ÚLTIMO FRAGMENTO, poema de Carver
¿Y conseguiste lo que
querías en esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado sobre la tierra.
Y uno de cosecha propia:
PROPÓSITOS
Abandonar la idea
de que todo es posible;
hacer posible lo posible.
Dejar la esperanza desbocada
para sentir que esta mota de polvo
es un planeta.
Concentrar la atención en este momento
que se me da entero;
sin desvíos ni promesas,
con una fertilidad inmediata.
Con mis mejores deseos -mucho amor y mucha poesía- para el próximo año para todo el que se asome a las ventanas de mi casa.
El blog de Ana Pérez Cañamares - poeta
domingo, diciembre 31, 2006
viernes, diciembre 29, 2006
Smoke
Ayer vi Smoke, la película de Wayne Wang y Paul Auster. Volví a verla después de bastantes años desde la primera vez.
Cuando terminé de verla, pensé que en ella está lo mejor de Auster. La influencia del azar, la voluntad de ser mejor persona, la maravilla en lo cotidiano, la búsqueda del padre... de un modo fluido, brillante sin dejar de ser humilde, fresco, dulce, divertido, sincero. Y después de varias decepciones causadas por algunos de sus libros, me atreví a decir en voz alta -como había aventurado antes en un comentario en otro blog- que la mejor obra de Auster no es una novela, sino una película. Quizás si lo pienso un poco más y recuerdo La música del azar, El palacio de la luna o Leviatán, puede que me apee de una frase tan categórica. Pero todavía bajo el influjo de Paul Benjamin y de Auggie Wren, y por la alegría que me da encontrarme de vez en cuando una obra que hable de buena gente sin resultar ñoña, sigo defendiendo que Smoke encarna la quintaesencia de Auster de la mejor manera posible.
Luego, ya en la cama, como si el propio Auster se vengara de mi comentario, me vino una idea: (a ver, graciosilla) si la mejor obra de Auster es una película, ¿cuál es tu mejor obra?
A pesar del intento, la idea no me resultó ofensiva, sino inquietante. Quizás porque me recuerda a otra idea loca, de cuando era pequeña: que todos nuestros actos y pensamientos quedaban registrados (en la mente de Dios, o algo similar). Así que nunca sabré cuál es mi mejor obra. Pero aunque yo me empeñara en elegirla entre mis cuentos o poemas, quizás fuera aquel buey de curry que preparé hace años para una cena con amigos, aquellos chistes que solté delante de una audiencia de amigos borrachos después de escuchar a Gelman en el Ateneo, aquella jugada de dardos que gané, y en la que nada, señor Auster, quedó al azar.
Cuando terminé de verla, pensé que en ella está lo mejor de Auster. La influencia del azar, la voluntad de ser mejor persona, la maravilla en lo cotidiano, la búsqueda del padre... de un modo fluido, brillante sin dejar de ser humilde, fresco, dulce, divertido, sincero. Y después de varias decepciones causadas por algunos de sus libros, me atreví a decir en voz alta -como había aventurado antes en un comentario en otro blog- que la mejor obra de Auster no es una novela, sino una película. Quizás si lo pienso un poco más y recuerdo La música del azar, El palacio de la luna o Leviatán, puede que me apee de una frase tan categórica. Pero todavía bajo el influjo de Paul Benjamin y de Auggie Wren, y por la alegría que me da encontrarme de vez en cuando una obra que hable de buena gente sin resultar ñoña, sigo defendiendo que Smoke encarna la quintaesencia de Auster de la mejor manera posible.
Luego, ya en la cama, como si el propio Auster se vengara de mi comentario, me vino una idea: (a ver, graciosilla) si la mejor obra de Auster es una película, ¿cuál es tu mejor obra?
A pesar del intento, la idea no me resultó ofensiva, sino inquietante. Quizás porque me recuerda a otra idea loca, de cuando era pequeña: que todos nuestros actos y pensamientos quedaban registrados (en la mente de Dios, o algo similar). Así que nunca sabré cuál es mi mejor obra. Pero aunque yo me empeñara en elegirla entre mis cuentos o poemas, quizás fuera aquel buey de curry que preparé hace años para una cena con amigos, aquellos chistes que solté delante de una audiencia de amigos borrachos después de escuchar a Gelman en el Ateneo, aquella jugada de dardos que gané, y en la que nada, señor Auster, quedó al azar.
Etiquetas:
reflexiones íntimas,
reflexiones literarias
Vigilancia
Siempre localizados. Siempre localizables. Como eternos adolescentes con padres desconfiados y controladores. Como si estuviéramos en libertad bajo fianza.
Estoy llegando. Yo a ti sí te veo. Por las escaleras. Bajándome del autobús. Tardo cinco minutos. Entrando en El Corte Inglés.
Está cansada de dar explicaciones. Pero lo peor es que, cuando olvida el móvil en casa, después de una primera sensación de alivio, se ve a través de los ojos de los demás, de los que podrían llamarla y no la localizarían.
Como una niña perdida, que se hubiera soltado de la mano de papá.
Estoy llegando. Yo a ti sí te veo. Por las escaleras. Bajándome del autobús. Tardo cinco minutos. Entrando en El Corte Inglés.
Está cansada de dar explicaciones. Pero lo peor es que, cuando olvida el móvil en casa, después de una primera sensación de alivio, se ve a través de los ojos de los demás, de los que podrían llamarla y no la localizarían.
Como una niña perdida, que se hubiera soltado de la mano de papá.
Etiquetas:
reflexiones íntimas
miércoles, diciembre 27, 2006
Escher
Nunca voy a exposiciones. Es un hecho, no una decisión consciente. Mi casa está llena de recortes de periódico, recordatorios de eventos, actuaciones, muestras, conciertos; se amontonan de tal manera que cuando hago limpieza descubro que todos ellos transcurrieron y se clausuraron hace mucho tiempo. Un día de estos me sinceraré conmigo misma y admitiré que no tengo voluntad para asistir a nada. Que a alguna parte de mí le gustaría, pero que esa parte siempre pierde frente a la otra, frente a la que prefiere quedarse en casa, en este salón de actos de treinta y cinco metros cuadrados, en el que recibo amigos, se proyectan películas, leo, escribo. En este museo que yo administro y programo, para unos pocos espectadores selectos.
