan tu interior.
Londres me dio el puñetazo que necesitaba, por éso, anhelo volver a esa fascinante ciudad.
Me ha encantado leer este poema Ana, la nostalgia en ti, es pura magia.
Un besito.