MI VOZ
A veces mi voz se calla, y no sé si se ha ido de vacaciones y volverá un día, con los ojos rebosantes de visiones nuevas que me descargará encima como el relato caótico y entusiasmado que hace un niño de un día de excursión. El caso es que se ha ido y no la encuentro por ninguna parte.
Quizás la tengo aburrida de tanta charla hueca, cansada de repetir lo mismo, de nadar en aguas bajas sorteando piedras que las dos conocemos, y ella quiere bucearme las simas del alma, operarme con un bisturí de alta precisión que me duele pero que también me extirpa las dudas sangrantes. Puede también que esté harta de que no la valore ni la mime lo suficiente, de que la enfrente a la marea de la vida, con esa manía de pensar que si estoy viviendo no puedo pararme a escuchar sus historias, como si no supiera ya que ficción y vida no se oponen, sino que se entrelazan, se alimentan, se beben mutuamente de los labios. Se follan hasta parir hijos más listos y auténticos que sus padres. Con seguridad está cansada de mi cobardía, mi miedo a la soledad, al vacío, a la espera, esos lugares que a ella la fecundan pero que a mí me asustan con su oscuridad y su silencio.
Le digo que estoy enamorada y ella me pregunta si el amor no tiene palabras. Le digo que la vida me marea y me dice si no preferiría frenarla un poco con el poder que ella me presta, en vez de sentirme víctima del mundo y su danza. Ella quiere ponerme en la mano su varita mágica que me permitiría descansar de mí y mis circunstancias, y yo le contesto que estoy usando las manos para cargar las bolsas del supermercado.
Mi voz no pide explicaciones, pero yo se las doy, y no hay gesto más claro de que me siento culpable. De que la estrangulo reclamando un momento idóneo, cuando un papel y una lápiz no pesan nada en el bolso, y estoy acostumbrada a llevar cargas bastante más pesadas.
Seguramente le exijo demasiado, como a una madre una niña caprichosa. Que sea dócil y arriesgada, que venga presta y diligente en cuanto la llamo, que esté en forma aunque no la entrene, que me lleve lejos y me traiga de vuelta indemne. Que las verdades y las emociones que me entrega no duelan.
A veces también me parece que no la merezco. Que habla mejor por boca de otro, otro que se quite de comer por darle a ella, otro que se sacrifique y la santifique. Pero esa es la arrogancia del que no quiere ser humilde. Del que se pone el último por no poder soportar no ser el primero.
Que ella no es lo único importante, eso ella ya lo sabe. Ella es el espejo de todo lo que importa.
Y se va. No sé si con un portazo que estoy demasiado ocupada para escuchar, o si empaqueta humildemente y se va de visita con ese otro que la cuida, abandonando a los que la creímos nuestra sin darnos cuenta de que ella es libre, que no es de nadie, sólo de quien la respete y le haga sitio en su casa.
La cuestión es que se va y que en esos días en que la actividad para, la vida se calma, yo me siento en el sofá y la echo de menos, la lloro, pero no sé qué hacer para que vuelva. Es como un novio al que le hemos hecho ya demasiados desplantes, y uno teme que no vaya a volver, que lo haya dado demasiado por seguro. No sé qué decirle ya, me da vergüenza repetir las mismas excusas. Tampoco sirve de nada humillarme y rogarle; mi voz no me quiere así, no quiere trampas sentimentales. A ella le gusta el juego limpio. Ella sólo quiere ver que yo le aguanto el pulso al silencio, a la soledad, a la incertidumbre de no saber qué decir. A veces lo consigo. Otras cojo el mando de la tele. Y la veo irse, discreta, meneando la cabeza. Nunca sé a dónde va. Cuando vuelve, estoy tan arrobada por lo que tiene que decirme que olvido preguntárselo.
El blog de Ana Pérez Cañamares - poeta
martes, febrero 27, 2007
Sueños ilustrados
Como me voy de viaje unos días, cuelgo otros viejos artículos, para que quien se pase por aquí me encuentre.
SUEÑOS ILUSTRADOS
Puede que nos sorprenda el punto de vista que ha elegido nuestro subconsciente –que arrepentido a mitad de la narración, lo cambia sin consultarnos- o una cantidad desproporcionada de personajes secundarios, o la circularidad de algunas situaciones, que impide el avance de la trama. Pero a veces los sueños se parecen a la literatura de la buena, de la que transmite verdades, revelaciones y obsesiones en forma de historia, como si dentro de nosotros papá o mamá nos siguieran contando cuentos para sumergirnos en el sueño.
Me gustaría contaros uno de esos sueños cuyo recuerdo ha permanecido conmigo desde la adolescencia:
Estoy en una habitación, sola, sentada frente a una mesa camilla, con un libro abierto delante de mí y una pila de libros a mi derecha. De repente, la puerta de la habitación se abre y entra un hombre fornido, vestido de negro. “Dese prisa”, me dice. “Se le ha acabado a usted el tiempo”. Al principio no sé a qué se refiere, pero su semblante solemne me revela que está hablando del Tiempo, o sea que este hombre oscuro y circunspecto es un funcionario al servicio de la Muerte. “Pero, mire”, le digo señalando el montón que espera sobre la mesa,”mire todos los libros que aún me quedan por leer”. Él repite que ya no tengo tiempo para más libros, y yo le ruego que, al menos, me deje terminar el que tengo entre manos. Niega con la cabeza y yo, resignada, me levanto para seguirle, mientras rápidamente paso las páginas que me quedan para llegar al final, intentando saber cómo termina la historia.