En uno de los papeles que guardo para recordarme esas exposiciones que nunca visitaré, la periodista Ruth Toledano, a propósito de la exposición de Escher en Madrid, recoge unas palabras de éste: "Una persona que tenga una conciencia lúcida de los milagros que la rodean, que haya aprendido a animarse en la soledad, habrá conseguido avanzar todo un trecho por el camino hacia la sabiduría, ¿o acaso es que he perdido el rumbo?".
Iría a la exposición si el propio Escher estuviera en la puerta, para poder darle un abrazo.
En uno de los papeles que guardo para recordarme esas exposiciones que nunca visitaré, la periodista Ruth Toledano, a propósito de la exposición de Escher en Madrid, recoge unas palabras de éste: "Una persona que tenga una conciencia lúcida de los milagros que la rodean, que haya aprendido a animarse en la soledad, habrá conseguido avanzar todo un trecho por el camino hacia la sabiduría, ¿o acaso es que he perdido el rumbo?".
Iría a la exposición si el propio Escher estuviera en la puerta, para poder darle un abrazo.
Etiquetas:
reflexiones íntimas
martes, diciembre 26, 2006
La tentación del silencio
Historias que surgen a mi alrededor, conatos de historias, personajes:
1. Leo en un suplemento de El País (-"El viajero"-), esta anécdota contada por Geraldine Chaplin: Cuando tenía seis años, su padre la llevo a un espectáculo de patinaje sobre hielo cerca de Los Ángeles. "Me dormí en el coche ¡y desperté en Hadalandia! Todo era de hielo. Había ninfas bailando. Era lo más bonito que había visto en mi vida", recuerda la actriz. Poco después su padre anunció que la familia emprendería un viaje larguísimo a un lugar llamado Inglaterra. Charles Chaplin no volaba, así que había que cruzar Estados Unidos en tren hasta Nueva York para llegar, a bordo del Queen Elizabeth, a las costas británicas. La pequeña Geraldine pensó que si a un par de horas en coche estaba el país de las hadas, qué no habría en Inglaterra. "Fue tan decepcionante... atracamos en un lugar gris, frío, donde no había cocoteros, la gente era blanca, y lo peor de todo, ¡hablaban en inglés como nosotros!".
2. Veo en TV -en un zapping, por supuesto, en un zapping- al hijo de Carmen Ordóñez, a la sazón Julián Contreras, que cuenta que su madre siempre leía el mismo libro. Le cambiaba las pastas para hacer creer a sus hijos que cada vez leía un libro diferente, pero ellos sabían que el libro, por dentro, era el mismo.
3. Hace un par de noches soñé que estaba en una fiesta. Una chica embarazada se acercaba a mí y me decía al oído: "Tu marido tiene los mismos ojos que T." (T. fue mi primer novio, cuando los dos teníamos quince años. Dejamos de serlo porque él dijo que éramos demasidado jóvenes; también dijo que la vida volvería a juntarnos. Sufrí mucho, porque, aunque al principio le creí, luego me di cuenta de que la vida tiene sus propias leyes azarosas, no las que nosotros le imponemos. Nos vimos varias veces, y aunque cada uno teníamos diferentes novios, él nunca desmintió su teoría. Luego un amigo común me dijo que T. había muerto en un accidente de coche.). Bueno, pues la chica de la fiesta me decía que ella también había sido novia de T., mucho tiempo después de que lo fuera yo. En el sueño, me resulta obvio que T. le había hablado de mí. Pero lo que quiero preguntarle en concreto es si T. le contó aquella historia de que él y yo acabaríamos juntos. Necesito saber si lo seguía pensando. Ella me adivina el pensamiento. "Sí, me habló mucho de ti. Pero para qué quieres saber lo que me decía. Tú deberías saberlo mejor que yo". Veo a mi marido de lejos, acercándose a mí. "Tiene los mismos ojos", me repite ella. Y me doy cuenta de que está en lo cierto.
Por un momento, parece que cada uno de estos fogonazos podría convertirse en una historia. Pero al momento siguiente, siento que no es necesario. Quizás por oponerme a los excesos, a la abundancia de esta época, elijo callarme. Siento la emoción -la decepción de Geraldine, la ternura por una madre que engaña a sus hijos, por éstos que se dejan engañar, los regalos que me manda mi novio muerto-, y eso me basta. ¿Por sobriedad o por pereza...?
1. Leo en un suplemento de El País (-"El viajero"-), esta anécdota contada por Geraldine Chaplin: Cuando tenía seis años, su padre la llevo a un espectáculo de patinaje sobre hielo cerca de Los Ángeles. "Me dormí en el coche ¡y desperté en Hadalandia! Todo era de hielo. Había ninfas bailando. Era lo más bonito que había visto en mi vida", recuerda la actriz. Poco después su padre anunció que la familia emprendería un viaje larguísimo a un lugar llamado Inglaterra. Charles Chaplin no volaba, así que había que cruzar Estados Unidos en tren hasta Nueva York para llegar, a bordo del Queen Elizabeth, a las costas británicas. La pequeña Geraldine pensó que si a un par de horas en coche estaba el país de las hadas, qué no habría en Inglaterra. "Fue tan decepcionante... atracamos en un lugar gris, frío, donde no había cocoteros, la gente era blanca, y lo peor de todo, ¡hablaban en inglés como nosotros!".
2. Veo en TV -en un zapping, por supuesto, en un zapping- al hijo de Carmen Ordóñez, a la sazón Julián Contreras, que cuenta que su madre siempre leía el mismo libro. Le cambiaba las pastas para hacer creer a sus hijos que cada vez leía un libro diferente, pero ellos sabían que el libro, por dentro, era el mismo.
