El blog de Ana Pérez Cañamares - poeta

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viernes, enero 29, 2010

Salinger





NOSTALGIA DE SER UN SALINGER
Hasta hoy hubiera querido ser un Salinger, escribir dos libros, triunfar joven y darme el piro durante años para reaparecer sin querer, indignado y viejo intentando darle una hostia a un fotógrafo meticón. Eso es una biografía. Hoy Salinger ha muerto y ya quiero ser menos Salinger, se entiende; pero tampoco mucho menos Salinger, sobre todo en otra jornada en la que ha habido que convivir con más externalizaciones, más cinismo y el anuncio de que la jubilación va a retrasarse hasta una avanzada vetustez. ¡Y yo pensaba que ya no iba tener tiempo de cumplir todos mis sueños laborales! En fin, una cosa es segura ya no volveré a sentirme Salinger hasta que muera a no ser que se me cruce por medio algún entrometido con cámara al que haya que partirle la cara. A ese nivel de Salinger todavía puedo llegar y más con el humor que me están poniendo.



SI REALMENTE LES INTERESA

Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es dónde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso. Primero porque me aburre y, segundo, porque a mis padres les darían dos ataques por cabeza si les dijera algo personal acerca de ellos. Para esas cosas son muy susceptibles, sobre todo mi padre. Son buena gente y todo eso, no digo que no, pero también son más susceptibles que el demonio. Además, no crean que voy a contarles toda mi maldita autobiografía ni nada de eso. Sólo voy a hablarles de unas cosas de locos que me pasaron durante las Navidades pasadas, justo antes de que me quedara bastante hecho polvo y tuviera que venir aquí y tomármelo con calma.

J. D. Salinger, El guardián entre el centeno [Edición revisada de 2006]
(Tomado de Escrito en el viento, el blog de José Ángel Barrueco)

viernes, agosto 31, 2007

Muertos

Tengo la impresión de que los muertos célebres eligen el verano para morirse. Eso, o que en verano hay que menos noticias y la muerte ocupa más espacio. También puede ser que luego la rutina no me deja tiempo ni para fijarme en la muerte...
En todo caso, hay viajes y veranos que tengo asociados a algunos muertos famosos. Estaba en México cuando murió Camarón. A la vuelta de la India, recién llegada a Barajas y todavía en un avión, agarré un periódico que alguien había dejado en un asiento y me enteré a la vez de la muerte de Lola Flores y de su hijo Antonio.
De los muertos con nombre de este verano lamento la juventud de Puerta y el espectáculo de su agonía - cuya primera parte vi en directo; Bergman me recuerda sus películas, que tengo pendientes; sobre Grace Paley - escritora norteamericana de cuya muerte acabo de enterarme por el blog de José Ángel Barrueco-, decir que su antología de relatos publicada por Anagrama me pareció simplemente maravillosa; de Umbral, me quedo con un par de fragmentos de su Mortal y rosa que jamás olvidé y que podéis leer en el blog Vivir del cuento (ese que termina con "Estoy oyendo crecer a mi hijo" y el que comienza con "Sólo conocí una verdad en la vida, hijo, y eras tú"; de Emma Penella me conmocionó la historia de su padre, que conocí hace unos meses.
La vivencia de la muerte -sobre todo cuando es lejana- es de las cosas más subjetivas que conozco. La memoria va eligiendo los recuerdos por su cuenta, por motivos extraños.