Juro que no se trata de ninguna licencia poética y el sueño es absolutamente cierto. Me imagino que cualquiera que lea esta columna sabrá a qué angustia se refiere el sueño, más allá de las comunes al resto de los mortales: la finitud, la muerte, etc, etc. Refleja ese momento que creo que todos los que aman la literatura han debido de vivir: aquel en que uno se da cuenta, con el pequeño terremoto interno que acompaña a las ideas obvias cuando por fin se encarnan en nosotros, de que no va a tener tiempo suficiente para leer todos los libros que quisiera leer, que siempre habrá alguno que se quede en la estantería o del que ni siquiera tengamos noticia, y que el placer de olerlo, abrirlo, navegar por sus páginas, nos estará para siempre vetado por nuestra condición de finitos.
Recuerdo a menudo este sueño. Cuando paso delante del escaparate de una librería, o cuando entro en mi estudio y veo los libros no leídos acumulados sobre la mesa o en las estanterías, y no sólo libros, sino los cientos de páginas impresas de artículos, cuentos, entrevistas sacadas de internet.
Esta obligada limitación en la lectura tiene que ver no sólo con cómo elegimos los libros que leemos, cómo discriminamos uno a favor de otro, por qué confiamos en una editorial o en un nombre o en la recomendación de un amigo, o simplemente nos dejamos llevar por una corazonada. Esas últimas páginas que en mi sueño paso a toda prisa me hacen pensar además en esa tesitura en la que me he visto alguna vez: ¿sigo leyendo esta obra?, ¿merece que le entregue mi escaso tiempo?, ¿guardará para más adelante el secreto que me hará devorarla hasta el final?
Cuando era una cría, leía los libros que mis hermanos dejaban cerca, y por muy difíciles que me parecieran, tenía la norma de no dejarlos jamás dejaba sin acabar. El acto de abrirlos llevaba parejo el compromiso de darles su oportunidad hasta la última página. Luego llegó la carrera y la falta de tiempo y también de interés en algunas materias, me hizo leer libros tales como los Autos Sacramentales –que me perdonen quienes lo crean herejía- de diez en diez páginas, lo justo para salir del paso en exámenes y trabajos.
Ahora, cada vez que comienzo un libro, lo hago con ilusión, dándole toda mi confianza; lo cual no quita que si después de un número de páginas que puede variar, el libro y yo no hemos tenido un flechazo o no nos hemos caído bien, lo deje para otro momento... o quizás para nunca. A veces reconozco que mi madurez como lectora no es la suficiente; otras, el tema no me captura o me resulta en exceso desagradable. Y todo esto dando por descontado que el libro que llega hasta mí ha pasado ya antes un filtro, no leo todo lo que cae en mis manos o todo lo que veo anunciado en las páginas culturales o todo lo que me recomiendan mis amigos lectores.
No obstante, no me he librado del todo de la angustia de aquel sueño. No es que, como debía de hacer en algún momento, aspire a leerlo todo, ni siquiera todo lo que hay que leer. Me preocupo de forma más concreta por la pila de libros de mi mesa, que supongo que es el símbolo que el tiempo ha dejado de aquella antigua e imposible preocupación. Y también es verdad que hace tiempo ya llegué a una idea consoladora –y algo mística-, y que me resulta difícil de explicar, porque más que una idea es una sensación: la de que son los libros los que eligen sus lectores, con mejor criterio que si fuera al contrario; y más aún, que los grandes libros no son diferentes entre sí, sino que son distintas expresiones de aquello que es necesario saber, como un mismo eco escuchado desde distintas montañas.
Una duda queda que no he podido despejar: ¿cuál era aquel libro que sostenía entre mis manos en el sueño?
¿Y cómo terminaba? ¿Moría el protagonista?
SUEÑOS ILUSTRADOS
Puede que nos sorprenda el punto de vista que ha elegido nuestro subconsciente –que arrepentido a mitad de la narración, lo cambia sin consultarnos- o una cantidad desproporcionada de personajes secundarios, o la circularidad de algunas situaciones, que impide el avance de la trama. Pero a veces los sueños se parecen a la literatura de la buena, de la que transmite verdades, revelaciones y obsesiones en forma de historia, como si dentro de nosotros papá o mamá nos siguieran contando cuentos para sumergirnos en el sueño.
Me gustaría contaros uno de esos sueños cuyo recuerdo ha permanecido conmigo desde la adolescencia:
Estoy en una habitación, sola, sentada frente a una mesa camilla, con un libro abierto delante de mí y una pila de libros a mi derecha. De repente, la puerta de la habitación se abre y entra un hombre fornido, vestido de negro. “Dese prisa”, me dice. “Se le ha acabado a usted el tiempo”. Al principio no sé a qué se refiere, pero su semblante solemne me revela que está hablando del Tiempo, o sea que este hombre oscuro y circunspecto es un funcionario al servicio de la Muerte. “Pero, mire”, le digo señalando el montón que espera sobre la mesa,”mire todos los libros que aún me quedan por leer”. Él repite que ya no tengo tiempo para más libros, y yo le ruego que, al menos, me deje terminar el que tengo entre manos. Niega con la cabeza y yo, resignada, me levanto para seguirle, mientras rápidamente paso las páginas que me quedan para llegar al final, intentando saber cómo termina la historia.
Juro que no se trata de ninguna licencia poética y el sueño es absolutamente cierto. Me imagino que cualquiera que lea esta columna sabrá a qué angustia se refiere el sueño, más allá de las comunes al resto de los mortales: la finitud, la muerte, etc, etc. Refleja ese momento que creo que todos los que aman la literatura han debido de vivir: aquel en que uno se da cuenta, con el pequeño terremoto interno que acompaña a las ideas obvias cuando por fin se encarnan en nosotros, de que no va a tener tiempo suficiente para leer todos los libros que quisiera leer, que siempre habrá alguno que se quede en la estantería o del que ni siquiera tengamos noticia, y que el placer de olerlo, abrirlo, navegar por sus páginas, nos estará para siempre vetado por nuestra condición de finitos.