3. Hace un par de noches soñé que estaba en una fiesta. Una chica embarazada se acercaba a mí y me decía al oído: "Tu marido tiene los mismos ojos que T." (T. fue mi primer novio, cuando los dos teníamos quince años. Dejamos de serlo porque él dijo que éramos demasidado jóvenes; también dijo que la vida volvería a juntarnos. Sufrí mucho, porque, aunque al principio le creí, luego me di cuenta de que la vida tiene sus propias leyes azarosas, no las que nosotros le imponemos. Nos vimos varias veces, y aunque cada uno teníamos diferentes novios, él nunca desmintió su teoría. Luego un amigo común me dijo que T. había muerto en un accidente de coche.). Bueno, pues la chica de la fiesta me decía que ella también había sido novia de T., mucho tiempo después de que lo fuera yo. En el sueño, me resulta obvio que T. le había hablado de mí. Pero lo que quiero preguntarle en concreto es si T. le contó aquella historia de que él y yo acabaríamos juntos. Necesito saber si lo seguía pensando. Ella me adivina el pensamiento. "Sí, me habló mucho de ti. Pero para qué quieres saber lo que me decía. Tú deberías saberlo mejor que yo". Veo a mi marido de lejos, acercándose a mí. "Tiene los mismos ojos", me repite ella. Y me doy cuenta de que está en lo cierto.
Por un momento, parece que cada uno de estos fogonazos podría convertirse en una historia. Pero al momento siguiente, siento que no es necesario. Quizás por oponerme a los excesos, a la abundancia de esta época, elijo callarme. Siento la emoción -la decepción de Geraldine, la ternura por una madre que engaña a sus hijos, por éstos que se dejan engañar, los regalos que me manda mi novio muerto-, y eso me basta. ¿Por sobriedad o por pereza...?
Etiquetas:
reflexiones íntimas,
reflexiones literarias
miércoles, diciembre 20, 2006
Leo este poema de Bukowski, de su libro Lo más importante es saber atravesar el fuego:
El apartadero
los sentimietnos que me asaltan
cuando paso por delante del apartadero
(nunca a posta sino de camino hacia algún otro sitio)
son los que tienen otros hombres por otras cosas.
veo las vías y todos los furones
los vagones cisterna y los vagones rasos
todos inmóviles y tantos
perfectamente alineados sin locomotoras por ninguna parte
(¿dónde están todas las locomotoras?).
conduzco mirándolo todo de soslayo
un apartadero amplio y tranquilo
sin un solo ser humano a la vista
luego queda atrás el apartadero
y no ha sido sólo lo poético de la vista
lo que provoca eso que noto
sino algo impreciso que anida allí
y que siempre me hace sentir mejor
del mismo modo que hay quien se siente mejor
contemplando el mar abierto
o las montañas o los animales salvajes
o a una mujer
a mí también me usta todo eso
sobre todo los animals salvajes y la mujer
pero cuando veo todos esos preciosos furgones antiguos
con los letreros descoloridos
y los vagones rasos y los rechonchos vagones cisterna
alineados y a la espera
se hace el silencio en mi interior
saco lo que otros sacan de otras cosas
me siento mejor y es bueno sentirse mejor
siempre que se puede
sin que haga falta ninguna razón.
Magnífico poema, ¿verdad? Me ha hecho pensar en todas esas pequeñas cosas, tan pequeñas que son casi incomunicables, que nos hacen sentir mejor, más llevadero, más disfrutable, más amplio el día a día. Precisamente he leído el poema en uno de esos momentos, para mí.
Cada día cruzo Madrid de punta a punta para llevar a mi hija el colegio; luego deshago parte del camino para ir a mi trabajo. Antes iba en metro, pero luego descubrí que hay un autobús que hace el trayecto del colegio al trabajo. Salimos de casa medio dormidas, es noche cerrada. Nos damos la mano y cabeceamos, primero en el autobús que nos lleva al metro, luego en el metro cuando tenemos la suerte de sentarnos. Dejo a mi hija en el colegio -"que pases un buen día" "tú también"- y voy hacia el autobús de camino al trabajo. Tardo más que en el metro, pero desde el autobús veo cómo el cielo empieza a clarear. Comienzo a enterarme de si va a estar nublado o no. Paso por calles de gente rica, pero me siento tan feliz y tan cansada que no tengo fuerzas ni ganas de envidiar sus casas bajas con jardines. Disfruto de sus casas y de sus árboles de una manera que no sé si ellos tienen oportunidad de hacer. El autobús me deja a unos diez minutos andando hasta el trabajo. El frío me corta la cara, y el día ya ha roto. Me espera el despacho vacío, el café, el silencio hasta que llegan mis compañeros. Todo esto me hace sentir estúpidamente satisfecha, con todo el día, apenas estrenado, aún por delante, como si acabara de llegar de un viaje.
El apartadero
los sentimietnos que me asaltan
cuando paso por delante del apartadero
(nunca a posta sino de camino hacia algún otro sitio)
son los que tienen otros hombres por otras cosas.
veo las vías y todos los furones
los vagones cisterna y los vagones rasos
todos inmóviles y tantos
perfectamente alineados sin locomotoras por ninguna parte
(¿dónde están todas las locomotoras?).
conduzco mirándolo todo de soslayo
un apartadero amplio y tranquilo
sin un solo ser humano a la vista
luego queda atrás el apartadero
y no ha sido sólo lo poético de la vista
lo que provoca eso que noto
sino algo impreciso que anida allí
y que siempre me hace sentir mejor
del mismo modo que hay quien se siente mejor
contemplando el mar abierto
o las montañas o los animales salvajes
o a una mujer
a mí también me usta todo eso
sobre todo los animals salvajes y la mujer
pero cuando veo todos esos preciosos furgones antiguos
con los letreros descoloridos
y los vagones rasos y los rechonchos vagones cisterna
alineados y a la espera
se hace el silencio en mi interior
saco lo que otros sacan de otras cosas
me siento mejor y es bueno sentirse mejor
siempre que se puede
sin que haga falta ninguna razón.