Recuerdo a menudo este sueño. Cuando paso delante del escaparate de una librería, o cuando entro en mi estudio y veo los libros no leídos acumulados sobre la mesa o en las estanterías, y no sólo libros, sino los cientos de páginas impresas de artículos, cuentos, entrevistas sacadas de internet.
Esta obligada limitación en la lectura tiene que ver no sólo con cómo elegimos los libros que leemos, cómo discriminamos uno a favor de otro, por qué confiamos en una editorial o en un nombre o en la recomendación de un amigo, o simplemente nos dejamos llevar por una corazonada. Esas últimas páginas que en mi sueño paso a toda prisa me hacen pensar además en esa tesitura en la que me he visto alguna vez: ¿sigo leyendo esta obra?, ¿merece que le entregue mi escaso tiempo?, ¿guardará para más adelante el secreto que me hará devorarla hasta el final?
Cuando era una cría, leía los libros que mis hermanos dejaban cerca, y por muy difíciles que me parecieran, tenía la norma de no dejarlos jamás dejaba sin acabar. El acto de abrirlos llevaba parejo el compromiso de darles su oportunidad hasta la última página. Luego llegó la carrera y la falta de tiempo y también de interés en algunas materias, me hizo leer libros tales como los Autos Sacramentales –que me perdonen quienes lo crean herejía- de diez en diez páginas, lo justo para salir del paso en exámenes y trabajos.
Ahora, cada vez que comienzo un libro, lo hago con ilusión, dándole toda mi confianza; lo cual no quita que si después de un número de páginas que puede variar, el libro y yo no hemos tenido un flechazo o no nos hemos caído bien, lo deje para otro momento... o quizás para nunca. A veces reconozco que mi madurez como lectora no es la suficiente; otras, el tema no me captura o me resulta en exceso desagradable. Y todo esto dando por descontado que el libro que llega hasta mí ha pasado ya antes un filtro, no leo todo lo que cae en mis manos o todo lo que veo anunciado en las páginas culturales o todo lo que me recomiendan mis amigos lectores.
No obstante, no me he librado del todo de la angustia de aquel sueño. No es que, como debía de hacer en algún momento, aspire a leerlo todo, ni siquiera todo lo que hay que leer. Me preocupo de forma más concreta por la pila de libros de mi mesa, que supongo que es el símbolo que el tiempo ha dejado de aquella antigua e imposible preocupación. Y también es verdad que hace tiempo ya llegué a una idea consoladora –y algo mística-, y que me resulta difícil de explicar, porque más que una idea es una sensación: la de que son los libros los que eligen sus lectores, con mejor criterio que si fuera al contrario; y más aún, que los grandes libros no son diferentes entre sí, sino que son distintas expresiones de aquello que es necesario saber, como un mismo eco escuchado desde distintas montañas.
Una duda queda que no he podido despejar: ¿cuál era aquel libro que sostenía entre mis manos en el sueño?
¿Y cómo terminaba? ¿Moría el protagonista?
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reflexiones literarias
Biografía literaria
Recupero una vieja columna que escribí hace unos años para la revista literaturas.com, que me he encontrado por ahí y que he leído con cariño (jo, no hay tantas cosas viejas con las que una se identifique a gusto):
BIOGRAFÍA LITERARIA
Atrincherada entre mantas los sábados por la mañana, devoraba uno tras otro los libros de los Cinco, Los Cinco en el páramo misterioso, Los Cinco tras el pasadizo secreto, que me permitieron por primera vez vivir aventuras sin salir de las fronteras de mi cama, y tener la impresión de ser consumidora habitual de cerveza de jengibre, cuando hasta la fecha no he podido saber a qué coño sabía o cuál era su porcentaje de alcohol.
Hasta la adolescencia me escoltó Herman Hesse, susurrando en mi oído –ya a la luz de la lámpara de noche- que, a pesar de todo, no se está tan solo cuando uno empieza a plantearse qué es el alma, el destino o la propia soledad.
A los dieciocho llegó Oscar Wilde trayendo de la mano a Dorian Gray, ese yo que escondí en el armario para expiar el acné, las culpas, las responsabilidades. Por ellos me compré un abrigo negro hasta los pies –mi versión ochentera del dandismo- en el que hubiéramos cabido yo, mi parte oscura e incluso Oscar Wilde. Y muy cerca de Oscar, Virginia Wolf, con su habitación propia y el andrógino Orlando, que me animó a pretender ser todo, por mucho que la Selectividad me obligara a elegir carrera.
Más allá de los veinte, en conversaciones de bar de facultad, tuve que seguir eligiendo: ¿los Rolling o los Beatles?, ¿Borges o Cortázar? Opté por Julio y busqué su espíritu por los bares de jazz, empecé a fumar porque las jam-session se me hacían interminables y me mudé a casas tomadas por fiestas que a las cinco de la mañana podían pasar por parisinas.
Cuando la adolescencia empezaba a parecer lejana, vino Salinger para dejarme recuperarla, porque mientras transcurrió no pasó de ser un sueño o una pesadilla. Aún tenía sentido su desprecio por todo lo que sonara a “mayor”, la afectación, la mentira, la domesticación, como lo tenía ese empeño por querer saber a pesar de las dudas y las incertidumbres, por querer vivir las cosas hermosas del mundo y las trágicas que a veces, mierda, tienen también un filo hermoso.
Más rebeldía: Henry Miller y sus libros manoseados, leídos al principio de polvo en polvo y tiro porque me toca, tan bestia y a la vez con ese aire ingenuo de caca, culo, pedo, pis. Filosofía a pie de la vida, y muchos orgasmos. Y Truman Capote, romanticismo caústico, ironía y mala leche en un rostro aniñado, la excusa perfecta para llenar el cuarto de fotos de Marilyn Monroe, tratando de descubrir el secreto de la belleza y el misterio de una rubia de bote.
De vuelta a casa, Marsé me permitió identificarme con todos sus Pijoapartes, huérfanos de profesión, siempre queriendo ser otra cosa de lo que se es, espiando a los ricos y guapos y envidiando sus casas junto a la playa. De él atesoro una frase que ha ido pasando de un cuaderno de notas a otro: “Lo poco que hubo de solidario y civilizado en mi primera juventud se lo debo por entero al trato con los cuerpos desnudos y a cuanto hay en ellos de hospitalario, a un poco de alcohol y a cierta natural y obsesiva predisposición a lamentar no sé qué tiempo perdido o no sé qué bello sueño desvanecido”.
Y más recientemente: Paul Auster, Nabokov, Carver y Chéjov, preguntas en ruso que se contestan en inglés o viceversa, un gran viaje que pasa por dachas en medio de bosques tan grandes como países, para llegar a los drugstores, los moteles, las callejuelas de aristas afiladas de Nueva York, lugares sórdidos donde también habita lo conmovedor y lo humano.
“Yo me jacto de aquellos que me fue dado leer...” Cuánta razón tenía Borges, aunque, lo siento, maestro, yo nunca quise elegir, las circunstancias me obligaron: y he de reconocer que en el fondo de mi corazón sigo prefiriendo a los Beatles.
BIOGRAFÍA LITERARIA
Atrincherada entre mantas los sábados por la mañana, devoraba uno tras otro los libros de los Cinco, Los Cinco en el páramo misterioso, Los Cinco tras el pasadizo secreto, que me permitieron por primera vez vivir aventuras sin salir de las fronteras de mi cama, y tener la impresión de ser consumidora habitual de cerveza de jengibre, cuando hasta la fecha no he podido saber a qué coño sabía o cuál era su porcentaje de alcohol.
Hasta la adolescencia me escoltó Herman Hesse, susurrando en mi oído –ya a la luz de la lámpara de noche- que, a pesar de todo, no se está tan solo cuando uno empieza a plantearse qué es el alma, el destino o la propia soledad.
A los dieciocho llegó Oscar Wilde trayendo de la mano a Dorian Gray, ese yo que escondí en el armario para expiar el acné, las culpas, las responsabilidades. Por ellos me compré un abrigo negro hasta los pies –mi versión ochentera del dandismo- en el que hubiéramos cabido yo, mi parte oscura e incluso Oscar Wilde. Y muy cerca de Oscar, Virginia Wolf, con su habitación propia y el andrógino Orlando, que me animó a pretender ser todo, por mucho que la Selectividad me obligara a elegir carrera.
Más allá de los veinte, en conversaciones de bar de facultad, tuve que seguir eligiendo: ¿los Rolling o los Beatles?, ¿Borges o Cortázar? Opté por Julio y busqué su espíritu por los bares de jazz, empecé a fumar porque las jam-session se me hacían interminables y me mudé a casas tomadas por fiestas que a las cinco de la mañana podían pasar por parisinas.
Cuando la adolescencia empezaba a parecer lejana, vino Salinger para dejarme recuperarla, porque mientras transcurrió no pasó de ser un sueño o una pesadilla. Aún tenía sentido su desprecio por todo lo que sonara a “mayor”, la afectación, la mentira, la domesticación, como lo tenía ese empeño por querer saber a pesar de las dudas y las incertidumbres, por querer vivir las cosas hermosas del mundo y las trágicas que a veces, mierda, tienen también un filo hermoso.
Más rebeldía: Henry Miller y sus libros manoseados, leídos al principio de polvo en polvo y tiro porque me toca, tan bestia y a la vez con ese aire ingenuo de caca, culo, pedo, pis. Filosofía a pie de la vida, y muchos orgasmos. Y Truman Capote, romanticismo caústico, ironía y mala leche en un rostro aniñado, la excusa perfecta para llenar el cuarto de fotos de Marilyn Monroe, tratando de descubrir el secreto de la belleza y el misterio de una rubia de bote.
De vuelta a casa, Marsé me permitió identificarme con todos sus Pijoapartes, huérfanos de profesión, siempre queriendo ser otra cosa de lo que se es, espiando a los ricos y guapos y envidiando sus casas junto a la playa. De él atesoro una frase que ha ido pasando de un cuaderno de notas a otro: “Lo poco que hubo de solidario y civilizado en mi primera juventud se lo debo por entero al trato con los cuerpos desnudos y a cuanto hay en ellos de hospitalario, a un poco de alcohol y a cierta natural y obsesiva predisposición a lamentar no sé qué tiempo perdido o no sé qué bello sueño desvanecido”.
Y más recientemente: Paul Auster, Nabokov, Carver y Chéjov, preguntas en ruso que se contestan en inglés o viceversa, un gran viaje que pasa por dachas en medio de bosques tan grandes como países, para llegar a los drugstores, los moteles, las callejuelas de aristas afiladas de Nueva York, lugares sórdidos donde también habita lo conmovedor y lo humano.
“Yo me jacto de aquellos que me fue dado leer...” Cuánta razón tenía Borges, aunque, lo siento, maestro, yo nunca quise elegir, las circunstancias me obligaron: y he de reconocer que en el fondo de mi corazón sigo prefiriendo a los Beatles.
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reflexiones literarias
jueves, febrero 22, 2007
Flores
Mi hermana me ha traído flores.
Las miro desde el sofá,
como un trozo de paisaje a través de un ventanuco.
Mi gata se acerca a olisquearlas
y las flores se convierten en su conciencia.
Le dicen que es salvaje como ellas,
y que como ellas se domestica,
para prestarle su belleza salvaje a mi casa.
Adoro las flores,
pero casi nunca las compro.
Me resulta difícil concederme lujos.
Por eso quizás me gustan tanto los regalos.
Que los demás malcríen
lo que hay en mí de niña
en la mañana de Reyes.