Magnífico poema, ¿verdad? Me ha hecho pensar en todas esas pequeñas cosas, tan pequeñas que son casi incomunicables, que nos hacen sentir mejor, más llevadero, más disfrutable, más amplio el día a día. Precisamente he leído el poema en uno de esos momentos, para mí.
Cada día cruzo Madrid de punta a punta para llevar a mi hija el colegio; luego deshago parte del camino para ir a mi trabajo. Antes iba en metro, pero luego descubrí que hay un autobús que hace el trayecto del colegio al trabajo. Salimos de casa medio dormidas, es noche cerrada. Nos damos la mano y cabeceamos, primero en el autobús que nos lleva al metro, luego en el metro cuando tenemos la suerte de sentarnos. Dejo a mi hija en el colegio -"que pases un buen día" "tú también"- y voy hacia el autobús de camino al trabajo. Tardo más que en el metro, pero desde el autobús veo cómo el cielo empieza a clarear. Comienzo a enterarme de si va a estar nublado o no. Paso por calles de gente rica, pero me siento tan feliz y tan cansada que no tengo fuerzas ni ganas de envidiar sus casas bajas con jardines. Disfruto de sus casas y de sus árboles de una manera que no sé si ellos tienen oportunidad de hacer. El autobús me deja a unos diez minutos andando hasta el trabajo. El frío me corta la cara, y el día ya ha roto. Me espera el despacho vacío, el café, el silencio hasta que llegan mis compañeros. Todo esto me hace sentir estúpidamente satisfecha, con todo el día, apenas estrenado, aún por delante, como si acabara de llegar de un viaje.
Etiquetas:
poemas de otros,
reflexiones íntimas
Esta mañana, mientras subía las escaleras mecánicas del metro hacia la salida, una chica ha abierto una mandarina, unos escalones por encima de mí. Primero ha sido el aroma, que ha barrido los olores enclaustrados del metro. Luego, una décima de segundo más tarde, mi rostro ha atravesado la lluvia de la cáscara. He cerrado los ojos. Durante un momento, estaba en la calle, en un patio, en el campo. He vuelto a abrir los ojos. Las gafas estaban perladas de gotitas y todavía no las he limpiado.
Etiquetas:
escenas cotidianas
martes, diciembre 19, 2006
Torpeza y entusiasmo
Ayer, mientras intentaba poner un enlace en la entrada anterior, el blog se me descuadró y perdí la plantilla en la que aparecían mis publicaciones en internet y los blogs recomendados. !Sí, soy torpe, ignorante, nada más que una recién llegada autodidacta! Gasté las últimas energías del día en intentar entender el último episodio de la segunda temporada de Perdidos y en arreglar el lío que había montado. Quizás por eso no conseguí ni una cosa ni otra. El blog volvió a tener su apariencia de antes, pero no logré recuperar los enlaces.
Eso sí, la cabezonería -la forma externa de mi mente obsesiva- tuvo premio. Después de verlo descuajeringado, me di cuenta de que tener este espacio me entusiasma. Antes odiaba a la gente que llevaba diarios, quizás porque el diario es algo íntimo, una intimidad no compartida, que se hurta a los demás. Siempre tuve la impresión de que quienes escribían diarios se guardaban lo mejor de sí mismos para ellos. Tenía que luchar contra la tentación de abrirlos y ver qué coño era eso que no me podían decir a mí. ¿Para que los utilizaban, aquellos amigos con los que compartía piso y se encerraban en sus habitaciones, se ponían música y abrían sus diarios? ¿Para quejarse, para confesarse, para desahogarse...? Nunca he llegado a saberlo.
¿Y para qué me sirve a mí esto? Creo -soy lenta llegando a conclusiones- que para recordarme lo importante. Y por supuesto, para tener la posibilidad de compartirlo. Para escuchar mejor lo que leo, para que escuchen lo que digo. Para sentir que me muevo, aunque no necesite llegar a ninguna parte.
Eso sí, la cabezonería -la forma externa de mi mente obsesiva- tuvo premio. Después de verlo descuajeringado, me di cuenta de que tener este espacio me entusiasma. Antes odiaba a la gente que llevaba diarios, quizás porque el diario es algo íntimo, una intimidad no compartida, que se hurta a los demás. Siempre tuve la impresión de que quienes escribían diarios se guardaban lo mejor de sí mismos para ellos. Tenía que luchar contra la tentación de abrirlos y ver qué coño era eso que no me podían decir a mí. ¿Para que los utilizaban, aquellos amigos con los que compartía piso y se encerraban en sus habitaciones, se ponían música y abrían sus diarios? ¿Para quejarse, para confesarse, para desahogarse...? Nunca he llegado a saberlo.
¿Y para qué me sirve a mí esto? Creo -soy lenta llegando a conclusiones- que para recordarme lo importante. Y por supuesto, para tener la posibilidad de compartirlo. Para escuchar mejor lo que leo, para que escuchen lo que digo. Para sentir que me muevo, aunque no necesite llegar a ninguna parte.
Etiquetas:
reflexiones íntimas
Lunes
En días como hoy siento trabajar en mis ojeras a un grupo de minúsculos mineros, que cavan y remueven la piel dejándola caliente y amoratada. Me digo que estoy cansada, me lo repito en cada escalón de subida en el metro, y las palabras levantan acta de mi cansancio. Si no me lo digo, me cuesta creérmelo. Me cuesta admitir que ha llegado el momento de la rendición. Otorgarme la benevolencia del cansancio, el perdón desnudo de excusas, sólo una mano en la frente, y ya está.