Que me alivien la culpa
de saber que siempre hay alguien
más pobre
alguien que vive todo el año
en la República de la pobreza.
Las miro desde el sofá,
como un trozo de paisaje a través de un ventanuco.
Mi gata se acerca a olisquearlas
y las flores se convierten en su conciencia.
Le dicen que es salvaje como ellas,
y que como ellas se domestica,
para prestarle su belleza salvaje a mi casa.
Adoro las flores,
pero casi nunca las compro.
Me resulta difícil concederme lujos.
Por eso quizás me gustan tanto los regalos.
Que los demás malcríen
lo que hay en mí de niña
en la mañana de Reyes.
Que me alivien la culpa
de saber que siempre hay alguien
más pobre
alguien que vive todo el año
en la República de la pobreza.
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poemas míos
La nana y el cuchillo
Siguiendo con el tema del anterior post, en lo referente a las películas lo tengo más fácil. Gracias a la mula -y a mi adicción a la mula- tengo cientos de películas disponibles, y es más fácil elegir y descartar. El otro día me puse una película que se me pasó en su día: El dulce porvenir, de Atom Egoyan. A Egoyan le había seguido hace mucho tiempo, cuando era joven (más joven, Enrique Ortiz) y asidua a la Filmoteca.
Tampoco pude terminar de verla, no me atrapaba (la película, para quien no la haya visto, trata de las repercursiones que tiene para todo un pueblo el accidente del autobús escolar en el que mueren los niños que viven en ese pueblo). Aparte de mi problema de concentración, me resultaba demasiado fría y dura a la vez, sin resquicios. Sin embargo -y esto me hace pensar también en mi creciente gusto por lo concreto, por el detalle, más que por la historia larga- hay una escena que me pareció maravillosa. El abogado que representa a las familias, padre de una hija adolescente y conflictiva, cuenta que, cuando era pequeña, la niña estuvo a punto de morir por la picadura de una cría de araña. El abogado, su mujer y la niña estaban de vacaciones en una casa en la montaña, alejados de cualquier pueblo u hospital. Por teléfono, un médico le dice que suban los tres al coche, que el más tranquilo de los padres lleve a la niña detrás, tranquilizándola, para que su corazón no vaya a demasiada velocidad y no ayude al veneno a propagarse por el cuerpo, mientras el otro conduce. Deciden que sea el padre, más sereno porque es capaz de disimular su pánico, el que acune a la niña en el asiento trasero, mientras la madre conduce. El médico le dice también que ha de llevar preparado un cuchillo por si la garganta de la niña se hinchara tanto que dejara de respirar; le explica cómo ha de hacer para practicarle una traqueotomía. Durante el viaje, el padre mece a la niña con uno de sus brazos, mientras le canta una nana, y en la mano libre porta el cuchillo. Interiormente reza para no tener que usarlo, mientras se convence a sí mismo de que llegado el caso podrá hacerlo y no le temblará el pulso. Esa es la imagen que vemos en pantalla: un bebé que mira a su padre con ojos temerosos y llenos de amor, y a su lado una mano que sujeta un cuchillo.
Qué queréis, es la mejor metáfora que alguien me ha mostrado sobre la paternidad.
Tampoco pude terminar de verla, no me atrapaba (la película, para quien no la haya visto, trata de las repercursiones que tiene para todo un pueblo el accidente del autobús escolar en el que mueren los niños que viven en ese pueblo). Aparte de mi problema de concentración, me resultaba demasiado fría y dura a la vez, sin resquicios. Sin embargo -y esto me hace pensar también en mi creciente gusto por lo concreto, por el detalle, más que por la historia larga- hay una escena que me pareció maravillosa. El abogado que representa a las familias, padre de una hija adolescente y conflictiva, cuenta que, cuando era pequeña, la niña estuvo a punto de morir por la picadura de una cría de araña. El abogado, su mujer y la niña estaban de vacaciones en una casa en la montaña, alejados de cualquier pueblo u hospital. Por teléfono, un médico le dice que suban los tres al coche, que el más tranquilo de los padres lleve a la niña detrás, tranquilizándola, para que su corazón no vaya a demasiada velocidad y no ayude al veneno a propagarse por el cuerpo, mientras el otro conduce. Deciden que sea el padre, más sereno porque es capaz de disimular su pánico, el que acune a la niña en el asiento trasero, mientras la madre conduce. El médico le dice también que ha de llevar preparado un cuchillo por si la garganta de la niña se hinchara tanto que dejara de respirar; le explica cómo ha de hacer para practicarle una traqueotomía. Durante el viaje, el padre mece a la niña con uno de sus brazos, mientras le canta una nana, y en la mano libre porta el cuchillo. Interiormente reza para no tener que usarlo, mientras se convence a sí mismo de que llegado el caso podrá hacerlo y no le temblará el pulso. Esa es la imagen que vemos en pantalla: un bebé que mira a su padre con ojos temerosos y llenos de amor, y a su lado una mano que sujeta un cuchillo.
Qué queréis, es la mejor metáfora que alguien me ha mostrado sobre la paternidad.
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reflexiones íntimas y cine
Magia
Últimamente me cuesta mantener la atención. Me cuesta leer, por tanto, y me cuesta enterarme de las películas (me recuerdo a mi madre peleándose siempre con los argumentos y los nombres extranjeros). Por eso he vuelto al periódico diario -lo dejo por temporadas- y salto de uno a otro blog. No ayuda mucho a mi ánimo -tan maltrecho como mi concentración- que tenga entre manos dos libros exigentes y tristes, que giran alrededor de la muerte: La velocidad de las cosas, de Rodrigo Fresán, y El puente que cruza la luna, de Tess Gallagher. En estas ocasiones, me gustaría tener más dinero y más sitio para almacenar libros. Ir a una librería y comprarme treinta libros y catarlos todos, hasta encontrar el que se adapte mejor a mi ánimo, y los demás que esperen dóciles en las estanterías a que llegue su turno. Afortunadamente, ahora que he vuelto a trabajar, en la estación de metro en la que me bajo para ir al curro hay uno de esos Bibliometros -para quien no lo sepa, pequeñas bibliotecas instaladas en algunas estaciones de metro de Madrid. Necesitaba un libro que me salvara la tarde, y he estado pensándolo durante bastante rato, frente a la lista de libros disponibles. Al final me he decidido por La energía de los esclavos, poemario de Leonard Cohen. Y me he encontrado, en la primera página, con esto:
Bienvenida a estas líneas.
Hay una guerra en marcha,
pero trataré de que te encuentres a gusto.
No sigas mi conversación,
es sólo nerviosismo.
No hice el amor contigo
cuando éramos estudiantes del Este.
Desde luego que la casa está cambiada,
el pueblo será ocupado dentro de poco.
He retirado todo aquello
que pudiera servir al enemigo.
Estamos solos
hasta que cambien los tiempos
y todos aquellos que han sido traicionados
regresen, como peregrinos, a este momento,
en que nos negamos a darnos por vencidos
y a llamar poesía a la oscuridad.
En fin, los asiduos a este blog entenderéis que en ocasiones como ésta, una crea en la magia.
Bienvenida a estas líneas.
Hay una guerra en marcha,
pero trataré de que te encuentres a gusto.
No sigas mi conversación,
es sólo nerviosismo.
No hice el amor contigo
cuando éramos estudiantes del Este.
Desde luego que la casa está cambiada,
el pueblo será ocupado dentro de poco.
He retirado todo aquello
que pudiera servir al enemigo.
Estamos solos
hasta que cambien los tiempos
y todos aquellos que han sido traicionados
regresen, como peregrinos, a este momento,
en que nos negamos a darnos por vencidos
y a llamar poesía a la oscuridad.
En fin, los asiduos a este blog entenderéis que en ocasiones como ésta, una crea en la magia.
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poemas de otros
domingo, febrero 18, 2007
El blog de un amigo
Está parapetado detrás de sus gafas, de sus comentarios irónicos e inteligentes en voz baja, su enorme cultura literaria y su sonrisa ladeada. Nos hemos visto poco, pero sabemos que compartimos varias pasiones y ambas cosas nos hacen cómplices intermitentes. En las fiestas hablamos poco pero nos entendemos mucho. Podría ser otro miembro de la Liga de Escritores Tímidos, que algún día deberíamos instaurar alrededor de unas cervezas. Yo le aprecio y me apetecía presentároslo. Y su blog se llama como un poema de Carver. Los bolsillos de su albornoz lleno de notas. Él es Jesús Alonso.
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amigos
Mediodía de domingo
Mediodía de domingo.
Me gustan los previos, las vísperas. A una ansiosa como yo -a una adicta a la acción, a la que el vacío le produce vértigo- le gusta tener horizonte. Más que comer, la espera de la comida: el cigarrito de antes y una cerveza. Me gusta llegar pronto a los sitios y tomarme tiempo. Captar el ambiente de los locales. Disfrutar de diez minutos de soledad antes del encuentro. Las tardes de domingo que acabarán en fútbol (y llegar pronto al campo, y ver a los jugadores mientras calientan). Los trailers en el cine. Acariciar los lomos de los libros antes de abrirlos. Llegar al colegio a tiempo de ver a mi hija en el patio con sus amigas.
La espera que me dice luego, luego, luego llegará tu premio.
Me gustan los previos, las vísperas. A una ansiosa como yo -a una adicta a la acción, a la que el vacío le produce vértigo- le gusta tener horizonte. Más que comer, la espera de la comida: el cigarrito de antes y una cerveza. Me gusta llegar pronto a los sitios y tomarme tiempo. Captar el ambiente de los locales. Disfrutar de diez minutos de soledad antes del encuentro. Las tardes de domingo que acabarán en fútbol (y llegar pronto al campo, y ver a los jugadores mientras calientan). Los trailers en el cine. Acariciar los lomos de los libros antes de abrirlos. Llegar al colegio a tiempo de ver a mi hija en el patio con sus amigas.
La espera que me dice luego, luego, luego llegará tu premio.
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reflexiones íntimas
viernes, febrero 16, 2007
¿Sabes lo que es sentir
una cueva
dentro del pecho?
¿Sabes lo que es sentir
sus humedades, sus ecos,
sus filtraciones, el roce
del vuelo de los murciélagos,
sus gritos afilados,
sus montañas de excrementos?
Trae la antorcha y quémalos.
Esta es la última vez
que te pido que me salves.
Pero por favor,
por favor,
ilumíname y quémalos.
Después volaremos la entrada
y el pánico quedará sepultado.
Y a quien se acerque a preguntar
le recibiré con el pecho lleno de humo
bajo mi disfraz de adulta.
una cueva
dentro del pecho?
¿Sabes lo que es sentir
sus humedades, sus ecos,
sus filtraciones, el roce
del vuelo de los murciélagos,
sus gritos afilados,
sus montañas de excrementos?
Trae la antorcha y quémalos.
Esta es la última vez
que te pido que me salves.
Pero por favor,
por favor,
ilumíname y quémalos.
Después volaremos la entrada
y el pánico quedará sepultado.
Y a quien se acerque a preguntar
le recibiré con el pecho lleno de humo
bajo mi disfraz de adulta.