No se trata, como pensaba antes, de suspender la acción. Es más bien tomar conciencia de la melodía más lenta. Bajo el chunda chunda del voy y vengo y hago, hay un ritmo moroso, vacío de crispación, un ponerse a favor de la corriente y pensar en el momento, sin acumular, sin poner la atención en lo que sigue y en lo que resta por hacer. Hay un deshacer la maraña, contrario a seguir emborronando obcecada y ciegamente. La dulzura del cansancio baja la luz, atenúa las voces y el día discurre como un paseo llano entre montañas.
Dejándome de lirismos: salir un sábado ya no sale gratis. El lunes se paga prenda.
En el blog Nicogramas 1.1., me encontré con este poema:
Estoy sentado al borde de la carretera,
el conductor cambia la rueda.
No me gusta el lugar de donde vengo.
No me gusta el lugar adonde voy.
¿Por qué miro el cambio de rueda
con impaciencia?
Bertolt Brecht (1953)
Yo escribí como comentario:
Maravilloso poema.
Así me descubro yo a veces: con una prisa sin motivo, en la inercia de la rapidez y la efectividad hasta en lo más minúsculo.
Y alguien llamado Alfman, me contestó:
Eso, en ocasiones, es la simple necesidad de no llegar a ninguna parte.
Hasta ahora no se me había ocurrido pensar que necesito no llegar a ninguna parte. Francamente, estoy agradecida por este camino que se me abre. Por lo que implica la palabra necesidad.
No se trata, como pensaba antes, de suspender la acción. Es más bien tomar conciencia de la melodía más lenta. Bajo el chunda chunda del voy y vengo y hago, hay un ritmo moroso, vacío de crispación, un ponerse a favor de la corriente y pensar en el momento, sin acumular, sin poner la atención en lo que sigue y en lo que resta por hacer. Hay un deshacer la maraña, contrario a seguir emborronando obcecada y ciegamente. La dulzura del cansancio baja la luz, atenúa las voces y el día discurre como un paseo llano entre montañas.
Dejándome de lirismos: salir un sábado ya no sale gratis. El lunes se paga prenda.
En el blog Nicogramas 1.1., me encontré con este poema:
Estoy sentado al borde de la carretera,
el conductor cambia la rueda.
No me gusta el lugar de donde vengo.
No me gusta el lugar adonde voy.
¿Por qué miro el cambio de rueda
con impaciencia?
Bertolt Brecht (1953)
Yo escribí como comentario:
Maravilloso poema.
Así me descubro yo a veces: con una prisa sin motivo, en la inercia de la rapidez y la efectividad hasta en lo más minúsculo.
Y alguien llamado Alfman, me contestó:
Eso, en ocasiones, es la simple necesidad de no llegar a ninguna parte.
Hasta ahora no se me había ocurrido pensar que necesito no llegar a ninguna parte. Francamente, estoy agradecida por este camino que se me abre. Por lo que implica la palabra necesidad.
Etiquetas:
reflexiones íntimas
viernes, diciembre 15, 2006
Una tarde de fútbol
El hombre desconocido
salta en su asiento,
agita en el aire la bufanda
como un estandarte medieval.
A la hora del gol,
mientras los jugadores se abrazan
en una esquina del campo,
borrachos como soldados de permiso,
busco la mirada del hombre desconocido
y mi voz y la suya se elevan
bajo la luz de los focos.
Dentro de mí, en la sala de interrogatorios,
frente a otra luz cegadora,
el policía bueno me felicita
por el gol de mi equipo;
el policía malo me mira de reojo,
desconfía de mi alegría:
soy sospechosa del delito de fingida inocencia.
salta en su asiento,
agita en el aire la bufanda
como un estandarte medieval.
A la hora del gol,
mientras los jugadores se abrazan
en una esquina del campo,
borrachos como soldados de permiso,
busco la mirada del hombre desconocido
y mi voz y la suya se elevan
bajo la luz de los focos.
Dentro de mí, en la sala de interrogatorios,
frente a otra luz cegadora,
el policía bueno me felicita
por el gol de mi equipo;
el policía malo me mira de reojo,
desconfía de mi alegría:
soy sospechosa del delito de fingida inocencia.
Etiquetas:
poemas míos
martes, diciembre 12, 2006
Uno más, poema de Raymond Carver
Se levantó temprano, la mañana llena de expectativas,
preparado para ponerse a escribir. Tomó tostadas, huevos y
café y se fumó unos cigarrillos pensando todo el tiempo en el trabajo
que tenía por delante, el difícil sendero a través del bosque.
El viento empujaba las nubes
por el cielo, agitaba las hojas que quedaban en las ramas
al otro lado de la ventana. Unos días más y desaparecerían,
esas hojas. Ahí había un poema, puede ser;
tendría que pensar en ello. Fue
al escritorio, dudó un buen rato, y entonces tomó
la que vendría a ser la decisión más importante
del día, algo para lo que su imperfecta vida
le había estado preparando. Apartó la carpeta de los poemas -
uno en concreto seguía aún en su cabeza tras
el sueño agitado de la noche anterior (pero, en realidd, ¿qué importa
uno más o menos? ¿Qué más da? ¿Nada va a cambiar,
no?) Tenía el día entero por delante.
Mejor limpiar primero la mesa. Tenía que ocuparse
de unas cuentas cosas, asuntos familiares que no podía
dejar para más tarde. De modo que se puso manos a la obra.
Trabajó duro todo el día -pasando del amor al odio,
a la compasión (muy poca), una sensación conocida,
también de la desesperación a la alegría.
Tuvo estallidos ocasionales de ira, luego
se calmaba, al escribir cartas, diciendo "sí" o "no" o
"depende" -explicando por qué o por qué no a personas
que apenas había visto o que nunca vería.
¿Le importaban? ¿Le importaban una mierda?
Algunas sí. Atendió también unas llamadas
e hizo otras que, a su vez, provocaron
la necesidad de hacer alguna más. Siguió así
hasta que se sintió incapaz de hablar más y prometió
llamar al día siguiente.
Por la tarde, agotado y convencido (erróneamente, por supuesto)
de que había completado una honesta jornada de trabajo,
se puso a hacer inventario y tomó nota del par
de llamadas que tendría que hacer a la mañana siguiente si
quería seguir al tanto de las cosas y si no quería
escribir más cartas, que no quería. Pero ahora,
pensó, estaba harto de todos estos asuntos, aunque
seguía igual, terminando la última carta, una que debería haber
contestado hace semanas. Levantó la vista. Casi era de noche.
El viento se había calmado. Los árboles allí seguían, despjados
de casi todas sus hojas. Pero, por fin, su mesa estaba despejada,
sin contar la carpeta de los poemas que le
costaba mirar. Metió la carpeta en un cajón, apartándola de su vista.
Es un buen sitio, un sitio seguro, y sabrá dónde está cuando
necesite descansar las manos sobre ella. !Mañana!
Hoy hizo todo lo que podía hacer.
Aún le quedaban un par de llamadas,
se le había olvidado que tenía que llamar él y
también unas cuantas notas que debía mandar a causa d elas llamadas,
pero no lo iba a hacer ahora, ¿o sí? Había dejado el bosque atrás.
Podía decirse que había cumplido. Había hecho lo que tenía que hacer.
Lo que su conciencia le había pedido que hiciera. Había cumplido
con sus obligaciones y no había molestado a nadie.
Pero en aquel momento, sentado frente a su ordenada mesa,
sintió vagos remordimientos por el poema que seguía en su cabeza
y había intentado escribir por la mañana, y aquel otro
que no conseguía recordar.
Así son las cosas. Poco más se puede decir. ¿Qué se
puede decir de un hombre que prefirió hablar por teléfono
todo el día y escribir cartas estúpidas
mientras sus poemas quedaban desatendidos,
abandonados o,
peor aún, sin empezar? Ese hombre no los merece
y no deberían acudir a él de ninguna de las formas.
Sus poemas, si llega alguno más,
deberían comerlos las ratas.
Sirva este poema de Carver como disculpa por no escribir ni un poema ni escribir en el blog desde hace una semana. Y más que de disculpa hacia los demás, de consuelo para mí misma (porque hasta los más grandes pierden el tiempo soberanamente). Aunque, bien pensado, es un vago consuelo, un consuelo de tontos, pensar que mis ratas son las mejor alimentadas del barrio, mucho más gordas, seguro, que las de Carver. Mis ratas se comerían a las suyas sin contemplaciones.
preparado para ponerse a escribir. Tomó tostadas, huevos y
café y se fumó unos cigarrillos pensando todo el tiempo en el trabajo
que tenía por delante, el difícil sendero a través del bosque.
El viento empujaba las nubes
por el cielo, agitaba las hojas que quedaban en las ramas
al otro lado de la ventana. Unos días más y desaparecerían,
esas hojas. Ahí había un poema, puede ser;
tendría que pensar en ello. Fue
al escritorio, dudó un buen rato, y entonces tomó
la que vendría a ser la decisión más importante
del día, algo para lo que su imperfecta vida
le había estado preparando. Apartó la carpeta de los poemas -
uno en concreto seguía aún en su cabeza tras
el sueño agitado de la noche anterior (pero, en realidd, ¿qué importa
uno más o menos? ¿Qué más da? ¿Nada va a cambiar,
no?) Tenía el día entero por delante.
Mejor limpiar primero la mesa. Tenía que ocuparse
de unas cuentas cosas, asuntos familiares que no podía
dejar para más tarde. De modo que se puso manos a la obra.
Trabajó duro todo el día -pasando del amor al odio,
a la compasión (muy poca), una sensación conocida,
también de la desesperación a la alegría.
Tuvo estallidos ocasionales de ira, luego
se calmaba, al escribir cartas, diciendo "sí" o "no" o
"depende" -explicando por qué o por qué no a personas
que apenas había visto o que nunca vería.
¿Le importaban? ¿Le importaban una mierda?
Algunas sí. Atendió también unas llamadas
e hizo otras que, a su vez, provocaron
la necesidad de hacer alguna más. Siguió así
hasta que se sintió incapaz de hablar más y prometió
llamar al día siguiente.
Por la tarde, agotado y convencido (erróneamente, por supuesto)
de que había completado una honesta jornada de trabajo,
se puso a hacer inventario y tomó nota del par
de llamadas que tendría que hacer a la mañana siguiente si
quería seguir al tanto de las cosas y si no quería
escribir más cartas, que no quería. Pero ahora,
pensó, estaba harto de todos estos asuntos, aunque
seguía igual, terminando la última carta, una que debería haber
contestado hace semanas. Levantó la vista. Casi era de noche.
El viento se había calmado. Los árboles allí seguían, despjados
de casi todas sus hojas. Pero, por fin, su mesa estaba despejada,
sin contar la carpeta de los poemas que le
costaba mirar. Metió la carpeta en un cajón, apartándola de su vista.
Es un buen sitio, un sitio seguro, y sabrá dónde está cuando
necesite descansar las manos sobre ella. !Mañana!
Hoy hizo todo lo que podía hacer.
Aún le quedaban un par de llamadas,
se le había olvidado que tenía que llamar él y
también unas cuantas notas que debía mandar a causa d elas llamadas,
pero no lo iba a hacer ahora, ¿o sí? Había dejado el bosque atrás.
Podía decirse que había cumplido. Había hecho lo que tenía que hacer.
Lo que su conciencia le había pedido que hiciera. Había cumplido
con sus obligaciones y no había molestado a nadie.
Pero en aquel momento, sentado frente a su ordenada mesa,
sintió vagos remordimientos por el poema que seguía en su cabeza
y había intentado escribir por la mañana, y aquel otro
que no conseguía recordar.