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poemas míos
jueves, febrero 15, 2007
Metáfora
Pocas veces he tenido un sueño tan claro (en percepción y en sentido). Fue ayer, justo antes de despertarme. Estaba en mi salón, delante de la ventana, con las cortinas abiertas. Tenía la conciencia exacta de que había una guerra. El bloque de enfrente se había acercado hasta el mío, casi podía tocar sus muros. Todas sus ventanas estaban a oscuras, sin cristales, como en esos edificios fantasma que se ven en el Líbano, en Irak, en todas las guerras. Detrás de dos de las ventanas, veo dos figuras asomadas a la calle. Son dos hombres que llevan algo en sus manos: dudo de si son dos fusiles o dos saxofones. Me parecen lo segundo, pero la lógica se impone: tienen que ser armas, porque sé, estoy segura, estamos en guerra. Bajo la persiana, y el hueco que queda entre la persiana y el cristal lo relleno con planchas de madera. Tengo que proteger mi casa, pienso. No van a entrar aquí. Tengo que proteger mi casa. Es todo lo que tengo.
Otro día, después de que proteja mi casa, cuento otras cosas.
Otro día, después de que proteja mi casa, cuento otras cosas.
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reflexiones íntimas
jueves, febrero 08, 2007
Presentación de Tripulantes.
Este sábado 10 de febrero se presenta en Madrid el libro Tripulantes (Eclipsados, 2007), que recoge colaboraciones publicadas a lo largo de diez años en el fanzine Vinalia Trippers. Conozco la obra de algunos de los escritores y dibujantes que participan en él y doy fe de que su trabajo es muy interesante. Por si fuera poco, entre ellos se cuenta gente a la que aprecio y admiro, como David González y José Ángel Barrueco. La presentación tendrá lugar a las 22:00 h en La Casa de los Jacintos. Arganzuela, 11. Metro Latina o Puerta de Toledo. Habrá música en directo, lecturas, performances y la proyección del cortometraje Tripulantes, de Nacho Abad, que acompaña al libro.
Si no hay contratiempos, aprovecharé la presentación para salir de mi letargo social. Espero encontrarme a unos cuantos amigos.
Si no hay contratiempos, aprovecharé la presentación para salir de mi letargo social. Espero encontrarme a unos cuantos amigos.
miércoles, febrero 07, 2007
Sí, poema de Tess Gallagher
Ahora somos como aquel montón mate de arena
del jardín del Pabellón de Plata de Kyoto,
diseñado para revelarse sólo a la luz de la luna.
¿Quieres que esté de duelo?
¿Quieres que guarde luto?
¿O, como la luz de la luna en la arena blanquísima,
quieres que use tu luz para brillar, para relucir?
Brillo. Estoy de duelo.
Estoy leyendo El puente que cruza la luna, el libro de poemas que la poeta Tess Gallagher dedica a su marido muerto, Raymond Carver. Es un libro emocionante e intenso. Voces, poemas, recuerdos, homenajes resuenan en él. Carver está en todos ellos, pero su viuda es más que su viuda. Es una poeta de tomo y lomo.
En uno de sus poemas, Amapola roja, dice:
(...)Mi vida
simplificada en "para él", y la suya, adelgazada como una inyección
que se agotase, de forma que lo real cediera a favor
de lo preterreal (...)
Me gusta más en inglés:
(...) My life
simplified to "for him" and his thinned like an injection
wearing off, so the real gave way to
the more-than-real (...)
Me fascina ese "more-than-real". Eso es lo que parece la muerte cuando se la tiene cerca. More-than-real.
del jardín del Pabellón de Plata de Kyoto,
diseñado para revelarse sólo a la luz de la luna.
¿Quieres que esté de duelo?
¿Quieres que guarde luto?
¿O, como la luz de la luna en la arena blanquísima,
quieres que use tu luz para brillar, para relucir?
Brillo. Estoy de duelo.
Estoy leyendo El puente que cruza la luna, el libro de poemas que la poeta Tess Gallagher dedica a su marido muerto, Raymond Carver. Es un libro emocionante e intenso. Voces, poemas, recuerdos, homenajes resuenan en él. Carver está en todos ellos, pero su viuda es más que su viuda. Es una poeta de tomo y lomo.
En uno de sus poemas, Amapola roja, dice:
(...)Mi vida
simplificada en "para él", y la suya, adelgazada como una inyección
que se agotase, de forma que lo real cediera a favor
de lo preterreal (...)
Me gusta más en inglés:
(...) My life
simplified to "for him" and his thinned like an injection
wearing off, so the real gave way to
the more-than-real (...)
Me fascina ese "more-than-real". Eso es lo que parece la muerte cuando se la tiene cerca. More-than-real.
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poemas de otros
martes, febrero 06, 2007
Madrid
Hace ya tiempo que me enfadé con Madrid. Lo recuerdo como uno de esos enfados que se tienen en el patio del colegio, en los que una acaba enfadándose con su amiga porque otra amiga le ha dicho no sé qué que su amiga ha dicho, y nunca hay ocasión de aclarar el malentendido, ni se sabe muy bien quién tiene que pedir disculpas a quien. Pero el caso es que pasa el tiempo y el enfado, convertido ya en un informe disgusto, continúa paralizándonos.
Pues eso: que hace ya tiempo que me enfadé con Madrid. O más bien me enfadaron. Me enfadaron con Madrid quienes lo convirtieron en una ciudad cara, incómoda, polvorienta y con aires de grandeza. Quienes cerraron mis bares, mis terrazas, mis plazas y los convirtieron en sitios-de-moda o sencillamente en lo que no eran. Quienes quitaron los mostradores de zinc a las tabernas y los de mármol a las panaderías. Quienes me echaron de los barrios del centro, en los que llevaba viviendo casi veinte años, porque tenía que elegir entre casas carísimas o agujeros caros. Quienes decicidieron ponerlo todo patas arriba y eliminar de entre mis vicios los paseos por algunos lugares que había querido tanto. Quienes pusieron la caña a casi dos euros. Quienes tomaron la calle para volver a decirnos que la calle es suya (ellos que no viven en la calle, y que tienen en sus casas buenas calefacciones y aires acondicionados). Quienes decidieron que la aglomeración y las colas son el estado natural del ser humano. Quienes le quitaron a Madrid la vocación de pueblo grande y sin chismorreos.