Así son las cosas. Poco más se puede decir. ¿Qué se
puede decir de un hombre que prefirió hablar por teléfono
todo el día y escribir cartas estúpidas
mientras sus poemas quedaban desatendidos,
abandonados o,
peor aún, sin empezar? Ese hombre no los merece
y no deberían acudir a él de ninguna de las formas.
Sus poemas, si llega alguno más,
deberían comerlos las ratas.
Sirva este poema de Carver como disculpa por no escribir ni un poema ni escribir en el blog desde hace una semana. Y más que de disculpa hacia los demás, de consuelo para mí misma (porque hasta los más grandes pierden el tiempo soberanamente). Aunque, bien pensado, es un vago consuelo, un consuelo de tontos, pensar que mis ratas son las mejor alimentadas del barrio, mucho más gordas, seguro, que las de Carver. Mis ratas se comerían a las suyas sin contemplaciones.
Etiquetas:
poemas de otros
El magnetofón, de Dino Buzzati
Le había dicho (en voz bajísima) le había suplicado cállate por favor, el magnetofón está grabando de la radio, no hagas ruido, sabes que me interesa, está grabando Rey Arturo de Purcell, hermosísimo, puro. Pero ella, displicente, pérfida, mala pécora, arriba y abajo con su terco taconeo por el mero placer de verle enfurecerse y luego carraspeaba y luego tosía (a propósito) y luego hacía como que se reía sola y encendía la cerilla procurando hacer el máximo ruido y luego más pasos resonando arriba y abajo con arrogancia, y mientras tanto Purcell, Mozart, Bach, Palestrina, los puros y divinos cantaban inútilmente, ella miserable pulga, piojo, angustia de la vida, así no se podía seguir.
Y ahora, después de tanto tiempo, él hace funcionar la vieja atormentada cinta, vuelve el maestro, el divino, vuelven Purcell, Bach, Mozart, Palestrina.
Ella ya no está, se fue, le abandonó, prefirió abandonarle, él no sabe ni siquiera vagamente qué ha sido de ella.
Ahí están Purcell, Mozart, Bach, Palestrina, suenan, suenan estupidísimos, malditos, nauseabundos.
Aquel repiqueteo arriba y abajo, aquellos tacones, aquellas risitas (la segunda sobre todo), aquel aclararse la garganta, la tos. Eso sí, música divina...
Él escucha. Bajo la luz de la lámpara, sentado, escucha. Petrificado sobre el viejo desfondado sillón, escucha. Sin mover en lo más mínimo ninguno de sus miembros, escucha sentado: aquellos ruidos, aquellos versos, aquella tos, aquellos sonidos adorables, divinos. Que ya no existen, que nunca volverán a existir.
Y ahora, después de tanto tiempo, él hace funcionar la vieja atormentada cinta, vuelve el maestro, el divino, vuelven Purcell, Bach, Mozart, Palestrina.
Ella ya no está, se fue, le abandonó, prefirió abandonarle, él no sabe ni siquiera vagamente qué ha sido de ella.
Ahí están Purcell, Mozart, Bach, Palestrina, suenan, suenan estupidísimos, malditos, nauseabundos.
Aquel repiqueteo arriba y abajo, aquellos tacones, aquellas risitas (la segunda sobre todo), aquel aclararse la garganta, la tos. Eso sí, música divina...
Él escucha. Bajo la luz de la lámpara, sentado, escucha. Petrificado sobre el viejo desfondado sillón, escucha. Sin mover en lo más mínimo ninguno de sus miembros, escucha sentado: aquellos ruidos, aquellos versos, aquella tos, aquellos sonidos adorables, divinos. Que ya no existen, que nunca volverán a existir.
Etiquetas:
cuentos de otros
martes, diciembre 05, 2006
Poema de Miguel D´Ors
Raro asunto
Raro asunto la vida: yo que pude
nacer en 1529,
o en Pittsburg o archiduque, yo que pude
ser Chesterton o un bonzo, haber nacido
gallego y d’Ors y todas estas cosas.
Raro asunto
que entre la muchedumbre de los siglos,
que existiendo la China innumerable,
y Bosnia, y las cruzadas, y los incas,
fuese a tocarme a mí precisamente
este trabajo amargo de ser yo.
Raro asunto la vida: yo que pude
nacer en 1529,
o en Pittsburg o archiduque, yo que pude
ser Chesterton o un bonzo, haber nacido
gallego y d’Ors y todas estas cosas.
Raro asunto
que entre la muchedumbre de los siglos,
que existiendo la China innumerable,
y Bosnia, y las cruzadas, y los incas,
fuese a tocarme a mí precisamente
este trabajo amargo de ser yo.
Etiquetas:
poemas de otros
lunes, diciembre 04, 2006
Londres
Aquella fiesta en Londres,
en el peor barrio de Londres,
el barrio más sucio y peligroso
de todo Londres.
La fiesta en la casa okupada:
una burbuja de beats y éxtasis,
flotando, sobrevolando las ratas,
las pilas de cajas de cartón,
el olor a meada en las esquinas de los pubs.
En la casa sin luz, los ojos brillaban
como bolas de discoteca.
Los ojos como hogueras encendidas en la distancia.
Por una escalera, rozando las manos de los que descansaban,
subí al piso de arriba, cansada de las caras conocidas,
del idioma viejo que sonaba desgastado.
Me senté junto a una pareja
que hablaba de sus cosas, supongo,
con palabras lentas, que iban desnudando sin prisa,
sobre el sofá desvencijado.
No sé en qué momento me tumbé sobre sus piernas.
Parecía natural que allí mismo, en aquel instante,
me quisieran como a una hija.
Siguieron hablando mientras su murmullo me acunaba.
Yo era un recién nacido que sólo entendía el calor y la blandura.
Ella me tocaba el pelo, él tenía la mano sobre mi vientre.
Los padres ideales, me dejaban crecer sin interferencias,
como una flor en el jardín trasero,
agradecidos al bebé tranquilo que no llora,
que no interrumpe su conversación de adultos.
Luego llegó aquel negro enorme, con su traje negro,
un agujero en la burbuja
por el que se colaba el mundo que seguía respirando tras las paredes.
Estaba borracho y vendía coca, sin éxito.
Se enfadó, trastabilleó, empujó, maldijo,
como un dominguero que descubre
que otros han llegado antes que él,
y su pradera es más verde,
y el sol caliente más en su lado del valle.
El paraíso ya estaba vendido, y ocupadas todas sus parcelas,
y lo teníamos todo. Éramos afortunados. Nadie necesitaba nada.
Ni excusas, ni promesas, ni amenazas, ni otras mercaderías.
Mis padres sin nombre me apretaron más fuerte,
hasta que la nube desapareció.
Cuando necesité independizarme, me dejaron ir.
Yo dije gracias en su idioma.
Era todo lo que había aprendido. Era mucho.
Los escalones eran años
mientras me alejaba de mi familia,
la familia que me había cuidado y protegido del miedo,
sin culpas ni deudas por saldar.
No sé si me recuerdan.
No necesito que me recuerden.
Siguieron su viaje hacia otras músicas, otras fiestas, otros hijos.
Yo a veces les recuerdo,
y entonces deseo tumbarme sobre otros desconocidos,
sentir sus manos,
escuchar sus palabras que no van dirigidas a mí.
Cuando voy en metro y estoy cansada,
y me digo por qué no juntamos nuestras cabezas,
como hermanos que duermen juntos
en el asiento de atrás,
a la vuelta de un paseo agotador.
Les recuerdo y digo gracias en mi idioma,
y sé que no volverá a pasar,
pero juro que pasó.
Y digo: es posible. Sucedió.
Lo posible nunca deja de suceder.
en el peor barrio de Londres,
el barrio más sucio y peligroso
de todo Londres.
La fiesta en la casa okupada:
una burbuja de beats y éxtasis,
flotando, sobrevolando las ratas,
las pilas de cajas de cartón,
el olor a meada en las esquinas de los pubs.
En la casa sin luz, los ojos brillaban
como bolas de discoteca.
Los ojos como hogueras encendidas en la distancia.
Por una escalera, rozando las manos de los que descansaban,
subí al piso de arriba, cansada de las caras conocidas,
del idioma viejo que sonaba desgastado.
Me senté junto a una pareja
que hablaba de sus cosas, supongo,
con palabras lentas, que iban desnudando sin prisa,
sobre el sofá desvencijado.
No sé en qué momento me tumbé sobre sus piernas.
Parecía natural que allí mismo, en aquel instante,
me quisieran como a una hija.
Siguieron hablando mientras su murmullo me acunaba.
Yo era un recién nacido que sólo entendía el calor y la blandura.
Ella me tocaba el pelo, él tenía la mano sobre mi vientre.
Los padres ideales, me dejaban crecer sin interferencias,
como una flor en el jardín trasero,
agradecidos al bebé tranquilo que no llora,
que no interrumpe su conversación de adultos.
Luego llegó aquel negro enorme, con su traje negro,
un agujero en la burbuja
por el que se colaba el mundo que seguía respirando tras las paredes.
Estaba borracho y vendía coca, sin éxito.
Se enfadó, trastabilleó, empujó, maldijo,
como un dominguero que descubre
que otros han llegado antes que él,
y su pradera es más verde,
y el sol caliente más en su lado del valle.
El paraíso ya estaba vendido, y ocupadas todas sus parcelas,
y lo teníamos todo. Éramos afortunados. Nadie necesitaba nada.
Ni excusas, ni promesas, ni amenazas, ni otras mercaderías.
Mis padres sin nombre me apretaron más fuerte,
hasta que la nube desapareció.
Cuando necesité independizarme, me dejaron ir.
Yo dije gracias en su idioma.
Era todo lo que había aprendido. Era mucho.
Los escalones eran años
mientras me alejaba de mi familia,
la familia que me había cuidado y protegido del miedo,
sin culpas ni deudas por saldar.
No sé si me recuerdan.
No necesito que me recuerden.
Siguieron su viaje hacia otras músicas, otras fiestas, otros hijos.
Yo a veces les recuerdo,
y entonces deseo tumbarme sobre otros desconocidos,
sentir sus manos,
escuchar sus palabras que no van dirigidas a mí.
Cuando voy en metro y estoy cansada,
y me digo por qué no juntamos nuestras cabezas,
como hermanos que duermen juntos
en el asiento de atrás,
a la vuelta de un paseo agotador.
Les recuerdo y digo gracias en mi idioma,
y sé que no volverá a pasar,
pero juro que pasó.
Y digo: es posible. Sucedió.
Lo posible nunca deja de suceder.
Etiquetas:
poemas míos
sábado, diciembre 02, 2006
Poema para día amargo
Préstame tus tijeras
esas que sirven
hasta para cortar espejos;
destrozaré diálogos, cartas,
rasgaré los recuerdos
para que el viento los regale
a gente a la que no le digan nada.
Préstame las tijeras del pescado
y le arrancaré la piel
a todos los que me mintieron;
las raspas dejarán al aire
el amor que en el fondo, quizás, ójala,
me tenían.
Acércamelas, las tijeras oxidadas
que rasgan en vez de cortar.
Quiero darle dos tajos sucios a la vida,
y servirla fría,
para que una vez quieta,
sobre el plato,
la perdone.
esas que sirven
hasta para cortar espejos;
destrozaré diálogos, cartas,
rasgaré los recuerdos
para que el viento los regale
a gente a la que no le digan nada.
Préstame las tijeras del pescado
y le arrancaré la piel
a todos los que me mintieron;
las raspas dejarán al aire
el amor que en el fondo, quizás, ójala,
me tenían.
Acércamelas, las tijeras oxidadas
que rasgan en vez de cortar.
Quiero darle dos tajos sucios a la vida,
y servirla fría,
para que una vez quieta,
sobre el plato,
la perdone.
Etiquetas:
poemas míos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)