Hoy decidí reconciliarme. Dar un gran rodeo para volver a casa. Quevedo, Iglesia, Martínez Campos, la Castellana, Atocha, Lavapiés, Tirso, La Latina. Con algo de azar pero también -como en toda reconciliación- con algo premeditado. He evitado las zonas en obras y he buscado edificios y bares: balcones forjados, ventanales, barras de zinc (una, pero estupenda). Cervezas, caracoles, cazón, gambas, aceitunas. Allí estaban, rescatados a la memoria, listos para incorporarse a mi nueva vida, para generar otros momentos y recuerdos. Para mi sorpresa, casi todos se habían mantenido sin dejarse utilizar por quienes los quieren diferentes. Su belleza acogedora había resistido. Hubiera sido casi un viaje al pasado, si el precio de las cañas no nos hubiera traído al presente que, de todas formas, hoy me parece -decido que sea- aún habitable.
Pues eso: que hace ya tiempo que me enfadé con Madrid. O más bien me enfadaron. Me enfadaron con Madrid quienes lo convirtieron en una ciudad cara, incómoda, polvorienta y con aires de grandeza. Quienes cerraron mis bares, mis terrazas, mis plazas y los convirtieron en sitios-de-moda o sencillamente en lo que no eran. Quienes quitaron los mostradores de zinc a las tabernas y los de mármol a las panaderías. Quienes me echaron de los barrios del centro, en los que llevaba viviendo casi veinte años, porque tenía que elegir entre casas carísimas o agujeros caros. Quienes decicidieron ponerlo todo patas arriba y eliminar de entre mis vicios los paseos por algunos lugares que había querido tanto. Quienes pusieron la caña a casi dos euros. Quienes tomaron la calle para volver a decirnos que la calle es suya (ellos que no viven en la calle, y que tienen en sus casas buenas calefacciones y aires acondicionados). Quienes decidieron que la aglomeración y las colas son el estado natural del ser humano. Quienes le quitaron a Madrid la vocación de pueblo grande y sin chismorreos.
Hoy decidí reconciliarme. Dar un gran rodeo para volver a casa. Quevedo, Iglesia, Martínez Campos, la Castellana, Atocha, Lavapiés, Tirso, La Latina. Con algo de azar pero también -como en toda reconciliación- con algo premeditado. He evitado las zonas en obras y he buscado edificios y bares: balcones forjados, ventanales, barras de zinc (una, pero estupenda). Cervezas, caracoles, cazón, gambas, aceitunas. Allí estaban, rescatados a la memoria, listos para incorporarse a mi nueva vida, para generar otros momentos y recuerdos. Para mi sorpresa, casi todos se habían mantenido sin dejarse utilizar por quienes los quieren diferentes. Su belleza acogedora había resistido. Hubiera sido casi un viaje al pasado, si el precio de las cañas no nos hubiera traído al presente que, de todas formas, hoy me parece -decido que sea- aún habitable.
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reflexiones íntimas
viernes, febrero 02, 2007
Intimidad
Mi alma viste ropa interior:
bragas blancas y sostén negro.
Me desvisto en la intimidad de un cuarto
del que soy propietaria.
Guardo las llaves en el hueco
de mi ombligo. Con las escrituras
hice lluvia de confetis
sobre mi corazón desnudo.
Hace ya mucho tiempo
que terminé de pagar la hipoteca.
bragas blancas y sostén negro.
Me desvisto en la intimidad de un cuarto
del que soy propietaria.
Guardo las llaves en el hueco
de mi ombligo. Con las escrituras
hice lluvia de confetis
sobre mi corazón desnudo.
Hace ya mucho tiempo
que terminé de pagar la hipoteca.
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poemas míos
Poema de Julio Espinosa Guerra (poeta y amigo)
EPÍLOGO
- y se dieron cuenta de que estaban desnudos-
¿Has visto a los ancianos en las plazas de Lisboa?
¿Has escuchado el murmullo que guardan sus huesos
y la luz en las opacas aguas del Tajo
que ya no se distingue de sus frentes?
¿Puedes comprender que cada piedra de sus veredas
y cada miga tirada a las palomas
no son ni sus piedras ni sus migas
sino cada uno de los sueños
que cada uno de sus muertos
regaló a la ciudad?
¿Sientes lo que yo
cuando uno de ellos abre su mano
y deja caer una estela de luz
a pesar del hambre?
¿Te has atrevido a observar sus ojos
aquellos por los que pasan las gaviotas
trayendo y llevando a las almas
de un lado al otro del gran río?
¿Has despertado
sintiendo la necesidad
de ir a tirar migas
y contar las piedras
a las plazas de Lisboa?
(de su libro La metamorfosis de un animal sin paraíso)
- y se dieron cuenta de que estaban desnudos-
¿Has visto a los ancianos en las plazas de Lisboa?
¿Has escuchado el murmullo que guardan sus huesos
y la luz en las opacas aguas del Tajo
que ya no se distingue de sus frentes?
¿Puedes comprender que cada piedra de sus veredas
y cada miga tirada a las palomas
no son ni sus piedras ni sus migas
sino cada uno de los sueños
que cada uno de sus muertos
regaló a la ciudad?
¿Sientes lo que yo
cuando uno de ellos abre su mano
y deja caer una estela de luz
a pesar del hambre?
¿Te has atrevido a observar sus ojos
aquellos por los que pasan las gaviotas
trayendo y llevando a las almas
de un lado al otro del gran río?
¿Has despertado
sintiendo la necesidad
de ir a tirar migas
y contar las piedras
a las plazas de Lisboa?
(de su libro La metamorfosis de un animal sin paraíso)
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